Los amores blancos de Borges
En 1963, Jorge Luis Borges se enamoró de María Esther Vazquez. Cuando su amigo Adolfo Bioy Casares se enteró ya era tarde; Borges sufría y de pronto encontró una receta inesperada aunque poco aconsejable. Un día le propuso matrimonio pero ella dijo que había otro, y eso le afectó mucho a Borges. "Estoy triste con todo el cuerpo. Lo siento en las rodillas, en la espalda", se quejó, y Silvina, la esposa de Bioy, comentó: "Borges está de nuevo mal. Está pálido".
"Parece un destino circular al que estoy condenado. Esta situación se repite, cada tantos años…",agregó Borges y esto le dio pie a Bioy para pensar una clave del drama, que la registró así en su diario: "Tengo aquí una intuición: la relación con esta mujer debe de ser un noviazgo blanco. Con noviazgo blanco quiere retener a las mujeres… Sin comprender la realidad, habla de su trágico destino repetido y de que por una fatalidad siempre aparece un hombre y se las quita. (Una mujer que le dura un año o dos con amor blanco dura mucho; Borges no puede quejarse: debería jactarse.)"
¿Cuántos amores blancos tuvo Borges?¿Y cuántos amores de color? De estos últimos, probablemente ninguno: lo dominaba la imagen de la Madre, pero también una ausencia de vocación por el amor carnal, que le hacía preferir la épica y desechar con asco incluso la insinuación de una escena literaria erótica.
La posibilidad de casarse con esa muchacha incluso lo habría animado a conocer Bolivia. Así lo comentaba Borges: "Como ese viaje a Bolivia, para el que me invitaron ahora. Te imaginás, qué ironía. Porque si hubiera podido ir con esta chica, casado con ella, hubiera sido maravilloso…"
Por entonces enseñaba sin cobrar un peso un seminario de inglés antiguo, y se quejaba: "A las muchachas, cuando van a inscribirse, les dicen: "No hay orden". Y el seminario no tiene ningún valor académico; desde el punto de vista de la carrera, las muchachas pierden su tiempo conmigo". Una de ellas, María Kodama, se casaría veinte años después con él y lo llevaría a morir a Ginebra, lejos del Buenos Aires que amó y de la amistad de Bioy, que cultivó durante medio siglo.
Por esos días la ceguera debió agobiarlo como nunca. Bioy se quejó de leer con anteojos. "Qué clavo esto de no ver sin anteojos", dijo, y Borges respondió: "Qué clavo esto de no ver con anteojos".
Borges tocó fondo en su pena de amor, y entonces encontró un curioso remedio. "Hoy andaba deshecho –le confió a Bioy–, y de pronto recordé las palabras de Shakespeare: "Sweet are the uses of adversity" y pensé que de algún modo debería aprovechar mi desventura. ¿Comprendés? No quería aprovecharla literariamente, sino en algo más real. Entonces me acordé de que tengo una muela que me incomoda"… y se la hizo sacar. "Salí a la calle bastante contento con la experiencia, y de pronto me acordé de esa mujer y la magia de la muela desapareció", comentó.
Otro día, Borges comió en casa de Bioy y dijo: "Seguía muy deprimido. Resolví insistir con mi sistema de aprovechar la desdicha. ¡Me saqué otra muela!".
miércoles, 23 de septiembre de 2009
El infierno tan temido

El infierno tan temido
Él es anciano, tiene buena salud pero es ciego total ya unas tres décadas. Vivió el languidecimiento de su vista, pero el hábito de la tertulia, de la lectura y la imaginación gobernada por una mente precisa y concisa le aliviaron la soledad. En realidad, nunca se sintió solo porque en todo momento hubo alguien que lo escuchara, en especial un amigo menor que él, con quien cenaba noche a noche sin hablar de otra cosa que de literatura. Juntos hablaban, leían y escribían: de ese modo, el anciano ciego había construido un paraíso modesto pero tibio y grato; y al quedar completamente ciego, había hecho del defecto virtud, incluso profesión, pues las universidades le pagaban por escucharlo. Les fascinaba su divorcio absoluto de la retórica y del efecto oratorio, pues invariablemente discurría a su aire, con voz apagada pero con un encadenamiento geométrico de las palabras, un diamante verbal hecho de espejos, simetrías y laberintos.
