martes, 19 de mayo de 2009

DECÁLOGO DEL TALLER “TE CUENTO”



DECÁLOGO DEL TALLER “TE CUENTO”



1. Anota argumentos, anécdotas, pasajes interesantes de tu vida y de la vida de otros.
2. Anota perfiles de personajes interesantes.
3. Anota frases, colecciona historias curiosas, hechos insólitos que se publican en la prensa o se ven en la televisión.
4. Trata de ver en la realidad lo que otros no ven porque no se concentran.
5. Aprende a escuchar, a dialogar, a no interrumpir.
6. Ejerce la piedad larga y no sólo la piedad corta.
7. No confíes en la memoria sino en la escritura para precisar los recuerdos.
8. Ama las cosas impregnadas de tus recuerdos.
9. Registra testimonios de quienes consideras tus personajes.
10. Busca la paz, el silencio, la soledad y el buen humor para escribir.

jueves, 30 de abril de 2009

Un hombre que volaba sobre Cliza



Un hombre que volaba sobre Cliza

La memoria que guardo de mi padre está ligada a la vida cuartelera. Cuando el viejo era muy joven, el abuelo José lo extirpó de las orillas de un piano y lo mandó al cuartel para preservar la estirpe militar de la familia que, hasta entonces, había provisto de carne de cañón calificada a dos guerras, además de un ingeniero de uniforme francés que construyó la Catedral de La Paz por encargo de Aniceto Arce.
De ese modo, mi padre y sus dos hermanos fueron militares de carrera; los tres concurrieron a la Guerra del Chaco para completar el sino guerrero de la familia, y aunque el viejo era discípulo de Hans Kundt, tres años en el frente de batalla lo dejaron mustio y contrito, al extremo de dejar la carrera familiar y convertirse, años después, en bacteriólogo y boticario asimilado al Ejército.
Una de las memoria más antiguas de mi padre tiene como escenario el cuartel de la Región Militar, en la calle Uruguay, a una cuadra de la esquina donde yo nací. Mi primer peluquero fue un señor Maldonado, hermano del célebre Manuel, mozo en la edad heroica del Bar Comercio. Las tribulaciones de Maldonado en los días de conscripción, determinaron que yo no conociera otro corte que el dibujo de una lata de sardina, pinchoso como rye grass, sobre la frente, con los parietales de sus víctimas rapados a cero. De igual modo, los dentistas Parrilla y De la Zerda usaban un torno a pedal cuyas trepidaciones todavía resuenan en la memoria de mis maltrechas y humeantes mandíbulas. Allí se divertía el viejo compartiendo coctelitos de ácido cítrico servidos en tubos de ensayo, con sus respectivos hielos, un lujo proveniente del refrigerador que tronaba como si tuviera motor Hurricane. Rudón, Zuleta, Cladera y Adriázola eran los apellidos que más se escuchaban en la farmacia del viejo.
Con semejante influencia familiar, no sé cómo pude hurtarme de los cuarteles y desengañar a mi padre que me tenía lista una beca a Saint Cyr, siempre que me alistara en el Colegio Militar. No entiendo qué pudo borrar en mí la información genética de tres generaciones, pero sospecho que algo contribuyó a ello el episodio que me tocó vivir en el ominoso cuartel del Regimiento Ustáriz.
Tendría yo nueve años cuando el viejo decidió llevarme de vacaciones a Cliza, a un viejo cuartel con épicos torreones y portón herméticamente abierto, porque era el bravo tiempo de la Ch'ampa Guerra –guerra entre campesinos oficialistas y opositores--, y el Regimiento Ustáriz, al mando del temible Zacarías Plaza, cumplía las funciones de quintacolumna en territorio de Miguel Veizaga, enemigo del gobierno.
Zacarías no era militar de academia. La revolución del 52 lo promovió a capitán desde su viejo oficio de miliciano. Era un hombre duro; años después se distinguiría como represor en la Masacre de San Juan; dejó al morir un recuerdo imborrable: una maleta con sus restos descuartizados por una mano vengadora. Sin embargo, lo recuerdo muy cariñoso y gentil, una mañana en que mi padre había conseguido leche endulzada hasta la diabetes, en cuyas dudosas aguas flotaban cadáveres... de hormigas.
Debí suponer entonces el destino de Zacarías, pero ya tenía suficientes tribulaciones con el rancho de tropa, tan opuesto a la bendita comida de casa que en mi estulticia me daba el lujo de rechazar. No guardo recuerdos gratos de esa vacación. Ya desesperaba de soportar la vida cuartelera todo el verano cuando un acontecimiento imprevisto me devolvió a los cuidados de mi madre.
Resulta que una noche, asomado a la ventana de la cuadra, vi cómo la puerta del cuartel engullía la silueta escoltada de un campesino. Adentro lo esperaban dos escuadras de soldados; le hicieron el callejón de la amargura; lo golpearon con los morrales llenos de piedras.
Muy de mañana, un centinela llamó a mi padre para que certificara la muerte del campesino. Lo acompañé, arrebujado en uno de sus capotes, y a la luz de una vela que aclaraba los rasgos del difunto, como si un soplo de misericordia restañara sus heridas, vi cómo abría los ojos, se levantaba y volaba, muy tranquilo, como si caminara en el aire. Así ganó uno de los torreones, y luego el otro; sobrevoló el cuartel, de tejado en tejado, y a la hora de la revista, se divirtió a morir remedando los ritos castrenses a un par de metros por encima de las cabezas de los soldados.
De ello pueden dar testimonio los conscriptos de entonces, que han mantenido la tradición oral de este relato. Ellos cuentan que un buen día, el curandero del pueblo leyó en hojas de coca el destino del hombre que volaba, y en lo alto del torreón del cuartel le previno que se cuidara de que alguien escribiera esta historia, porque ahí mismo se rompería el encanto.
Así ha estado volando todo este tiempo, hasta que tú, frívolo lector, por tu impía curiosidad, acabas de romper, quizá para siempre, el encanto del hombre que volaba sobre Cliza.

