jueves, 14 de agosto de 2008

ALAS

ALAS

Henry Darger (buscar en Google) fue un artista extraño que dejó acuarelas con el rostro de una niña multiplicado obsesivamente. Dicen que era esquizofrénico y que no hablaba con nadie. Vivía encerrado en su habitación y dejó un manuscrito de 5.000 páginas que multiplicaba la historia de una niña estrangulada y violada a sus 5 años. Se llamaba Vivian y las niñas que pintó eran todas Vivian. Hay Vivians desnudas y tienen un falo de niño entre las piernas, pues Henry Darger al parecer jamás vio a una mujer desnuda y las imaginaba así. Algunas de sus Vivians vuelan con bellas alas de mariposa: una coincidencia afortunada, para mí, con un cuento que ahora se los paso।

U

na mañana me senté en un prado, qué digo, en un pequeño rectángulo de pasto de una casita, y mi nieto Ale me pidió que le contara un cuento. No se me ocurría ninguno y le ocasioné una molestia: le parecí una persona aburrida.

Mi otro nieto se llama Antü y me puso el apodo de Chistoso porque solía improvisar cuentos y juegos de palabras. “Yo quiero sentarme al lado del Chistoso”, es uno de los mejores elogios que me dedicó. Sin embargo de mi fama, aquella mañana no pude contarle un cuento al Ale.

Poco después, el Ale jugaba con otros niños mientras yo rumiaba el tema sentado a la sombra de un molle viejo, de ésos que todavía se conservan en la Urbanización El Castillo, donde ocurrió todo esto. Si hacía memoria, bien pude haberle dicho que este parquecito antes no existía, porque la erosión había avanzado desde la barranca del río hasta muy cerca del almacén comunal, de modo que el frente de mi casa no daba a este parquecito, sino a un tremendo foso que evitábamos cruzar. Le hubiera dicho que su papá, mi hijo Ariel, a sus siete años, coleccionaba alacranes que caminaban libremente entre los pedregales del barrio que ahora son jardines, y que tenía una curiosa afinidad con los bichos, porque no sólo cazaba mariposas sino también avispas, ninaninas, arañas y víboras, que también abundaban en este barrio suburbano. Podía despertar su interés contándole que una vez el Ariel hizo un viaje, y cuando llegó, se le salían los ojos de ilusión al mostrarme lo que me había comprado: una tremenda apasanca peluda y disecada. Quizá me hubiera atendido más si recordaba el regocijo de la Aurora, que era una cholita muy linda, cuando el Ariel llegó a la casa con una culebra viva que él tomaba delicadamente por la cabeza y por la cola. Pude haber omitido el absurdo impulso de cólera que me hizo ordenarle que la matara de inmediato, cosa que el Ariel ejecutó sin demasiados escrúpulos y con una destreza insospechada. En fin, que la Aurora me había rogado de inmediato que le regalara la culebra para picarla en trocitos y hacerla charque; y que, una semana después, me sorprendió un tufo de fritura en la casa, y cuando entré a la cocina, vi a la Aurora comiendo el charque de víbora junto al Ariel, a su hermano Manuel y a la pequeña Raquelita, mis hijos todavía niños, que saboreaban el charque de víbora como si fuera un pastel de fresas.

¡Tantas cosas pude haber contado y me callé! La Urbanización ya tenía cuatro generaciones; yo pertenecía a la segunda; el cerro de San Pedro estaba muy próximo, y los fines de semana subíamos temprano, hasta la cumbre, y luego bajábamos al río a bañarnos en las pozas. Mis padres, que todavía vivían, llevaban un pollo al horno y fruta; mi viejo se llevaba una botella de chicha, de contrabando; un amigo suyo se untaba el cuerpo con lodo y se dormía al sol hasta convertirse en el Monstruo de la Laguna. Luego se sumergía en la poza y salía sonriendo como un chiquillo…

No le conté nada al Ale y el dolor tenue de este recuerdo me duró para siempre. De esto pasan más de veinte años en los cuales he tenido cientos de motivos para recordar aquella escena y, más aún, las conjeturas que me hice sobre la posibilidad de haberle propuesto que imagináramos juntos alguna ruptura de esta realidad gris en que nos tocó vivir. Por ejemplo, cómo sería la vida si nos crecieran alas, una obsesión que comenzó a llenarme la cabeza a medida que me volvía viejo y pesado, inducida también por la lectura de un libro maravilloso sobre el aire y las ansias de volar.

Qué lejos estaba de saber que aquella conjetura era una premonición, y que pronto ocurriría una mutación genética que es el tema de estas confidencias.

Hoy sonrío al decir estas cosas, sobre todo al ver al Ale y al Antü cuando se posan, bellos y gallardos, a la entrada de mi nido, y pliegan sus alas mientras me miran con sus ojos llenos de inmensidades y lejanías. ¡Cómo ha cambiado la vida en estas dos décadas!

Omití decir que soy médico familiar, pues nunca obtuve ninguna especialidad; que me llamo Sixto y que mantenía un consultorio en casa, donde rara vez ingresaba un paciente. Como decía, a raíz del fiasco de mi nieto, se me hizo una obsesión darle vueltas a la posibilidad de que hombres y mujeres tuviéramos alas. Aun en mi consultorio de médico familiar, permanecía absorto dándole vueltas al asunto, hasta que un día ingresó Camila, una jovencita a quien había visto bailar danza contemporánea, y aun más, la había fotografiado en medio de su troupe, creando sin querer un espacio vacío en el cual Camila, por efecto de la perspectiva, parecía un ave que volara en la oscuridad del escenario.

Camila se quejó de fiebre y somnolencia. Dos semanas antes había sentido un bajón en sus energías que le perjudicaba en los ensayos. Había perdido el apetito y usualmente prefería dormir a sentarse a la mesa; pero tenía que salir de su casa cuando sonaba una alarma digital que le indicaba la hora del ensayo. Amaba la danza y se olvidaba de todo, hasta de comer, pero luego volvía extenuada a su casa y solo quería dormir.

Le pregunté si había registrado algún otro síntoma, y me dijo que le habían crecido unas protuberancias en la espalda, a la altura de los omoplatos, que le dolían de forma leve pero persistente.

Le pedí que se desnudara y me coloqué en el cuello el estetoscopio para escuchar los latidos de su corazón. Cómo sería de tierno su corazón, que en lugar de latir cantaba. En realidad, cantaba sin letra; repetía notas de una melodía cálida, envolvente, plena de amor. Iba a escuchar sus pulmones cuando quedé mudo ante las protuberancias de sus omoplatos: o yo no había visto nada maravilloso en la vida, o esas protuberancias eran alas de pájaro, todavía apenas revestidas de plumas, pero alas al fin.