En aquel refugio perfecto que construyó pese a su ceguera, había, sin embargo, un error de ingeniería que lo hacía vulnerable: la madre, la mujer. Desde niño hasta una edad en que ya peinaba canas, vivió bajo la tutela de una madre protectora y autoritaria, que le fue castrando las módicas habilidades de la vida cotidiana. Ya era bastante maduro y ciego cuando decidió culminar uno de sus blancos amores en el matrimonio. Se casó con una mujer posesiva y celosa. Si la madre le reprochaba ir a cenar con su amigo y contertulio, la esposa maquinó para enturbiar con su presencia el diálogo de dos amigos cuya complicidad mental excluía a terceros. Aun más, la esposa tomaba decisiones por él y lo comprometía a viajar como conferencista pagado; exigía acompañarlo y gastaba los honorarios en las grandes tiendas, cosa que no debiera espantarnos pues es práctica inveterada de muchas esposas, pero a él le compraba ropa usada, incluso zapatos usados, calculando que no se daría cuenta por su ceguera.
No tardó en divorciarse. Hasta entonces se había insinuado en su vida una alumna persistente cuyo rostro podía reconstruir apenas con la memoria del tacto. Ella fue convirtiéndose en pareja y la relación acabó en matrimonio. A diferencia de la primera, esta segunda esposa parecía exenta de las vanidades de este mundo; no perdía el tiempo en bagatelas y formulaba frases inteligentes. Se perfiló como la compañera ideal para un ciego que no buscaba en ella el esplendor de la belleza, sino la pálida discreción de una escucha inteligente. Sólo que, una vez casada, maquinó para evitar que su anciano esposo volviera a la costumbre de cenar con su amigo y contertulio.
Para entonces, el anciano y su amigo habían escrito juntos varios libros, unos de sonrientes parodias y otros antológicos; se los designaba jurados de premios literarios porque se sabía que trabajaban juntos, y el mundo del cine había conocido sus guiones, también conjuntos.
La nueva esposa logró convencer al anciano ciego y lo hurtó de su querida Buenos Aires. Lo encerró en un departamento silencioso, en Ginebra, y allí está él, correctamente vestido y sentado en un sillón. Ningún ruido, ningún susurro le disipa la sensación de estar completamente solo. Pero ella está frente a él, disfrutando de la mayor de sus sevicias: la de contemplar a un anciano ciego cuyo único paraíso era la tertulia, sumido en la soledad y el más completo silencio.
La Villa es sueño
La Villa es sueño
Hace algunos meses, Mauricio René Murillo Aliaga defendió una tesis titulada "La Villa es sueño" en la Carrera de Letra de la Universidad de San Andrés. Conocí el texto en primicias porque es un estudio de "Potosí 1600", que vino acompañado por un largo cuestionario.
Pero, al margen del pretexto, la tesis de Mauricio Murillo es un aporte valioso al conocimiento de la novela histórica. Dice, en principio, que Potosí 1600 no es una novela de este género. " Lo que esta obra está haciendo no es una lectura del pasado ni su retrato, es la reconstrucción de un mundo nuevo que se instaura como ficción a partir de la palabra escrita", escribe. "A partir de Potosí 1600 no podemos intentar conocer las costumbres de los potosinos en la Colonia, o la verdadera vida cotidiana de la Villa Imperial. Potosí 1600 es antes que nada, un gran cuento de hadas. Es pura invención. La novela está modelando el mundo con palabras, no está dependiendo de él. Al instaurar la ficción está promoviendo ese hacer del que habla Villena. Es por esto que nuestra lectura no será meramente esteticista, sino que intentará construirse como experiencia antes que como observación y placer", agrega.
Resta, entonces, una hipótesis melancólica: quizá lo único que podemos hacer al novelar la historia es escribir una parodia que si nuestros personajes revivieran quizá nos reprocharían por su abismal inexactitud.
Los lingüistas hablan de parodia y de intertextualidad como conceptos afines; Mauricio Murillo prefiere hablar de plagio: la novela histórica sería, entonces, un plagio conjetural de una época que jamás conoceremos porque al final la memoria es un bazar de olvidos.
" La parodia debe desplazar una escritura y al hacerlo debe diferenciarse de ésta. En Potosí 1600 el plagio recrea las escrituras que incluye, y a la vez se construye como escritura nueva. Los textos plagiados no son sólo referencias o muletillas para retratar un tiempo histórico específico o una ciudad real, sino son mecanismos que van a posibilitar la producción de sentidos dentro de la novela. La poética de Potosí 1600 es, sobre todo, la suma de todos sus plagios. El plagio no sólo incluye a Arzáns, Calderón, Cervantes, etc., sino que los diferencia de su escritura, los actualiza y los hace mecanismos propios para producir, en su propia escritura, nuevas significaciones", acota Murillo.