Oda a la bicicleta



Oda a la bicicleta

Pablo Neruda

Iba
Por el camino
Crepitante:
El sol se desgranaba
Como maíz ardiendo
Y era
La tierra
Calurosa
Un infinito círculo
Con cielo arriba
Azul, deshabitado.

Pasaron
Junto a mí
Las bicicletas,
Los únicos
Insectos
De aquel
Minuto
Seco del verano,
Sigilosas,
Veloces,
Transparentes:
Me parecieron
Sólo
Movimientos del aire.

Obreros y muchachas
A las fábricas
Iban
Entregando
Los ojos
Al verano,
Las cabezas al cielo
Sentados
En los
Élitros
De las vertiginosas
Bicicletas
Que silbaban
Cruzando
Puentes, rosales, zarza
Y mediodía.

Pensé en la tarde cuando
Los muchachos
Se laven,
Canten, coman, levanten
Una copa
De vino
En honor
Del amor
Y de la vida,
Y a la puerta
Esperando
La bicicleta
Inmóvil
Porque
Sólo
De movimiento fue su alma
Y allí caída
No es
Insecto transparente
Que recorre
El verano,
Sino
Esqueleto
Frío
Que sólo
Recupera
Un cuerpo errante
Con la urgencia
Y la luz,
Es decir,
Con
La
Resurrección
De cada día.

EL ALEPH DEL EROTISMO



EL ALEPH DEL EROTISMO

Dos entre muchos ejemplos me inducen a creer que el erotismo es una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. El primero proviene de una aventura temprana, la lectura del Pato Donald, antes que Dorfman y Mattelart nos envenenaran el sano entretenimiento de leer esas huevadas con su famoso análisis del discurso. Mis lecturas de ch’iti fueron una devoración sin orden ni concierto de cuantas revistas podía fletar y canjear en esas mañanas aburridas de domingo en que no había nada que hacer ni amigos que visitar luego de ir a la misa obligatoria del colegio. Entre ellas, numerosos ejemplares del famoso personaje de Disney. Su lectura estaba asociada además al sentido prohibitivo del silencio que había fijado como norma inconmovible mi madre, una señora muy estricta. Quizá todavía tiemblo cuando recuerdo su voz que me decía: “Qué avería estarás haciendo”, si yo me quedaba calladito. La consecuencia directa, que hasta hoy no puedo refrenar, es la súbita excitación que me produce el solo hecho de quedarme solo. Para decirlo gráficamente, aun hoy se me para de inmediato.