Involuntariamente, las acaricié. En efecto, esas pequeñas alas estaban revestidas con la pelusa que cubre la piel de los polluelos. Una pelusa blanca, reluciente, que parecía tener gotas de rocío. Las toqué y le pregunté a Camila si sentía dolor. Me dijo que no, que más bien le encantaba sentir mis manos en esa parte de su cuerpo.

Repetí mentalmente “de su cuerpo” y me estremecí: por la salvación de mi alma podía jurar que aquello era una mutación genética, y que Camila se estaba convirtiendo en una criatura alada.

Le recomendé que no contara a nadie el asunto y que volviera en un par de días. Le receté aspirinas para la fiebre y la tranquilicé diciéndole que esos ojos brillantes y esa mirada plena de ternura no podían indicar otra cosa que una vida llena de amor y de salud.

Esperé unos días en los cuales me olvidé que Camila debía regresar a una segunda consulta, pero tuve que recordar la cita porque de pronto me llamó Jimena, mi nuera, para decirme que el Ale había amanecido con un dolor en la espalda y casi de inmediato me lo trajo para que lo examinara. Por intuición, no necesité preguntarle qué le pasaba. Una vez que se quitó la polera le examiné directamente los omoplatos, tan sólo para comprobar, maravillado, que el Ale tenía unas alas recubiertas de pelusa amarilla. No acababa de despedirlo cuando entró Manuel, mi otro hijo, llevando de la mano a mi nieto Antü; y luego apareció Sergio, con Laurita y Andrés, ¡todos con el mismo problema!

Una vez solo, me dije que tres o cinco golondrinas no hacen primavera y, consiguientemente, tres o cinco casos aislados no hacían una epidemia. Esa noche salí a una presentación del grupo de Camila. Minutos antes, apuré un par de whiskies frente al teatro, de modo que, al sentarme en mi butaca, tenía los vasos dilatados y una sonrisa de felicidad sin motivo. La danza contemporánea me conmovió como nunca antes, especialmente ver a Camila, que era fina y sutil como un suspiro, pero la vida la había dotado de una energía y una expresividad que abría o adelgazaba el espacio escénico según los latidos de su corazón. No eran menos sus compañeras, en especial Carmencita, a quien a ratos me parecía verla volando o levitándose a centímetros del piso.

Me sentía tan contento que las visité en los camarines para hablar con Camila y decirle que nada malo podía ocurrirle si danzaba con la levedad de una hoja al viento. La besé en la frente, apreciando la humedad del esfuerzo que había desplegado, cuando apareció Carmencita y se acercó para pedirme una consulta urgente.

La miré con indulgencia y, adelantándome a sus confidencias, le toqué la espalda: tenía las mismas protuberancias que Camila.

En las semanas siguientes, los casos se multiplicaron de tal forma que el Ministro de Salud publicó su alarma en una vaga declaración pronunciada en la capital, a cientos de kilómetros de donde, ¡Dios sea loado!, vivimos.

Hasta entonces tenía una decena de casos que podían llevarme a la conclusión de que el fenómeno era una cuestión femenina o infantil; pero entonces me visitó Tulio, compañero de danza de Carmencita y Camila, a quien le parecía divertido mirarse en el espejo y mostrarme una facultad nueva: la de mover a voluntad esas pequeñas protuberancias que le habían brotado en ambos omoplatos.

Por fin, una tarde me visitó Camila y me saludó con una sonrisa radiante. Ejecutó un paso de danza mientras se quitaba la blusa y entonces me mostró algo maravilloso: las alas le habían crecido en forma tal que intentó volar ¡y lo hizo! Revoloteó ante mis ojos atónitos alrededor del cuarto, y luego, para darme una prueba contundente, salió por la ventana abierta, se detuvo como a treinta metros de altura, me mandó un beso volado y se fue más allá del horizonte.

Así comenzó una mutación genética que afectó a todos, a mis hijos y, por supuesto, a mis nietos Ale y Antü, incluso a mí mismo. De pronto comprobamos que ya éramos miles de hombres y mujeres a quienes nos crecieron alas, y que la vida se había llenado de una alegría nueva y unos hábitos insospechados, como el de volar, para no ir más lejos.

Volando, comprendimos que la belleza existe a pesar del género humano. Por afinidad recién contraída, volamos a abrir las granjas avícolas y soltamos a las especies aladas; intervenimos los zoológicos y liberamos a miles de mamíferos y aves y saurios y serpientes. Clausuramos una planta de pesticidas y dejamos a millones de insectos y gusanos que deambularan a su arbitrio.

Aquello mudó nuestras costumbres, el contenido curricular de nuestras escuelas, colegios y universidades, las políticas municipales, las estrategias gubernamentales y, por debajo de todo ello, las relaciones humanas, que se transformaron en una relación entre seres alados. Pero el impacto mayor ocurrió en nuestros hábitos alimenticios. Creo que alguien registró la última vez que se encendió fuego para cocinar, porque luego desechamos para siempre esa práctica: cocer y, peor aún, asar carne y vegetales se volvieron actividades, quién lo iba a suponer, primitivas, cuando antes las considerábamos la fundación de la cultura.

Se suspendieron las prácticas pecuarias y agrícolas, pues instintivamente nos repugnó comer carne y cocer vegetales. La vista se nos aguzó y el mundo, allí abajo, se reveló como una galaxia infinita de granos alimenticios de toda especie. Como es de suponer, recordamos al unísono ese versículo de la Biblia que habla de las avecillas del campo, que no se afanan en buscar alimento porque ahí está, en los granos, en los frutos, en el néctar de las flores, en las hojas tiernas de los vegetales. Superada la era del fuego, la realidad se volvió un mundo crudo y propicio a la libertad; la vida se convirtió en un grito de liberación frente al trabajo; ya nadie necesitó dinero y se cerraron los mercados y tiendas de toda especie. Se encogieron los puentes (como lenguas heridas), se agrietaron las autopistas, se cerraron las cementeras, los aeropuertos, las terminales de buses y desaparecieron los cultivos. Se despoblaron casas y edificios y la naturaleza brotó por todos los resquicios que se abrieron en los muros construidos por los hombres.

La naturaleza, librada a sí misma, acabó con el uso de viviendas, muebles, utensilios, relojes, mesas y sillas; se ensañó con las máquinas, las computadoras, los vehículos; y, de pronto, la gente decidió rescatar los objetos de arte más sutiles, los libros de lectura inolvidable, pero, sobre todo, la música, los instrumentos de música. Sin embargo, años después la gente alada prefirió cultivar la voz, como el más sutil de los instrumentos musicales, y se formaron coros mixtos con las aves canoras más inverosímiles que, de pronto, se congregaron junto a nosotros porque ya no tenían temor de que las enjauláramos o, peor aún, las comiéramos.