Sin embargo, todavía hay gente que cree que el oficio de novelista histórico es inferior al de historiador, suponiendo que este último sería un oficio de científico. Como hay también numerosos lectores que prefieren leer una novela histórica antes que un libro de historia para conocer el pasado. En efecto, la novela histórica te transporta a una época, te transmite la sensación de vivirla y en eso es más eficaz que los estudios históricos. Al final, el París medieval que conocemos es el de "Los miserables" de Víctor Hugo, y el París del Segundo Imperio que conocemos es el de La Comedia Humana de Balzac, así como el Canto General de Neruda es quizá más eficaz que la arqueología para conjeturar la grandeza de Macchupicchu. Al fin y al cabo arqueólogos y paleontólogos son no sólo coleccionistas de evidencias sino formuladores de cavilaciones y conjeturas: materia típica de la poesía y la narrativa.
Hace algunos meses, Mauricio René Murillo Aliaga defendió una tesis titulada "La Villa es sueño" en la Carrera de Letra de la Universidad de San Andrés. Conocí el texto en primicias porque es un estudio de "Potosí 1600", que vino acompañado por un largo cuestionario.
Pero, al margen del pretexto, la tesis de Mauricio Murillo es un aporte valioso al conocimiento de la novela histórica. Dice, en principio, que Potosí 1600 no es una novela de este género. " Lo que esta obra está haciendo no es una lectura del pasado ni su retrato, es la reconstrucción de un mundo nuevo que se instaura como ficción a partir de la palabra escrita", escribe. "A partir de Potosí 1600 no podemos intentar conocer las costumbres de los potosinos en la Colonia, o la verdadera vida cotidiana de la Villa Imperial. Potosí 1600 es antes que nada, un gran cuento de hadas. Es pura invención. La novela está modelando el mundo con palabras, no está dependiendo de él. Al instaurar la ficción está promoviendo ese hacer del que habla Villena. Es por esto que nuestra lectura no será meramente esteticista, sino que intentará construirse como experiencia antes que como observación y placer", agrega.
Resta, entonces, una hipótesis melancólica: quizá lo único que podemos hacer al novelar la historia es escribir una parodia que si nuestros personajes revivieran quizá nos reprocharían por su abismal inexactitud.
Los lingüistas hablan de parodia y de intertextualidad como conceptos afines; Mauricio Murillo prefiere hablar de plagio: la novela histórica sería, entonces, un plagio conjetural de una época que jamás conoceremos porque al final la memoria es un bazar de olvidos.
" La parodia debe desplazar una escritura y al hacerlo debe diferenciarse de ésta. En Potosí 1600 el plagio recrea las escrituras que incluye, y a la vez se construye como escritura nueva. Los textos plagiados no son sólo referencias o muletillas para retratar un tiempo histórico específico o una ciudad real, sino son mecanismos que van a posibilitar la producción de sentidos dentro de la novela. La poética de Potosí 1600 es, sobre todo, la suma de todos sus plagios. El plagio no sólo incluye a Arzáns, Calderón, Cervantes, etc., sino que los diferencia de su escritura, los actualiza y los hace mecanismos propios para producir, en su propia escritura, nuevas significaciones", acota Murillo.
Sin embargo, todavía hay gente que cree que el oficio de novelista histórico es inferior al de historiador, suponiendo que este último sería un oficio de científico. Como hay también numerosos lectores que prefieren leer una novela histórica antes que un libro de historia para conocer el pasado. En efecto, la novela histórica te transporta a una época, te transmite la sensación de vivirla y en eso es más eficaz que los estudios históricos. Al final, el París medieval que conocemos es el de "Los miserables" de Víctor Hugo, y el París del Segundo Imperio que conocemos es el de La Comedia Humana de Balzac, así como el Canto General de Neruda es quizá más eficaz que la arqueología para conjeturar la grandeza de Macchupicchu. Al fin y al cabo arqueólogos y paleontólogos son no sólo coleccionistas de evidencias sino formuladores de cavilaciones y conjeturas: materia típica de la poesía y la narrativa.
El Ramón y el Ojo
El Ramón y el Ojo
Una de mis lecturas más tempranas e inquietantes, ilustrada hasta el cansancio en decenas de remakes cinematográficos, fue la de “Dr. Jekyll y Mr. Hyde” del incomparable Robert Louis Stevenson. Habría que reunir en una colección en blanco y negro las obras de los precursores de Freud, la de todos aquellos que escribieron en prosa y verso acerca del bien y el mal, desde los cronistas del paraíso perdido y la caza de ballenas hasta los positivistas ilusos que pensaron extirpar el mal con una inyección, cuando en realidad el mal es inocente y habita en nosotros, en el número 13 de la calle Inconsciente de nuestro populoso burgo interior.