Esa rigidez sentí un domingo triste en que leía la revista del Pato en un episodio que todavía me retila: por un descuido, Donald le enciende la cola de plumas a la Pata Daisy y ésta sale aullando, aterriza en un charco y luego le muestra la cola humeante con un reproche digno de una película porno: “Donald, mira lo que me has hecho”. Ahora que lo escribo, me parece una escena de una sensualidad que el picarón de don Walt quizá no supo controlar porque se le escapó por algún resquicio de su subconsciente. A ver usted, honesto lector, póngale (a su pareja) la mano al pecho y dígame qué sentiría si ve a Nicole Kidman diciéndole a Tom Cruise: “Donald, mira lo que me has hecho”. Yo intenté reproducir el cuadro, pero ninguna chica estuvo a la altura de la escena. Hágalo usted: dígale a su chica que se ponga decúbito supino, trate antes de que la cola le humee y entonces dígale que se vuelva hacia usted y mirándolo entre tierna y adolorida le diga: “Donald...” etcétera. Para mí que esa frase es emblemática del más alto erotismo, así como esa otra, “Cowboy, sírveme otro whisky doble”, la recuerdo de memoria, es como la chapa del inolvidable Humphrey Bogart.

Pienso además que mi lectura del Pato Donald vale bastante más que el cartucho y académico análisis de Dorfman, pero no es bueno que yo lo diga. Me limitaré pues a hallarle un parentesco con el famoso artículo de Guillermo Cabrera Infante: “Corín Tellado, pornógrafa inocente”, donde selecciona pasajes y frases de los melosos cuentos de doña Corán Tullido, como le gusta decirle, en la revista “Vanidades” que, así descontextualizadas, le retilan la murta a cualquier casta monjita.

El otro episodio viene de la lectura de un cuento de Witold Gombrowicz, ----polaco refugiado en Argentina, escritor casi olvidado hoy, redescubierto para nosotros cuando emprendíamos el primer tramo de la juventud, en los años 60-- que encontré en la revista “Mundo Nuevo”, allá por 1968. Es la escena muda de una niña que chupa un hueso mientras un niño la mira embebido desde el otro lado de la cerca. La niña se lo ofrece, para que él también lo chupe. No hay nada más que eso, pero es de un erotismo magnético que te pone el cuerpo entero como un vibrador accionado por un megavatio.

Hermosa época esa de la paja en el ojo propio, cuando no había estampas cochinas, mucho menos videos porno ni otras incitaciones más bien groseras, mecánicas y repetitivas hasta la obsesión. Pero para eso habían lecturas. En algún momento llegué a creer que cada libro, por más que fuera de matemáticas, encerraba alguna página que te hacía estremecer de gusto. Ese acicate me llevó a hojear tempranamente la copiosa biblioteca de mi hermano y a encontrar cosas sorprendentes. Cómo olvidar, por ejemplo ese viejo libro inglés titulado “Fanny Hill”, cuya virtud mayor era el gozo con que presentaba el sexo más explícito sin sombra de culpa. Qué mujeres más dispuestas al placer, qué hombres tan bien dotados, qué rubores y asombros en la casa de muñecas de Madame Fanny. Regalé ese libro hace poco, pero antes recompuse con nostalgia las esquinas de página dobladas por mi mano derecha, pues la izquierda estaba ocupada en otra cosita. De entonces me viene seguramente la costumbre de clasificar ciertos libros en el rubro “para leer con una sola mano”, entre los cuales a veces me ufano de incluir mi novela “Ando volando bajo”.