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Y bueno, a mí también me tocó el turno. Es cierto que mis primeras alas no se veían precisamente como pimpollos ni estaban recubiertas de fino plumón, pero al cabo se desplegaron y una madrugada me animé a levantar vuelo. La barranca del río me sirvió de plataforma de despegue y me lancé al vacío. Sentí que mi cuerpo se precipitaba mientras algo de mí pugnaba por subir y subir, y comencé a subir, y entonces me di cuenta de que movía instintivamente mis alas. Voy a ahorrarles la descripción de mi regocijo al posarme en la cumbre del cerro, allí donde está el Cristo de la Concordia, pero quiero insistir en mi actitud de sobrevolar El Castillo, allí abajo, reconociendo los tejados, el parque, los árboles y la identidad de los niños que señalaban arriba y pronto volaron para darme la bienvenida. El Ale y el Antü me tomaron de ambas manos y me obligaron a ejecutar piruetas aéreas que jamás me había imaginado hacer. Lo recuerdo mucho porque, al paso del tiempo, se me hizo una forma de la nostalgia sobrevolar el Castillo y posarme a la puerta de mi casa y abrirla para ventilarla, en medio de una soledad minuciosa, pues todos habían abandonado sus hogares.

Visitaba mi consultorio y hasta lo desempolvaba y veía con morriña los frascos de remedios que habían caído en desuso, pues nadie ya se enfermaba: nada, ni un resfrío ni un cólico. Allí estaba mi estetoscopio que acaricié y me lo colgué al cuello en un gesto inútil.

Esa misma curiosidad me llevó a sobrevolar la ciudad y a detenerme en una de sus avenidas donde se alzaban los edificios más altos y las vitrinas iluminadas exhibían los aparatos de tecnología más sofisticada. Algunas vitrinas mantenían las luces encendidas porque la energía seguía llegando sin control; y aunque ya nadie facturaba, la energía seguía fluyendo por los cables. Uno podía antojarse las cosas más inverosímiles, sobre todo aquéllas que siempre habían estado fuera del alcance del bolsillo, pero de inmediato uno se preguntaba para qué, si al volar y vivir en el aire o en las copas de los árboles todas esas cosas estorbaban y no servían para nada.

Las noches a la intemperie nos habían llevado a redescubrir el cielo. Una vez que se disipó la contaminación, contemplamos con un terror místico algo que ya habíamos olvidado: la luz de la Vía Láctea que iluminaba casi tanto como la luna. Pero allá quedaba como señuelo la luz de la ciudad, que poco a poco se iba extinguiendo.

Precisamente para saber por qué la ciudad quedaba a oscuras me acostumbré a revolotear de noche y a pasear sobre las avenidas. En ellas comprobé, posándome en tierra, que algunos interruptores estaban apagados y que bastaba subirlos para recuperar la iluminación.

Noches después descubrí a Nardo, un antiguo vecino, cuando vi su silueta desgarbada y más alta de lo común ingresando a un edificio y apagando una a una las luces que hasta entonces habían quedado encendidas. Lo seguí a la distancia para ver dónde iba a parar y así descubrí que tenía un estudio amplio precisamente en la usina distribuidora de electricidad, en una cabina espaciosa donde todo se controlaba en forma computarizada. Seguramente a él se debió que se apagara el alumbrado público y, al final, casi la totalidad de los puntos de luz de la ciudad, excepto los de la cabina adonde Nardo se había trasladado.

Entonces decidí abordarlo: hasta entonces yo había sido médico, y si bien me habían crecido alas, extrañaba a veces mi consultorio y mi profesión. Nardo, en cambio, era el único caso de inmunidad a la mutación genética, porque jamás sintió el mínimo síntoma de que le crecieran alas. Le pregunté cuál creía el motivo de su inmunidad y me respondió que quizá fuera la falta de deseo de volar.

Le dije que era un proceso natural, indoloro y jubiloso.

--Sentimos las alas cuando al volar ya no cuesta esfuerzo--resumí.

Luego le hablé con entusiasmo del efecto visual de volar. Tenía fresca una lectura antigua y memorable cuando cité de memoria:

--La tierra se disuelve, se esfuma, se empaña. La libertad aérea habla, ilumina, vuela. Proyecta la trilogía de lo sonoro, de lo diáfano, de lo móvil.

Le pregunté si nunca, por ejemplo, cuando era niño, había sentido el júbilo inmenso de saltar, de bailar, de elevarse como una plantita hacia el firmamento. Siempre citando el libro maravilloso que leí, le dije con vehemencia:

--Pero si la danza es deseo de volar, de saltar a las alturas como la vegetación. Sólo los cerdos no despegan la mirada del suelo.

Añadí que los seres alados éramos ángeles que cruzábamos el firmamento como los nadadores hienden las olas.

Me miró con escepticismo y afirmó que jamás se le había ocurrido la peregrina idea de ser ángel, ni había hecho el menor intento de saltar o de danzar, y que su única ambición se reducía a vivir atornillado a una butaca con la mirada fija en la pantalla de una computadora.

Nardo, que en realidad se llamaba Bernardo, Bernardo Contreras, era un fanático de las computadoras; desde muy joven había trabajado con la mira puesta en los equipos de última generación. No le importaba comer apenas o vivir solo, sin construir un hogar, o evitar las tentaciones de este mundo, si la importadora más seria de equipos de informática le vendía a crédito. Durante el proceso de mutación y abandono de la ciudad, Nardo comprobó que podía usar los equipos más sofisticados a su antojo, pues nadie se lo impediría, y entonces decidió guardar la energía para él solo, trasladándose a vivir a la cabina de control donde yo lo visitaba.

Nardo tenía allí una pantalla gigante y muchas pantallas pequeñas. Se complacía en diseñar juegos electrónicos y jugaba en red consigo mismo, pues no tenía oponente.

Una noche me senté a su lado a gozar del antiguo placer de la pantalla. Lo vi efectuando programaciones raras que luego se convertían en seres virtuales y armas y obstáculos y castigos y premios típicos de un juego electrónico.