Uno puede recuperar épocas de su propia vida volviendo a las lecturas de entonces, atento en especial a aquellas frases que subrayamos y que tienen una conexión secreta y eficiente. Reviso mis libros y el tema de Jekyll y Hyde reaparece en un subrayado bíblico: cuando Jesús pregunta el nombre del demonio que acaba de alojarse en una piara de cerdos, éste le responde: “Me llamo Legión”. Puedo añadir todavía una “metafísica popular” que me contó mi hermano Manuel Monroy y la respuesta que logré conseguirle. El taquillero del Teatro Municipal informa cómo está la platea: “Vacío está. Harta gente no ha venido”; alguien consuela al artista: “No te preocupes, conmigo tienes una multitud”.
De esa cadena de identidades nació el Ojo de Vidrio en octubre de 1984, cuando Feny Canelas, por gestión de mi buen amigo José Nogales Nogales, me convocó a escribir una columna diaria, vecina de la de mi carnal Alfredo Medrano, en el matutino Los Tiempos. Si dicen que el estilo es el hombre, la soltura de la columna se sobrepuso al barroco grave de mis primeros textos, expresó con sencillez las pulsiones que se asfixiaban en ellos, a ratos tan recargados de palabras, y así fueron construyendo otra criatura cuyos genio y figura eran distintos de los de ese chango recogido y taciturno que un día fue bautizado in extremis con el nombre de Ramón. Si éste se pasó lo mejor de la adolescencia y la juventud leyendo y leyendo a orillas de la vida, el Ojo de Vidrio nació y se zambulló en ella, ya no quiso salir del agua vital y acabó por arrastrarme con todo y mujer y libros. Atribulado en el torrentoso río de la vida, el Ramón no sabía cómo salvar sus libros ni cómo lograr que su mujer y compañera braceara al ritmo endiablado que imponía el Ojo de Vidrio, quien a todas luces era de nacimiento un consumado campeón de natación.
Había que verlo para sorprenderse cómo el Ramón, ese chango de rebeldías no manifiestas, flacucho y corchísimo en sus estudios comenzó a ser sustituido por un tío de amplia sonrisa y de robustos apetitos, que gozaba viviendo en baño de multitudes y agotando a grandes koltins la tutuma de chicha de esta vida.
¿Dónde había quedado el corchito que se negaba a flotar en el río vital y se guarecía en la orilla leyendo compulsivamente toda letra impresa? El otro, el Ojo de Vidrio, no tenía tiempo ni ganas para esa taciturna costumbre, y ahí fue que se conoció con una mujer acaso seducida por su ritmo vital, que acabó siendo compañera de ambos, no sé si me entienden, del Ramón y del Ojo de Vidrio.
El drama nació y creció a partir de un conflicto de actitudes, pues al Ojo no le importaba mucho el pasado, la nostalgia, los hijos, la mujer de los primeros días, las cosas, los escritos, los libros que hasta entonces habían anegado la vida del Ramón. Tampoco le importaban mucho los ritmos, los gustos, las pulsiones, las metas de esa nueva mujer, porque sólo aspiraba a que todos siguieran su ritmo, sus gustos, sus pulsiones y metas, como una comparsa alegre y ruidosa pero desprovista de libre albedrío. Mientras el Ojo se zambullía en la multitud, el Ramón era el escenario de una dramática confusión de sentimientos, unos de nostalgia y culpa por su pasado perdido y otros de un amor naciente, de una relación nueva, de una construcción que él quería larga y venturosa. El drama es que esta nueva mujer se había enamorado del Ojo, aunque la turbaran sus excesos y su ritmo endiablado, mientras que apenas sentía una tibia ternura por el Ramón.
Es justo reconocer que en toda esa época el Ojo asumió los gastos de la casa, mientras el Ramón cumplía sus deberes de padre abnegado y esposo ejemplar en los pequeños espacios que le dejaba el Ojo. Pero la cosa no era tan sencilla, porque si bien el Ojo era el responsable de la columna diaria, del célebre “ch’akigrama” y de la revista “Viernes de Soltero”, que marcó época entre los militantes de la buena vida, en los hechos el redactor y diagramador era el atribulado Ramón, en los pequeños espacios que le dejaba la vida llena de compromisos del Ojo.