Pero bastante antes de “Fanny Hill” me zarandeó como a un arbusto la novela “Lolita” de Nabokov. Mi madre y yo vivíamos solos y en las noches, mientras ella tejía y escuchaba su radionovela y al mismo tiempo rezaba el rosario, yo me hurtaba de su vista y me iba a leer los crudos amores de ese afortunado viejo verde que amaba a su bella y pequeña entenada. Leía con los ojos y en realidad con buena parte de mi ser. Digo buena parte y no todo mi ser porque reservaba el sentido del oído para campanear la súbita presencia de mi madre, a quien jamás se le quitó la costumbre de sorprender a quien fuera con su mirada inquisidora. La escuchaba en sordina y todavía sonrío al recordar cómo rezaba el rosario mientras escuchaba la radionovela cubana “El precio de un pecado”: “Dios te salve María llena eres de gracia (no puede ser, qué canalla este Albertico) el Señor es contigo bendita tú eres (ay, esta Minín Bufones) entre todas las mujeres (Jesús María, estas mujeres)...” De pronto, entre misterio y misterio llamaba: “¿Ramón?” “¿Sí, mami?” “¿Qué estás haciendo?” “Estudiando, mami”. “Ah...” Por precaución urdí la costumbre de cubrir el libro de “Lolita” con mi policopiado de Geografía. La práctica de esta lectura clandestina desarrolló en mí una nueva destreza: la de cerrar de golpe el libro y luego volver al lugar exacto en que había dejado la lectura, porque memorizaba cada número de página. Creo que hasta hoy no necesito dejar señales en mis libros gracias a las defensas que urdí contra los métodos policíacos de mi buena madre.

“Lolita” fue para mí un incendio en un campo pajoso. La de pajas que le debo al ilustre maestro ruso. Vi dos versiones de la película. La primera me llegó temprano y todavía recuerdo a la bellísima y sensual Sue Lyon; la segunda me decepcionó; pero ambas me convirtieron en inmunodeficiente frente a una mujer-niña. Son mi debilidad. Aunque me digan viejo verde, que no es lo mismo que caballero ecologista. Dejad que las niñas vengan a mí, mejor si ya son mujeres.

A esta revista le falta erotismo. Erotismo franco. Quizá una buena sección sería el recuento de esas páginas marcadas, algunas de ellas manchadas con humores lejanos, que abundan en toda biblioteca de adolescente. Creo que sería un homenaje justiciero al Pato Donald y a sus secretos atributos que incendiaron la cola de la Pata Daisy.

La vida en bicicleta



La vida en bicicleta

Hace décadas que mantengo una relación conyugal con mi bicicleta; quizá por eso cuando otro la monta le hallo guiños, gemidos y meneos desconocidos que, naturalmente, despiertan mis celos. Y entonces entiendo a don Juan Gutiérrez, viejo portero del diario donde trabajé hace 20 años, que respondía con una frase olímpica a los prestamistas de bicicletas: “Cosas de montar, no se prestan.” Ni Horacio, en la cumbre del verso latino, lo hubiera dicho mejor ni con menos palabras.

Hasta aquí se vislumbra ya un conflicto: amo a mi bicicleta, pero tengo aversión por los ciclistas de prestado, que no son capaces de mantener la suya y andan prestándose o robándose la ajena. ¿Con qué hígado se puede prestar una criatura esbelta, de huesos huecos, como las aves, que se desliza a centímetros del piso sobre dos halos de aire? Tanto peor concepto tengo de los fletadores, que son macrós, cafishios, alcahuetes de este vehículo tan noble y volátil que, como las musas y las gracias, es de género femenino.

Los detesto en la misma medida en que ellos me detestan; pero lo peor es que a ratos siento la aprensión de que se han confabulado contra mí al punto de organizarse en un gremio que tiene desde señoritos a humildes albañiles. Percibí sus asechanzas el año 85, cuando adquirí una bicicleta deliciosamente flaca, con una elegante cornamenta de cordero divino que coronaba su estructura de avispa montada sobre dos delgadas ruedas. Era una de las primeras bicicletas chinas de carrera que relevaban la guardia de la sólida brigada inglesa que hizo las delicias de nuestros abuelos y padres. La montaba de la mañana a la noche y como una yegua amorosamente domada reaccionaba a mi peso con una velocidad constante y silenciosa, de cara al viento y apuntando la nariz como una proa de una nave de picaflores. Para no desentonar con su elegancia, me enfundaba en un buzo costoso y unas zapatillas de color. Así vestido ascendía el ligero repechón que hay en la carretera a Sacaba, del puente Siles adelante, cuando de pronto aparece a mi lado un albañil huesudo, con lamparones de yeso y coronado con una calatrava hecha con una bolsa de cemento. Montaba, erguido como un Quijote, una vieja bici maltrecha, con dos espigas por pedales, gomas llenas de mataduras, aros descentrados y casi desguarnecidos de radios; y sin embargo picó y en dos quínolas me sacó cien, doscientos metros.