En algún momento se desperezó, bostezó y dijo que sentía hambre; y entonces se levantó y me hizo una seña para que lo siguiera. Salimos a la oscuridad de la calle y nos dirigimos a un supermercado que permanecía también a oscuras. Ingresamos en él por una puerta lateral; Nardo accionó unas cuchillas y se hizo la luz. Entonces paseamos el super desierto llevando un carrito en el cual Nardo cargó algunos condimentos, invitándome a que yo también me antojara. Vi bolsas de maíz y recordando a mis nietos introduje el paquete en un horno de microondas y los granos se convirtieron en una copiosa ración de pipocas. Nardo dirigió su carro a un frigorífico, donde cortó con destreza un filete de res, y a la salida tomó una bolsa de carbón. Así cargados volvimos a la cabina de mando (luego de apagar la luz del super, naturalmente). Al llegar, Nardo abrió una puerta de cristal que daba a una terraza donde había un quincho. Distribuyó el carbón y lo encendió con destreza. Las brasas hicieron pronto su trabajo, difundiendo en el aire un aroma de carne asada que me trajo dulces recuerdos del mundo que dejamos allá. Pero no sentí el menor impulso de comer porque sabía muy bien que ese alimento me dificultaría volar de retorno a casa. Pensé en los cóndores que vuelan majestuosos cuando no han comido, tan distintos a cuando se alimentan de carroña y carretean penosamente sin poder alzar vuelo, y así deseché toda idea de alimentarme de carne. En cambio, insistí en que el alimento de los seres alados era el aire, y que consumir aire (y granos) no era ni dieta incómoda ni alimento demasiado ligero, y que tal vez con el tiempo y la dieta los cuerpos se conviertan en espíritu.

Por su reticencia y su mirada irónica comprobé cómo vivía Nardo, como un hombre feliz en su propia utopía. Quién iba a decir que Nardo desencadenaría una reacción que por poco termina con nuestros sueños alados.

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La costumbre de sobrevolar a diversas alturas debió traspasar alguna fisura de la realidad, pues de ese modo percibimos la existencia de una república ubicada allende el espejo, un mundo del revés creado por la imaginación libertaria de los seres humanos inconformes con la civilización que habían construido en siglos.

Data de entonces una crónica que leí en El Iris, diario de la República de Harmonía, nombre oficial de ese mundo paralelo. Me encanta la idea de que ustedes la lean, pero es necesario hacer antes algunas puntualizaciones: como nos habíamos convertido en una ciudad de ángeles, olvidamos nuestro nombre fundacional e incluso la toponimia del lugar, y nos rebautizamos con el nombre de Ciudad Luzbel. Al mismo tiempo, nos afiliamos a esa confederación de ciudades felices, como se autocalifica la República de Harmonía.

Un buen día, el Ale y el Antü me visitaron después de un largo vuelo y de haber descubierto una red de ciudades pintorescas y extrañas. No atinaban a explicarse hasta que el Ale me alcanzó una especie de prospecto que decía lo siguiente:

Una sociedad universal de pequeñas ciudades libertarias, autogestionarias, ecológicas, un poco urbanas y un poco rurales, con tejados que son jardines comestibles (huertos con flores) y cada manzana (pero manzana redonda, no cuadrada) tiene un parque comunitario que es un huerto.

Esta fue la primera manifestación que conocí de la existencia de la República de Harmonía. La urgencia del Ale y el Antü por comunicar lo que habían visto era tan grande que de inmediato organizamos una expedición y los seguimos trazando una V gigantesca en el cielo, cuyo vértice lo ocupaban ambos por turno, como guías del grupo de vuelo. Volamos y volamos, planeando durante largos trechos y aprovechando las corrientes de aire que nos llevaban, como ríos, sin esfuerzo de nuestra parte. Hasta que por fin llegamos a una ciudad en fiesta, rutilante de colores bajo el cielo azul y la luz cristalina de la primavera. Así conocimos Rayuela, capital oficial de Harmonía. Pero esa es otra historia que quizá tenga tiempo de contarles. Me limitaré a citar la crónica anunciada:

Luzbel: ciudad de ángeles

Según Nel blú di pinto di blú, antes Camila, criatura alada que vive en Ciudad Luzbel, una mañana sintió el leve escozor del alumbramiento en ambos omoplatos. Mientras se desperezaba, pudo tocar dos leves hinchazones que, al correr del día, crecieron como astas y se poblaron de plumas. Dice que tardó como una semana en el paso de la condición de crisálida a la de mariposa o ángel. Cuando pudo desplegar sus alas blancas y comprobó que podía abanicar, con ellas, a cinco metros a la redonda, se despegó de la tierra y echó a volar.

El Iris la entrevistó porque fue uno de los primeros ángeles de la República de Harmonía y la diseñadora de Luzbel, una nueva ciudad para seres alados.

TODO CAMBIÓ

Nadie sabe ni se pregunta cuál fue la causa de esta mutación, porque fue gratuita como todo milagro: era cierto porque era imposible. De pronto, lo que sería luego Ciudad Luzbel se pobló de alas: a todo el mundo le crecían alas, y con ellas prosiguió el ciclo de las mutaciones. Para empezar, los huesos se hicieron cartílagos y se llenaron de aire; la gente perdió peso vertiginosamente, y la mujer más gorda, con una inflación de tres dígitos, de pronto se convirtió en una sílfide de 35 kilos, mientras las mujeres más delgadas bajaron de peso hasta un dígito.

Con el ciclo de mutaciones cambiaron las costumbres alimenticias, la arquitectura y el escenario de la comida comunitaria. Los ángeles comprobaron que requerían de un nuevo diseño de sus vidas y entonces se mudaron a Luzbel, la ciudad aérea.

La arquitectura varió gracias a un ejercicio crítico del modelo de urbanización de Harmonía. Los ángeles comprobaron que las casas de un piso y con puertas oponían dificultades para el aterrizaje y el plegado de las alas, que invariablemente se golpeaban en los dinteles. Comprobaron también que ellos tenían necesidad de aire, de espacio infinito, y evitaban los cuartos interiores para posarse en los techos. Se dieron cuenta de que, en rigor, ya no se necesitaban puertas ni cristales en las ventanas, y que era mejor hacer nuevos diseños de óvalos u ojivas altas por donde se pudiera ingresar al interior de las casas sin agacharse y con plena protección a la delicada contextura de las alas.

Hoy las casas de Luzbel no tienen cimientos. Son construcciones leves como papeles echados al viento, sostenidas en el aire con globos de colores. Los ángeles de Luzbel conversan mientras vuelan, y cuando se visitan en interiores, aprecian las corrientes de aire, porque el aire se ha vuelto el más importante de los cuatro elementos.

Las alas cambiaron la moda pues aun los vestidos más livianos entorpecen el vuelo, y entonces fueron sustituidos por la desnudez simple y casta, o por tatuajes sofisticados y dibujos efímeros en toda la superficie del cuerpo. Las alas, invariablemente blancas, inspiraron el uso de tintes para pintar las plumas con jaspes, tornasoles y colores tropicales. Hoy los cielos de Luzbel, además de intensamente azules, están poblados por miles de ángeles que parecen cometas.

Los cielos adquirieron ese índigo intenso, porque los ángeles no precisan de transporte terrestre. De este modo, se desestimó el cemento, las autopistas, los garajes, los talleres de mecánica y, claro está, los vehículos de aire, mar y tierra, colapsando la industria automotriz y naviera, las cementeras y la vieja tecnología del hormigón armado y el concreto. Desapareció el temor a los sismos y los tsunamis, la agricultura y la ganadería, y la tierra se pobló de árboles, de flores, de granos y frutos que son el alimento cotidiano de los ángeles. A nadie se le volvió a ocurrir podar un árbol o talarlo; y el rico humus de la tierra, poblado de gusanillos, proporcionó un alimento de sabor y textura inusitados, muy apetecido.