De esa época data un texto patético que escribió sin duda el Ramón (pues el Ojo ni leía ni escribía, solamente vivía), que dice lo siguiente: “Acabo de comprobar con amargura que este canallita del Ojo de Vidrio no sólo se aprovecha de mi oscuro trabajo de redactor secreto de sus textos, sino que me lleva a gozar de la vida y espera que me duerma para volver solito a la casa y cumplir los deberes de abnegado esposo y padre ejemplar que sólo a mí me corresponden”. Cómo estaría de afligido el Ramón que llegó a escribir ese párrafo francamente esquizoide. Años después encontré un texto similar escrito por Simón Rodríguez, el maestro del Libertador: “Sírvase devolverme mi mujer porque yo también la necesito para los usos a que Ud. la tiene destinada”.
Hoy que escribo estas desmemorias, me he levantado muy temprano mientras el Ojo sigue durmiendo la mona, pues anoche festejó al Señor de Compadres y no se repondrá sino hasta la hora de almuerzo. Hace rato que he vuelto a mi recogimiento, casi no salgo y escribo todo el tiempo con la cara vuelta a la pared. Pero los excesos del Ojo me agotan, me quitan todas mis energías, repitiendo hasta el asco la increíble y triste historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Una de mis lecturas más tempranas e inquietantes, ilustrada hasta el cansancio en decenas de remakes cinematográficos, fue la de “Dr. Jekyll y Mr. Hyde” del incomparable Robert Louis Stevenson. Habría que reunir en una colección en blanco y negro las obras de los precursores de Freud, la de todos aquellos que escribieron en prosa y verso acerca del bien y el mal, desde los cronistas del paraíso perdido y la caza de ballenas hasta los positivistas ilusos que pensaron extirpar el mal con una inyección, cuando en realidad el mal es inocente y habita en nosotros, en el número 13 de la calle Inconsciente de nuestro populoso burgo interior.
Uno puede recuperar épocas de su propia vida volviendo a las lecturas de entonces, atento en especial a aquellas frases que subrayamos y que tienen una conexión secreta y eficiente. Reviso mis libros y el tema de Jekyll y Hyde reaparece en un subrayado bíblico: cuando Jesús pregunta el nombre del demonio que acaba de alojarse en una piara de cerdos, éste le responde: “Me llamo Legión”. Puedo añadir todavía una “metafísica popular” que me contó mi hermano Manuel Monroy y la respuesta que logré conseguirle. El taquillero del Teatro Municipal informa cómo está la platea: “Vacío está. Harta gente no ha venido”; alguien consuela al artista: “No te preocupes, conmigo tienes una multitud”.
De esa cadena de identidades nació el Ojo de Vidrio en octubre de 1984, cuando Feny Canelas, por gestión de mi buen amigo José Nogales Nogales, me convocó a escribir una columna diaria, vecina de la de mi carnal Alfredo Medrano, en el matutino Los Tiempos. Si dicen que el estilo es el hombre, la soltura de la columna se sobrepuso al barroco grave de mis primeros textos, expresó con sencillez las pulsiones que se asfixiaban en ellos, a ratos tan recargados de palabras, y así fueron construyendo otra criatura cuyos genio y figura eran distintos de los de ese chango recogido y taciturno que un día fue bautizado in extremis con el nombre de Ramón. Si éste se pasó lo mejor de la adolescencia y la juventud leyendo y leyendo a orillas de la vida, el Ojo de Vidrio nació y se zambulló en ella, ya no quiso salir del agua vital y acabó por arrastrarme con todo y mujer y libros. Atribulado en el torrentoso río de la vida, el Ramón no sabía cómo salvar sus libros ni cómo lograr que su mujer y compañera braceara al ritmo endiablado que imponía el Ojo de Vidrio, quien a todas luces era de nacimiento un consumado campeón de natación.
Había que verlo para sorprenderse cómo el Ramón, ese chango de rebeldías no manifiestas, flacucho y corchísimo en sus estudios comenzó a ser sustituido por un tío de amplia sonrisa y de robustos apetitos, que gozaba viviendo en baño de multitudes y agotando a grandes koltins la tutuma de chicha de esta vida.
¿Dónde había quedado el corchito que se negaba a flotar en el río vital y se guarecía en la orilla leyendo compulsivamente toda letra impresa? El otro, el Ojo de Vidrio, no tenía tiempo ni ganas para esa taciturna costumbre, y ahí fue que se conoció con una mujer acaso seducida por su ritmo vital, que acabó siendo compañera de ambos, no sé si me entienden, del Ramón y del Ojo de Vidrio.
