
Izq.: Alfredo, ése si que era un hombro de amigo. Der.: El Ojo, todavía en punto caramelo.
En 1984, mi carnal Alfredo Medrano y yo estrenamos dos espacios de
este matutino, que en horas se ganaron el generoso respaldo de los
lectores. Hoy, 24 años después, vuelvo a estas páginas con muestras
capilares del paso del tiempo y con el propósito de no provocar y más
bien seducir, de no denostar y más bien respaldar, de no maldecir y
más bien celebrar, de no difundir odio sino amor, de no atormentar al
lector y más bien hacerle la vida más leve.
Mi carnal Alfredo quedó en el camino y hoy es nuestro corresponsal en
el Más Allá. Cierta vez, me llamó muy temprano por teléfono y me dijo:
"Querido Ramón, entre nosotros jamás ha habido celos ni elogios
gratuitos. Cada uno ha procurado cumplir con su trabajo con sencillez
y sin aspavientos. Pero lo que has escrito hoy es una obra maestra de
la lengua castellana. Pocas veces he leído prosa más cristalina y
pensamientos más contundentes." De inmediato traté en vano de recordar
qué siempre había escrito para merecer semejante elogio, y luego de
comprometerme a festejar la columna con una suculenta silica, salí
ronceando para comprar Los Tiempos. Abrí sus páginas y me reí a
carcajadas: resulta que la nota escrita por Alfredo aparecía como si
fuera columna mía; una leve equivocación de los compañeros armadores.
La anécdota retrata el alma de Alfredo, pues era hombre curado de
solemnidades y sencillo como un labriego que rumiara picardías a la
sombra de un molle, siempre presto a dar riendas a su vocación de
tomar el pelo.
Con Alfredo hicimos de ese par de columnas un estilo de vida. Gracias
a él conocí los santuarios ocultos de la identidad criolla, donde
oficiaban los más conspicuos representantes del alma valluna, entre
los cuales bastará por hoy recordar a Armando Antezana Palacios, el
Gordo Ja Ja, obispo del buen humor, con quien pasamos horas
inolvidables de tertulia y amable gula.
Hoy que ya no está con nosotros podemos medir su generosa contribución
a la conciencia y el imaginario de los hombres y mujeres de este
valle, pues fueron célebres sus campañas de defensa de los árboles y
el medio ambiente, los coloquios sobre la cultura popular y las ferias
de la cocina que él promovió y hoy son práctica común en todo el
Departamento. Su pluma estuvo siempre presta a secundar las causas
nobles y las demandas genuinamente regionales. Alfredo escribía sus
notas con prosa cristalina y tersa, en tono y estilo mayores y con
invariable claridad de ideas.
Nos iniciamos en la casa editorial de la calle Santiváñez, bajo la
sabia conducción de don Carlos Canelas, secundado por sus hijos y por
muchos buenos amigos, como José Nogales Nogales, nuestro jefe de
redacción. Hoy don Carlos pasó también a mejor vida, luego de servir a
sus semejantes por más de nueve décadas.
Quiero iniciar mi retorno a estas páginas honrando la memoria de don
Carlos y de Alfredo. A don Carlos le debo una enorme gratitud por su
trato caballeroso y amable, no obstante que Alfredo y yo éramos a
veces un par de gamberros. En la tumba de Alfredo hay un libro de
piedra con el siguiente epitafio: "Amó los molles, las jarcas, los
chilijchis / la amable sombra, el vino y la tertulia. Vida y obra
dedicó a la expresión justa / pero la fe en el amigo / fue su virtud
maestra."