Me resistí a creer que se trataba de una conjura, pero a la mañana siguiente, ya con el buzo sin etiquetas y los zapatos de color amoldados a mis pies, volví a la carga dispuesto a llegar a Chiñata sin relevos. No había avanzado un par de kilómetros cuando vi clarito que me esperaban en el cruce a Quintanilla y delegaban la misión secreta a un ciclista rengo, pequeño como un mono ciciro y encaramado en una bicicleta Caloi con asiento banana. Para mí que calcularon el contraste con el objetivo de redoblar la afrenta, porque el monicaco me empató, guiñó un ojo bizco y comenzó a sacarme irremediable ventaja. Y eso que mi bici tenía 14 velocidades mientras su pequeña bestia andaba sólo a la fuerza que daban sus pies.

¿Conocen ustedes al gran pintor Ricardo Pérez Alcalá? Él no me ha de dejar mentir porque conoce el alma y el esqueleto íntimo de las bicicletas, a juzgar por ese maravilloso lienzo recubierto con una fina capa de estuco que pintó con un motivo para mí familiar: es un páramo, digamos el altiplano, y en él corre una bicicleta que en realidad es un esqueleto de cabra, los cuernos por manubrio. Si le preguntan a Ricardo, les dirá que se inspiró en un episodio que lo sufrí y del cual fue testigo. Resulta que salía yo por enésima vez a la carretera, a esas alturas lleno de aprensión por el acoso de mis rivales, cuando se reprodujo la maniobra consabida: desde un recodo fue enviado a mi presencia un ser por demás extraño sobre una bicicleta espectral que parecía extraída del Purgatorio. ¡El tipo no tenía piernas, pedaleaba con las manos y sostenía el manubrio con los dientes! Como es de suponer, no sólo alineó a mi costado durante breves segundos, sino que me rebasó cumplidamente. Lo peor es que se dio el lujo de soltar el manubrio que mordía con toda la dentadura para volver la cabeza ¡y reírse en mi cara!

El asunto llegó a mayores cuando un gañán aprovechó que me paré a tomar un refresco para arrebatarme la bici y conducirla a una velocidad vertiginosa, de ida y de vuelta porque su intención no era robármela sino demostrarme que él sabía montarla mejor que yo. De rabia tomé un taxi y me privé del placer de manejarla durante un buen tiempo, reproduciendo mentalmente los gemidos desaforados que le escuché mientras la montaba otro.

Estos episodios se repetían con una regularidad demoníaca, como círculos infernales, hasta que una vez se me dio sorprender a un albaco en la bajadita del retorno de Chiñata. Lo vi y de inmediato piqué confiando en la esbeltez de mi bicicleta para hacerle morder el polvo de la derrota, cosa que conseguí pasando por su costado como un ave rapaz o una flecha ligera. Le saqué fácilmente trescientos metros, pero me tentó verle la cara y aflojé el pedaleo para esperarlo. Volví la cabeza y comprobé que pedaleaba trabajosamente para alcanzarme. Lo logró al fin y entonces medí la cruda dimensión de mi victoria cuando me preguntó: “Amigo, ¿conoce un hospital cerca?” Era un moribundo que tenía de un lado un frasco de suero glucosado y del otro medio litro de sangre que le goteaba en las venas. Como ustedes podrán suponer, a cien metros nos esperaba una murga que comenzó a reír a mandíbula batiente de mi pírrica victoria, mientras el moribundo trucho se quitaba los aparejos y saltaba ágilmente para unirse al coro riente.

La decepción fue tan grande que tuve que refugiarme en la noche, como un ciclista furtivo que buscara las calles más solitarias y oscuras y la complicidad de la luna y las estrellas. Pero uno nunca sabe dónde habita la poesía, pues resulta que en esos trances tenía que recoger un espejo de un metro de largo por unos setenta centímetros de ancho que apoyé sobre el manubrio decidido a manejar con extremo cuidado. Tomé una vereda tranquila de la avenida Chapare, flanqueada por eucaliptos añosos que me cubrían de miradas indiscretas. Y entonces se produjo el milagro: apenas bajé los ojos al espejo vi el cielo estrellado y las copas de los árboles. Entre ellas apareció la luna y tuve que torcer el manubrio para no pisarla, porque paseaba por una vereda celeste poblada de un pedrusco de astros y asteroides. Me incliné aun más en busca de mi rostro y entonces me vi como una criatura en vuelo o si quieren un superhéroe que volaba sonriente en el espacio sideral.