El drama nació y creció a partir de un conflicto de actitudes, pues al Ojo no le importaba mucho el pasado, la nostalgia, los hijos, la mujer de los primeros días, las cosas, los escritos, los libros que hasta entonces habían anegado la vida del Ramón. Tampoco le importaban mucho los ritmos, los gustos, las pulsiones, las metas de esa nueva mujer, porque sólo aspiraba a que todos siguieran su ritmo, sus gustos, sus pulsiones y metas, como una comparsa alegre y ruidosa pero desprovista de libre albedrío. Mientras el Ojo se zambullía en la multitud, el Ramón era el escenario de una dramática confusión de sentimientos, unos de nostalgia y culpa por su pasado perdido y otros de un amor naciente, de una relación nueva, de una construcción que él quería larga y venturosa. El drama es que esta nueva mujer se había enamorado del Ojo, aunque la turbaran sus excesos y su ritmo endiablado, mientras que apenas sentía una tibia ternura por el Ramón.
Es justo reconocer que en toda esa época el Ojo asumió los gastos de la casa, mientras el Ramón cumplía sus deberes de padre abnegado y esposo ejemplar en los pequeños espacios que le dejaba el Ojo. Pero la cosa no era tan sencilla, porque si bien el Ojo era el responsable de la columna diaria, del célebre “ch’akigrama” y de la revista “Viernes de Soltero”, que marcó época entre los militantes de la buena vida, en los hechos el redactor y diagramador era el atribulado Ramón, en los pequeños espacios que le dejaba la vida llena de compromisos del Ojo.
De esa época data un texto patético que escribió sin duda el Ramón (pues el Ojo ni leía ni escribía, solamente vivía), que dice lo siguiente: “Acabo de comprobar con amargura que este canallita del Ojo de Vidrio no sólo se aprovecha de mi oscuro trabajo de redactor secreto de sus textos, sino que me lleva a gozar de la vida y espera que me duerma para volver solito a la casa y cumplir los deberes de abnegado esposo y padre ejemplar que sólo a mí me corresponden”. Cómo estaría de afligido el Ramón que llegó a escribir ese párrafo francamente esquizoide. Años después encontré un texto similar escrito por Simón Rodríguez, el maestro del Libertador: “Sírvase devolverme mi mujer porque yo también la necesito para los usos a que Ud. la tiene destinada”.
Hoy que escribo estas desmemorias, me he levantado muy temprano mientras el Ojo sigue durmiendo la mona, pues anoche festejó al Señor de Compadres y no se repondrá sino hasta la hora de almuerzo. Hace rato que he vuelto a mi recogimiento, casi no salgo y escribo todo el tiempo con la cara vuelta a la pared. Pero los excesos del Ojo me agotan, me quitan todas mis energías, repitiendo hasta el asco la increíble y triste historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
¿Por qué Ojo de Vidrio?
Muchos amigos inspeccionan los ojos de este servidor que se comerá la tierra tratando de adivinar cuál de ellos es de vidrio. En realidad el origen es muy sencillo: yo escribía una columna ilustrada con una fotografía. El ojo de vidrio era el lente de la máquina, pero también el cristal con que se mira, el punto de vista personal. Un docente de psicología hizo una especie de psicoanálisis de aquella columna, y dijo que el autor era un voyeur, un fisgón que atisba la realidad por el ojo de la cerradura e invita a los lectores a que hagan lo mismo; invitación que, en la vida real, a la hora de espiar, pocos resisten. En suma, el objetivo era prestar atención al prójimo, tener la piedad de verlo y escucharlo, prestarle el espacio de una columna para fijarlo con pelos y señales.
Eliseo Diego, que escribió una obra de una profundidad poética como pocas en lengua castellana, dice que la poesía "es el acto de atender en toda su pureza". Este acto de prestar atención nos lleva a los confines de la realidad, en los cuales uno no necesita inventar las situaciones más inverosímiles, porque éstas se dan solas en la vida real. Dice Eliseo Diego: "Lo que al principio parece una invención fantástica hallamos luego que procede en realidad de una mirada increíblemente intensa."
Escribir es "atender, mirar con atención, traducir el asombro frente al mundo que cualquiera siente en una forma hecha con palabras."
Veamos la cita completa de Eliseo Diego: "Lo que al principio parece una invención fantástica hallamos luego que procede en realidad de una mirada increíblemente intensa. [...] Pues semejante capacidad de mirar ?de un mirar absoluto, suspensas las otras potencias del alma en un acto de suprema atención?, es en sí misma el don de ese conocimiento oscuro pero inmediato de las cosas que algunos llamamos poesía ?"Secretos del mirar atento".
El secreto de una columna bien lograda reside, como dice el escritor mexicano Felipe Garrido, "en la simplicidad de una manera de ver que abarca la cosa, criatura, acto o experiencia en su integridad ?incluyendo en ésta la complejísima red de sus relaciones con cuanto esté en torno."