¿Habrá algún orden de la vida que no haya sido modificado por la aparición de las alas? Una experiencia notable para los ángeles fue la de entender el lenguaje de los pájaros y de todas las criaturas volátiles, con las cuales se estableció un pacto de no agresión extendido a todas las especies de la fauna y la flora, porque los ángeles no son carnívoros ni devoran vegetales. Les basta con picar los granos que se posan en la tierra, tonificarse con el polen librado a su aire o libar el néctar de las flores.

El amor entre los ángeles de Luzbel es un bello espectáculo de acrobacia en el aire. Los nuevos ciudadanos alados de Ciudad Luzbel se libraron de viejos pudores que obligaban, como un resabio del mundo de allá, a buscar abrigo y oscuridad para el amor, y ahora se besan y se aman al aire libre, a gran altura o a ras del suelo, tejiendo a veces guirnaldas entre parejas múltiples que se enlazan.

No hay embarazo ni gestación, porque los ángeles conciben por inspiración y dan a luz por espiración, es decir, con suspiros. Cuando un ángel ama, el suspiro de amor se coagula en el aire y se convierte en una nueva criatura. Y cuando mueren, porque también mueren, se descoagulan y disipan en el aire, como suspiros. De este modo no hay esas construcciones públicas ominosas: los cementerios.

Los ángeles de Ciudad Luzbel han experimentado, además, un mestizaje afortunado y electivo. Son criaturas que se libraron de la fatalidad genética porque pueden escoger los atributos de sus hijos, y éstos pueden corregirlos a su antojo. Así ocurre con el color de los ojos, de la piel, del pelo, con la estatura y la belleza de los miembros. Si una mujer nació morena y aguileña, le basta soñarse rubia y respingada, y listo: amanece así. Un hombre pícnico disconforme con su figura tendiente a la gordura se sueña esbelto y liviano, y listo. Cualquiera puede mutar el color de los ojos, del pelo, la presencia o ausencia de barba y vellos, el tono de la piel, la perfección de los dientes o el dibujo de la sonrisa. Le basta desear, y listo.

Hasta aquí la crónica que exageraba un tanto nuestra realidad por causas atribuibles a las declaraciones fantasiosas de Camila, quien nos sorprendió con su nuevo nombre adoptado al estilo de Harmonía: Nel blú di pinto di blú, aunque le decíamos sólo Nel Blú.

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Todo parecía marchar bien, al punto de convencernos de que hay felicidades duraderas, hasta que sobrevino una amenaza que no esperábamos: tarde o temprano tenía que aparecer una amenaza. Esto es lo que quiero contarles.

Vivíamos tan embebidos en nuestra nueva vida, que jamás se nos ocurrió hasta dónde llegaba, qué límites tenía en el planeta que habitábamos. Los diarios dejaron de circular; los canales de televisión se llenaron de maleza; y a nadie se le ocurrió sentarse horas y horas frente a la computadora para conectarse por Internet a un mundo falsamente cercano. Pero el acceso de Nardo al ciberespacio me había mostrado que esa mutación genética de la que hablo, por causas que no atino a entender, sólo había ocurrido en nuestro valle, de modo que, sin saberlo, estábamos rodeados por una humanidad hostil que se había enterado de lo que nos ocurría. Y pronto pudimos comprobarlo cuando unos aviones sombríos volaron en nuestros cielos para tomar fotografías destinadas a estudiar qué había pasado en Ciudad Luzbel.

Quizá fui el primero en calcular el peligro: el mundo no aceptaría nuestra libertad recobrada, la latitud de nuestros horizontes, la importancia secundaria de nuestro territorio, pero sobre todo nuestra falta de jerarquías, porque el dinero se hizo insulso, la autoridad desapareció sustituida por las formas más amigables de la orientación y el consejo, y lo peor, las corporaciones se asustaron al comprobar que no necesitábamos combustibles ni motores ni electrónica ni carreteras ni cemento ni comunicación digital. Eso era más de lo que ellos podían soportar, pues la expansión de sus negocios dependía de la dependencia psicológica de la población respecto de sus servicios.

Ahí comenzó el problema.

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Nardo era autodidacta; el uso de cursos on line lo había convertido en experto en los oficios más inverosímiles, virtuales todos. Buscando y rebuscando en la computadora madre, logró detectar una zona wi-fi que permitió su ingreso al ciberespacio. Entonces, para mi asombro, vimos otras zonas de la realidad que no coincidían con nuestros hábitos, menos aún con la mutación genética que nos había convertido en criaturas aladas. Había un mundo paralelo que ni el vuelo más elevado de nuestros atletas jóvenes había logrado avizorar.

A mis ojos se abrió un mundo olvidado, con enormes rascacielos y autopistas y equipos sofisticados, entre los cuales sobresalía la última tecnología digital. En aquel mundo había una aguda polémica sobre los combustibles: de un lado, los países productores de petróleo se resistían a las nuevas tecnologías, y del otro, los países sin yacimientos de petróleo buscaban alternativas, como el biocombustible, arrasando enormes bosques con el hacha, la motosierra o la pala mecánica, para sembrar esos campos con plantaciones de maíz, soya y otros alimentos que encarecían a medida que eran requeridos para fabricar combustibles nuevos.

La gente exhibía vehículos sofisticados por aire, mar y tierra; y las imágenes más frecuentes de los noticieros eran las autopistas atascadas de automóviles en un puente de fin de semana o en un feriado. Nardo me mostró en You Tube rostros crispados por la angustia de no avanzar ni un milímetro durante horas y horas y a veces días, bajo el sol inclemente del verano o el frío de la nieve.

Vimos páginas y páginas web de espectáculos, tan sólo para comprobar que la música no tenía en aquel mundo ningún valor si no estaba asociada con una puesta en escena eléctrica y electrónica, es decir, con derroche de energía, decibeles, luces, pantallas gigantes y efectos especiales.

En eso encontramos un pequeño recuadro, apenas la reproducción de un cable de agencia que decía:

MUNDOPRESS.- Científicos de 30 países se reunieron de emergencia para analizar las informaciones de sus centros de espionaje que hablan de un mundo paralelo donde las criaturas son aladas. Nadie ha querido adelantar declaraciones, pues no se atreven a pronosticar qué consecuencias tendrá la mutación genética. La inquietud que más anima a los asistentes al simposio es el impacto que podría producir la proliferación de esta “epidemia” en la industria del cemento, la industria automotriz y la aeronáutica, las centrales de energía, la construcción, la producción de máquinas, la cibernética, la moda, la industria mediática y, en general, los sectores más dinámicos del sector secundario, que cimentan la riqueza de las naciones, que generan empleo y enormes ganancias.