Esta visión beatífica me reconcilió con la vida y con la bicicleta. Desde entonces rehúyo las competencias diurnas y prefiero montar a solas y de noche, atento a los gemidos de mi dulce compañera, munido de un espejo que me devuelve el mapa del cielo y mi expresión beatíficamente satisfecha.

En el último corso de corsos me robaron mi bicicleta, pero sospecho que en realidad se escapó cansada de que la monte un gordo. Por ahí debe andar, con algún jovencito leve que la monta a su regalado gusto.

Los pájaros meones




Los pájaros meones

--¿Cuál es el ave que se hace pis en las placas de los autos?
--El pájaro mea placas.
--¿Y el que se hace pis en las sogas?
-- El pájaro mea cuerdas.
--¿Y el qu le casca en la neblina?
--El pájaro mea brumas.
--¿Y el que se hace pis en los estandartes?
--El pájaro mea banderas.
--¿Y en las liquidaciones?
--El pájaro mea baratas.
--¿Y en los botes?
--El pájaro mea barcas.
--¿Y el que se hace en las embarcaciones?
--El pájaro mea barquillas.
--¿Y el que se hace en los palos de béisbol?
--El pájaro mea bates.
--¿Y el que moja las uñas de los leones?
--El pájaro mea garras.
--¿Y el que moja cosas blandas?
--El pájaro mea blandas.
--¿Y el que empapa las boguitas?
--El pájaro mea bogas.
--¿Y el que se hace en la dentadura del prójimo?
--El pájaro mea muelas.
--¿Y el que moja garrotes?
--El pájaro mea trancas.
--¿Y el que prefiere a los Borda?
--El pájaro mea bordas.
--¿Y el que se hace en las ovejitas?
--El pájaro mea borregas.
--¿Y en los carbones encendidos?
--El pájaro mea brasas.
--¿Y el que se hace en las peleas?
--El pájaro mea brigas.
--¿Y el que moja las brochas de afeitar?
--El pájaro mea brochas.
--¿Y el que no respeta los gestos de cariño?
--El pájaro mea caricias.
--¿Y el que se hace en las almendras?
--El pájaro mea castañas.
--¿Y el que no aguanta a las mujeres que hablan mucho?
--El pájaro mea catarras.
--¿Y el que moja los charques?
--El pájaro mea cecinas.
--¿Y el que apaga las velas?
--El pájaro mea ceras.
--¿Y el que moja las paredes?
--El pájaro mea cercas.
--¿Y el que moja los huevos?
--El pájaro mea claras.
--¿Y el que no respeta a las mujeres miedosas?
--El pájaro mea cobardas.

Los pájaros incendiarios

--¿Cuál es el pájaro que incendia los maizales?
--El pájaro quema maíz.
--¿Y el que prende fuego a ciertos temas?
--El pájaro que matemáticas.

LAS PALABRAS




LAS PALABRAS

Uno está sereno, fumando un pucho, y de pronto sístole, cuadrúpedo, analectas, insípido. El pucho ya en el cenicero y por la ventana trocar Trocadero anapestos trocaico se deciden.

Uno escucha el tango “Uno” y entonces cañafístola, Irpavi, Pitiantuta, comodoro, Piribebuy. La aguja raspa el disco y la voz nasal del argentino deglute, corcovea, periclita, hisopea judíos de Idumea.

No hay remedio contra las palabras. Abro las puertas y carrascosa, puñeta, pateadura, policlínico. La cierro desesperado y alondra, chochamu, paracleto, vencejo.

Peor si tomas, digamos, un San Mateo: sinergia, rabadilla, pancarta y Estocolmo. O si pides maní salado con pasas: pupitre, mandrágora, humectante y Alicante.

Los domingos pasean como ramilletes las preferidas: alelí, visir, iris y damasco. Claro que seguidas por coturno, plafagonio, ptolemaico y pútrido. Cuando no por las jubiladas guirnalda, florilegio, tisú y organdí.

Ah, las pícaras: culicagado, patidifuso, fifí y cogitabundo. Y las saudosas: ayer, bolero, beso, gardenia.

Ah, las modositas: congratulación, plácemes, servidor, museñormío.

Muy señor mío: Olirondo Giverio.