Como el arte, la observación periodística de la realidad es también un acto de cortesía. Veamos lo que dice Fina García Marruz acerca de la obra de Eliseo Diego:
"Por cortesía se dibuja bien cada letra y se manda a poner un grabado en la página para que esté más a gusto el paciente lector. Por cortesía se alaban por igual los oficios humildes y los trajes espléndidos. Por cortesía se saluda al huracán y a la calma y se nombran las cosas tan despacio. El arte, decía Martí, es una forma del respeto, que quizás es lo mismo que quiso decir Lezama cuando escribió que la poesía no era más que la figuración musical de la bondad."
El acto de atender, de mirar con atención, es también un gesto de cortesía. Muchos semejantes no nos piden nada material, únicamente que los escuchemos; tanto más si somos periodistas. "atender, mirar con atención", como dice Eliseo Diego; traducir el asombro frente al mundo que cualquiera siente en una forma hecha con palabras, es una forma muy estimable de la cortesía.
Eliseo Diego, que escribió una obra de una profundidad poética como pocas en lengua castellana, dice que la poesía "es el acto de atender en toda su pureza". Este acto de prestar atención nos lleva a los confines de la realidad, en los cuales uno no necesita inventar las situaciones más inverosímiles, porque éstas se dan solas en la vida real. Dice Eliseo Diego: "Lo que al principio parece una invención fantástica hallamos luego que procede en realidad de una mirada increíblemente intensa."
Escribir es "atender, mirar con atención, traducir el asombro frente al mundo que cualquiera siente en una forma hecha con palabras."
Veamos la cita completa de Eliseo Diego: "Lo que al principio parece una invención fantástica hallamos luego que procede en realidad de una mirada increíblemente intensa. [...] Pues semejante capacidad de mirar ?de un mirar absoluto, suspensas las otras potencias del alma en un acto de suprema atención?, es en sí misma el don de ese conocimiento oscuro pero inmediato de las cosas que algunos llamamos poesía ?"Secretos del mirar atento".
El secreto de una columna bien lograda reside, como dice el escritor mexicano Felipe Garrido, "en la simplicidad de una manera de ver que abarca la cosa, criatura, acto o experiencia en su integridad ?incluyendo en ésta la complejísima red de sus relaciones con cuanto esté en torno."
Como el arte, la observación periodística de la realidad es también un acto de cortesía. Veamos lo que dice Fina García Marruz acerca de la obra de Eliseo Diego:
"Por cortesía se dibuja bien cada letra y se manda a poner un grabado en la página para que esté más a gusto el paciente lector. Por cortesía se alaban por igual los oficios humildes y los trajes espléndidos. Por cortesía se saluda al huracán y a la calma y se nombran las cosas tan despacio. El arte, decía Martí, es una forma del respeto, que quizás es lo mismo que quiso decir Lezama cuando escribió que la poesía no era más que la figuración musical de la bondad."
El acto de atender, de mirar con atención, es también un gesto de cortesía. Muchos semejantes no nos piden nada material, únicamente que los escuchemos; tanto más si somos periodistas. "atender, mirar con atención", como dice Eliseo Diego; traducir el asombro frente al mundo que cualquiera siente en una forma hecha con palabras, es una forma muy estimable de la cortesía.
martes, 19 de mayo de 2009
DECÁLOGO DEL TALLER “TE CUENTO”

DECÁLOGO DEL TALLER “TE CUENTO”
1. Anota argumentos, anécdotas, pasajes interesantes de tu vida y de la vida de otros.
2. Anota perfiles de personajes interesantes.
3. Anota frases, colecciona historias curiosas, hechos insólitos que se publican en la prensa o se ven en la televisión.
4. Trata de ver en la realidad lo que otros no ven porque no se concentran.
5. Aprende a escuchar, a dialogar, a no interrumpir.
6. Ejerce la piedad larga y no sólo la piedad corta.
7. No confíes en la memoria sino en la escritura para precisar los recuerdos.
8. Ama las cosas impregnadas de tus recuerdos.
9. Registra testimonios de quienes consideras tus personajes.
10. Busca la paz, el silencio, la soledad y el buen humor para escribir.
jueves, 30 de abril de 2009
Un hombre que volaba sobre Cliza

Un hombre que volaba sobre Cliza
La memoria que guardo de mi padre está ligada a la vida cuartelera. Cuando el viejo era muy joven, el abuelo José lo extirpó de las orillas de un piano y lo mandó al cuartel para preservar la estirpe militar de la familia que, hasta entonces, había provisto de carne de cañón calificada a dos guerras, además de un ingeniero de uniforme francés que construyó la Catedral de La Paz por encargo de Aniceto Arce.