Hasta ahí el cable, que para mí era como un certificado de nacimiento de nuestra realidad. O sea, me dije, que nos han detectado, que saben de nuestra existencia, y que están inquietos por la baja vertical en el consumo de aquellos sectores de la economía que enumeraban. La pregunta que formulé de inmediato fue: ¿cuál será la reacción, qué actitud tomarán contra nosotros? Nardo se encogió de hombros, se quitó los lentes, me clavó una mirada acerada y dijo:

--Destruirlos.

Él no se incluyó; no quería pertenecer a nuestra comunidad. Juraría que se contuvo para no mostrar su regocijo ante una oportunidad de retornar a la vida de antes, en una ciudad que él amaba precisamente porque no tenía acceso a tantos tesoros de la tecnología que ahora estaban a su disposición. Ironías de la vida.

Ya a punto de despedirme, Nardo me hizo una confesión que me clavó en el sitio: había consultado por Internet cuál era el virus de la gripe aviar. El brillo de sus ojos era de odio. Odio por las criaturas aladas. Por eso hacía esas extrañas consultas en el ciberespacio.

Comencé a desconfiar de él y a seguirlo volando a la distancia. De ese modo lo sorprendí ingresando a una Clínica Veterinaria y saliendo luego con una conservadora rumbo a su estudio. Me hice el encontradizo, lo acompañé y en un descuido suyo abrí la conservadora, que estaba llena de vacunas contra la gripe aviar. Entonces lo interpelé: ¿por qué estaba manipulando esos virus? Aunque fueran vacunas, se podían potenciar y diezmar a la población alada. Sonrió enigmáticamente y no quiso mirarme de frente.

Días después, unos niños que se aventuraron a sobrevolar la ciudad hacían cabriolas sobre sus calles cuando cayeron abatidos. La caída les costó la vida; pero, además, murieron con fiebre y síntomas de un mal extraño. La epidemia se propagó y los infectados fueron declarados en cuarentena. Me tocó dirigir esas operaciones sin tener, de inicio, la menor pista del mal, hasta que de pronto recordé a Nardo y monté en cólera.

La cuarentena dio resultados. Tuvimos más bajas, pero algunos se salvaron gracias a ciertos medicamentos que rescaté de mi viejo consultorio y les administré tomando las debidas precauciones para no contagiarme, aunque era evidente que la peste atacaba más a los niños y adolescentes que a las personas mayores. Una comisión condujo a los más graves a Rayuela, la capital, para aislarlos y estudiar sus casos. Entre ellos, mis nietos Ale y Antü, noticia que consternó a toda la familia.

Entonces recordé que alguna vez, conversando con Nardo, le había confiado la existencia de la República de Harmonía y algunos secretos para acceder a esa zona de la realidad que era un mundo paralelo al que habíamos dejado atrás. Esa fue la raíz de las desventuras que nos ocurrieron luego.

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Una madrugada me levanté para volar. Quería adelantarme al sol y sorprenderlo cuando salía. En eso vi a Nardo en lo alto de una colina oteando ansiosamente con un largavistas la carretera abandonada. Mientras revoloteaba a gran altura, percibí su impaciencia hasta que comenzó a dar saltos de regocijo. Festejaba algo solito, allá abajo, con una alegría desbordante. Miré hacia donde apuntaba su largavistas y percibí una extraña columna que pronto se convirtió en un regimiento del ejército. De pronto, a la entrada de la ciudad rugieron extraños motores y la población, que dormía en el bosque o en sus moradas, salió revoloteando a ver cuál era el origen de esos rugidos de motor ya olvidados en el mundo que dejamos atrás.

Allá abajo se veía una columna de tanques, carros de asalto, cañones, ametralladoras antiaéreas y tropa de infantería armada hasta los dientes.

Nardo bajó precipitadamente de la colina a recibirlos y se subió al jeep que tripulaba alguien que visiblemente era el comandante del Regimiento. Lo más probable era que se había comunicado con el mundo que dejamos atrás dándoles la pista para acceder a Ciudad Luzbel.

Las tropas se instalaron en el edificio de la antigua Prefectura y armaron carpas en la avenida aledaña. Hicieron turnos de guardia y la tropa inició la exploración de la ciudad.

Días después, una patrulla llegó al bosque; los soldados hicieron mediciones, calcularon la altura y la edad de los árboles, pero, lo peor, hicieron una matanza de las vacas y de otros animales domésticos que deambulaban a su aire. Poco después, hicieron con esa carne una enorme parrillada y la disfrutaron con licores que sacaron del supermercado.

Para entonces, Nardo había intimado con el Comandante, como lo comprobé observando desde lo alto de un edificio. Bajé sigilosamente a la avenida y lo vi conversando con él e invitarlo a visitar su estudio para mostrarle, según pude espiar observando por la ventana, la conservadora donde se guardaba el virus de la gripe aviar. Entonces comprendí del todo la maniobra y me indignó la conducta de alguien a quien casi consideraba un amigo. No sólo había llamado al ejército proporcionándole las coordenadas para acceder a Ciudad Luzbel, sino que había desatado la temible epidemia.

A mi retorno al bosque, confié el secreto a Nel Blú, porque tenía que decírselo a alguien. Camila me escuchó en silencio y seguramente entonces tomó la decisión que la llevaría a poner su vida en grave riesgo.

El hecho ocurrió cuando la patrulla de soldados regresó al bosque. Los comandaba un joven oficial que era el Ayudante del Comando.

Camila se posó de pronto frente a él y le sonrió. Le preguntó su nombre y lo rebautizó con un nuevo nick: Fui solo como un túnel, de mí huían los pájaros, o Fui solo, a secas. Fui solo no pudo seguir a la patrulla: quedó hipnotizado por la belleza de mi joven amiga y entonces ella lo tomó de la mano y le invitó a volar. Así se lo llevó a las alturas y tomó el rumbo de la ciudad. Entonces se posó junto al estudio de Nardo, cuya dirección yo le había indicado, e ingresó al interior con Fui solo, llevándolo siempre de la mano.

Allí estaba la conservadora y Nel Blú le explicó que contenía el virus que había diezmado a la población alada de Ciudad Luzbel. Luego señaló la dirección de la Clínica Veterinaria, donde Nardo había conseguido las vacunas y remontó vuelo sola. Ya en las alturas, agitó el brazo para despedirse.