De ese modo, mi padre y sus dos hermanos fueron militares de carrera; los tres concurrieron a la Guerra del Chaco para completar el sino guerrero de la familia, y aunque el viejo era discípulo de Hans Kundt, tres años en el frente de batalla lo dejaron mustio y contrito, al extremo de dejar la carrera familiar y convertirse, años después, en bacteriólogo y boticario asimilado al Ejército.
Una de las memoria más antiguas de mi padre tiene como escenario el cuartel de la Región Militar, en la calle Uruguay, a una cuadra de la esquina donde yo nací. Mi primer peluquero fue un señor Maldonado, hermano del célebre Manuel, mozo en la edad heroica del Bar Comercio. Las tribulaciones de Maldonado en los días de conscripción, determinaron que yo no conociera otro corte que el dibujo de una lata de sardina, pinchoso como rye grass, sobre la frente, con los parietales de sus víctimas rapados a cero. De igual modo, los dentistas Parrilla y De la Zerda usaban un torno a pedal cuyas trepidaciones todavía resuenan en la memoria de mis maltrechas y humeantes mandíbulas. Allí se divertía el viejo compartiendo coctelitos de ácido cítrico servidos en tubos de ensayo, con sus respectivos hielos, un lujo proveniente del refrigerador que tronaba como si tuviera motor Hurricane. Rudón, Zuleta, Cladera y Adriázola eran los apellidos que más se escuchaban en la farmacia del viejo.
Con semejante influencia familiar, no sé cómo pude hurtarme de los cuarteles y desengañar a mi padre que me tenía lista una beca a Saint Cyr, siempre que me alistara en el Colegio Militar. No entiendo qué pudo borrar en mí la información genética de tres generaciones, pero sospecho que algo contribuyó a ello el episodio que me tocó vivir en el ominoso cuartel del Regimiento Ustáriz.
Tendría yo nueve años cuando el viejo decidió llevarme de vacaciones a Cliza, a un viejo cuartel con épicos torreones y portón herméticamente abierto, porque era el bravo tiempo de la Ch'ampa Guerra –guerra entre campesinos oficialistas y opositores--, y el Regimiento Ustáriz, al mando del temible Zacarías Plaza, cumplía las funciones de quintacolumna en territorio de Miguel Veizaga, enemigo del gobierno.
Zacarías no era militar de academia. La revolución del 52 lo promovió a capitán desde su viejo oficio de miliciano. Era un hombre duro; años después se distinguiría como represor en la Masacre de San Juan; dejó al morir un recuerdo imborrable: una maleta con sus restos descuartizados por una mano vengadora. Sin embargo, lo recuerdo muy cariñoso y gentil, una mañana en que mi padre había conseguido leche endulzada hasta la diabetes, en cuyas dudosas aguas flotaban cadáveres... de hormigas.
Debí suponer entonces el destino de Zacarías, pero ya tenía suficientes tribulaciones con el rancho de tropa, tan opuesto a la bendita comida de casa que en mi estulticia me daba el lujo de rechazar. No guardo recuerdos gratos de esa vacación. Ya desesperaba de soportar la vida cuartelera todo el verano cuando un acontecimiento imprevisto me devolvió a los cuidados de mi madre.
Resulta que una noche, asomado a la ventana de la cuadra, vi cómo la puerta del cuartel engullía la silueta escoltada de un campesino. Adentro lo esperaban dos escuadras de soldados; le hicieron el callejón de la amargura; lo golpearon con los morrales llenos de piedras.
Muy de mañana, un centinela llamó a mi padre para que certificara la muerte del campesino. Lo acompañé, arrebujado en uno de sus capotes, y a la luz de una vela que aclaraba los rasgos del difunto, como si un soplo de misericordia restañara sus heridas, vi cómo abría los ojos, se levantaba y volaba, muy tranquilo, como si caminara en el aire. Así ganó uno de los torreones, y luego el otro; sobrevoló el cuartel, de tejado en tejado, y a la hora de la revista, se divirtió a morir remedando los ritos castrenses a un par de metros por encima de las cabezas de los soldados.
De ello pueden dar testimonio los conscriptos de entonces, que han mantenido la tradición oral de este relato. Ellos cuentan que un buen día, el curandero del pueblo leyó en hojas de coca el destino del hombre que volaba, y en lo alto del torreón del cuartel le previno que se cuidara de que alguien escribiera esta historia, porque ahí mismo se rompería el encanto.
Así ha estado volando todo este tiempo, hasta que tú, frívolo lector, por tu impía curiosidad, acabas de romper, quizá para siempre, el encanto del hombre que volaba sobre Cliza.
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