Como es de suponer, Fui solo se dirigió de inmediato a la Clínica Veterinaria y allí comprobó el enorme stock que había de vacunas contra la gripe aviar. Entonces tomó dos granadas incendiarias que llevaba en el chaleco y las arrojó al depósito. Luego de la explosión, una inmensa llamarada se elevó de la clínica ocasionando alarma en el regimiento. El Comandante envió una patrulla a inspeccionar el lugar, y al primero que encontraron fue a Fui solo, que se declaró responsable del siniestro. Nardo observaba la escena pasmado de asombro y de indignación. De pronto acusó a gritos a Fui solo de haber malogrado su experimento y la patrulla lo condujo a la oficina del Comandante, donde repitió la acusación.

Fui solo se presentó al Comandante y le explicó lo ocurrido. Como era el Ayudante del Comando, tenía mucha confianza con el Comandante. Le contó sobre su encuentro con Nel Blú y no ahorró detalles hasta confesar su resolución de hacer volar el depósito de vacunas con dos granadas incendiarias.

No bien terminó de oír el relato, el Comandante ordenó la captura de Nel Blú. Un batallón se dirigió al bosque, se ocultó entre los árboles y cuando Nel Blú se posó para recoger flores le echaron una red y se la llevaron al cuartel.

Allá frente al Comandante, muy asustada, Nel Blú le mostró la espalda y desplegó sus alas como una estatua de la Victoria. El Comandante montó en cólera y ordenó que se las corten. Dos soldados utilizaron enormes tijeras y se las sacaron de cuajo. Nel Blú lloró en silencio y volvió el rostro para mirar a los ojos a Fui solo, que no pudo sostenerle la mirada. El cirujano del batallón le cosió las heridas y la pobre Nel Blú fue depositada en una celda. De un clavo colgaban sus hermosas alas mutiladas.

Fui solo aprovechó la primera oportunidad para ingresar a la celda de Nel Blú y consolarla. La levantó del piso, donde yacía postrada y la abrazó en silencio. Ella lloró en el hombro de Fui solo durante largos minutos; luego lo miró a los ojos y le dijo que él no tenía la culpa. Cuando volvió a su camastro, Fui solo vio que Nel Blú se rascaba los tobillos. Al mismo tiempo, él sintió una extraña comezón en los suyos y decidió volver al dormitorio y quitarse las botas.

Entretanto, un Consejo de Guerra lo halló culpable de conspiración, fue capturado y conducido al calabozo. Un tabique delgado lo separaba de la celda de Nel Blú y ambos se dieron modos para comunicarse por un orificio. El tema principal de su conversación era la comezón en los tobillos y el nacimiento de dos protuberancias cubiertas de fino vello.

El Consejo de Guerra dictó sentencia y condenó a Nel Blú y a Fui solo a ser fusilados al amanecer. Llegó la hora, fueron conducidos al patio del cuartel y atados a dos postes, frente a una compañía formada, mientras el resto de los soldados lustraba y engrasaba sus armas. Salió el Comandante y todos se cuadraron. El Comandante escogió a quienes integrarían el pelotón de fusilamiento. Alzó la espada junto a los condenados, que se miraban sonriendo y se tomaban de las manos, y ordenó:

--!Preparen, apunten… fuego!

Para su sorpresa, nadie quiso disparar. Envió al pelotón entero al calabozo y escogió un nuevo personal; pero éstos tampoco quisieron acatar sus órdenes, y lo peor, un soldado se deslizó detrás de los condenados y los desató.

La verdad es que los soldados no podían creer que una mujer tan bella, vestida apenas con una bata ligera, sonriera junto al poste de ejecución sin el menor temor.

Una vez libres, Fui solo no pudo más con el escozor en los tobillos. Se quitó las botas y entonces vio algo extraño y le entraron unas ganas irresistibles de sacarse el pesado uniforme. Así lo hizo, delante de todos, y quedó desnudo. Luego se acercó a Nel Blú y le mostró sus tobillos. Nel Blú sonrió y le mostró los suyos. De pronto se tomaron de la mano y se lanzaron al vacío. En dos pataleos se posaron en el techo. Los soldados de allí abajo no atinaban a disparar: sólo gritaban de asombro y señalaban insistentemente al tejado. Fui solo y Nel Blú se despidieron agitando los brazos y comenzaron a volar a las alturas hasta que se convirtieron en dos puntos apenas perceptibles entre las nubes.

Fui solo fue sustituido por un Capitán. Al amanecer de un nuevo día, el Capitán ingresó a la habitación del Comandante y lo vio sentado en una silla, desnudo y tiritando de fiebre. Tenía los pies sumergidos en un bañador con agua, pero algo quería ocultar porque los cubría pudorosamente con una toalla.

El Capitán se cuadró para informar el extraño caso de insubordinación que sufría la tropa: muy temprano, cuando sonó el clarín, nadie se levantó a formar.

--Me asomé a la cuadra –dijo el Capitán—y mis soldados deambulaban desnudos manteniendo una conversación muy amena y llena de risas. De tanto en tanto se rascaban los tobillos, pero luego me aclararon que apenas sentían una comezón dulce y nada molestosa. Los llamé al orden y no me obedecieron. Agarré a sopapos a mi teniente y a mi asistente y apenas bajaron los ojos, en señal de respeto, pero cuando volvieron a mirarme tenían una chispa de paz que no se disipó ni con una nueva tanda de sopapos. Nadie quiso salir a formar y no era una rebelión armada, no quisieron tomarme de rehén ni hacerme ningún acto de violencia. Se limitaron a desobedecer.

--¿Tiene usted alguna hipótesis sobre el origen de ese extraño comportamiento? –preguntó el comandante.

--Ni la menor idea –contestó el Capitán.

--Yo sí la tengo –dijo el Comandante, y de pronto comenzó a mirarlo al Capitán con la misma chispa de paz que sentía la tropa; luego retiró la toalla que cubría sus pies y le mostró sus tobillos, donde nacían unos plumones como pollitos recién nacidos--. ¡Me están creciendo alas! –exclamó el Comandante.

--¿Alas? ¿A usted también?

--Sí, a mí, y la culpa es de esa mujer que se fue con mi ayudante. Recuerdo que un día vino del bosque muy azorado y me contó su encuentro con esa mujer y cómo lo había llevado por las alturas. Aquella noche soñé con ella y al amanecer no podía calzarme las botas. Luego me vino esta dulce fiebre que, en verdad, no es intolerable, y comencé a remojarme los pies por la comezón, que tampoco me molesta.

--A mí… no me pasa nada –dijo el Capitán.

--Es que usted estaba en comisión y no vio a esa mujer. En cambio la tropa…

Comandante y Capitán recodaron el vuelo del ayudante y de la mujer prisionera delante de la tropa y entonces el Comandante tomó una decisión: se dirigió a la cuadra y convenció (no ordenó) a los soldados que salieran al patio y formaran así desnudos, quizá por última vez.

Aquel era un espectáculo curioso: un batallón de mil efectivos desnudos portando a desgano sus armas y sin embargo alineados, por costumbre, en estricta formación. Lo curioso es que todos sonreían y también el Comandante, que inició su arenga con una sonrisa, y luego les mostró sus tobillos en los cuales habían crecido ya del todo dos vigorosas alitas. La tropa vitoreó y comenzó a mostrar las suyas, porque a todos les habían crecido las mismas alas. Entonces el Comandante dio una orden histórica:

--¡Batallón! Por escuadras y en estricto orden láncense al vacío como si fueran a nadar…!Arrrr!

La primera escuadra se lanzó al aire como desde un trampolín y remontó vuelo; luego siguieron escuadras y escuadras hasta formar una columna alada de soldados desnudos que pataleaban con gozo para remontarse a las alturas. Ya los iba a seguir el Comandante cuando el Capitán se quitó precipitadamente las botas, se rascó los tobillos y le rogó que no lo dejaran. El Comandante lo tomó de la mano y se lo llevó por los aires.

Allá arriba rompieron filas y comenzaron a ejecutar las cabriolas menos imaginables. El Comandante había vuelto a la niñez: se atusaba volando los tremendos mostachos y cantaba un aria dando volteretas en el aire.

La población civil se había refugiado en los árboles viendo el extraño espectáculo, pero al sentir la alegría de los soldados, hombres, mujeres y niños salieron a volar con ellos. De inmediato se formaron parejas que bailaban vals en las alturas; adolescentes que desplegaban membranas que parecían vitrales, que les habían crecido entre el costado y los brazos, o los habitantes más antiguos, los pioneros: hablo de mis nietos Ale y Antü, que tenían alas tan blancas como cúmulos de nubes. De pronto aparecieron en Ciudad Luzbel, ya dados de alta y muy saludables. Me confiaron que en Rayuela les habían dado plaza en la Escuela de Maestros Felices y me mostraron un prospecto de colores que decía:

Sol y Tario

Él le dijo: “Quisiera llamarme Tario”. Ella le preguntó por qué, para qué. “Para que los amigos digan: ¿sabías que Sol y Tario andan juntos?

Así nació la pareja de directores de la Escuela Paranormal de Maestros de Harmonía, que más bien se conoce con el apelativo de Maestros Felices. Sol acostumbraba a caminar a orillas de los parques y alzar hojas secas con escrupuloso cuidado para no pisarlas. Hacía contorsiones imposibles con el cuerpo antes de malograr una sola de ellas; paralela al suelo se apoyaba en un brazo mientras la mano libre retiraba las hojas secas hasta desnudar la tierra; entonces cambiaba de brazo y con la otra mano libre escogía las mejores y a veces alguna malograda que le caía en gracia.

Así la vio Tario, antes de llamarse Tario, y pasó toda la mañana contemplándola sentado en la posición de la flor de loto. Sol ni lo miró, como si se ocultara tras una nube, pero cuando se incorporó para llevar su precioso cargamento y no sabía cómo acomodarlo, Tario la ayudó con una sonrisa y la acompañó a su casa. Cruzaron un pasaje estrecho a un costado de la casa principal y llegaron al patio del fondo. Sol vivía allí en una cabaña de madera que parecía de chocolate. Por dentro, miles de hojas secas pegadas a hilos de color que colgaban del cielo raso se agitaban como mariposas otoñales.

Tario memorizó el delicado trazo de las nervaduras translúcidas y ya sentado en el jardín dibujó y dibujó al carboncillo, toda la tarde, cientos de hojas secas.

Después de esa comunión silenciosa ¿qué les quedaba sino amarse y vivir juntos?

Un día que navegaban, recalaron en Harmonía, es decir, en Rayuela, su capital. Nadie los convocó, pero abrieron la Escuela de Maestros Felices y pidieron a los postulantes tan sólo un requisito: que fueran felices. La selección consistió en diversas pruebas como bailar en una sola pata, cantar a grito pelado, despanzarse de risa, mojarse como patos y entablar una guerra de pasteles y restos de soufflés, flanes y golosinas. Sol y Tario midieron al ojo el grado Celsius de alegría de cada uno y de acuerdo a ese canon poblaron las aulas de la Escuela.

Maestros Felices tiene la delicada misión de educar a los niños para la alegría.

Hasta aquí la nota que leí sentado en una nube, mientras el Ale y el Antü hacían travesuras de su invención mientras volaban.

Allá abajo quedaron las carpas del campamento, los tanques, los cañones, los lanzacohetes, las ametralladoras antiaéreas, los carros de asalto y las armas portátiles que comenzaron a herrumbrarse irremediablemente. ¿Para qué portarlas si dificultaban el maravilloso oficio de volar?

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Nardo había quedado solo, encerrado en su estudio, de donde no quería salir. La población se olvidó de él porque festejaba la mutación genética que había ocurrido con la tropa. Entre las cosas que rescataron de abajo había instrumentos de música y pronto una orquesta de violines, violas y cellos, de flautas, clarinetes y fagots y de otros instrumentos livianos ofreció un concierto. Al final la orquesta decidió posarse en un prado de flores al pie de los árboles, y entonces pudieron integrarse el piano, el contrabajo, los timbales y las tubas y otros pesados instrumentos de viento.

Fue una fiesta maravillosa, con rondas que bailaban en la superficie de la tierra y también en el aire. El cielo parecía un tejido multicolor, mutante, y todos desplegaron las caprichosas alas que les habían nacido a fuerza de imaginación, de modo que unos parecían faisanes, otros, flamencos, otros, mariposas y otros, libélulas bailando con los soldados que daban furiosas pataletas para mantenerse a flote en el aire con el accionar de sus pequeñas alas de los tobillos.

Pasó la fiesta y nos acordamos de Nardo. ¿Qué íbamos a hacer con él? ¿Cómo íbamos a castigar su traición? Una patrulla alada de soldados se brindó a capturarlo y nos lo entregó llevándolo por los aires. Como sufría de vértigo, lo bajamos de la copa de un árbol, donde había sido depositado y decidimos su suerte en el prado de flores. Puesto que nos habíamos confederado a la República de Harmonía, sería conducido a Rayuela, la capital, para que allí decidiera su suerte el Consejo de Cronopios.

La patrulla lo llevó, lo entregó y volvió con un ejemplar de El Iris, diario de Harmonía, que traía la noticia de su fusilamiento. La nota decía:

CONVICTO DE CIUDAD LUZBEL

FUE PASADO POR LAS ARMAS

A las seis de la mañana todo estaba listo para la ejecución de Bernardo Contreras, alias Nardo, convicto capturado en Ciudad Luzbel por haber desatado una epidemia de gripe aviar. En un descuido de sus captores había logrado evadirse. La policía voluntaria de Rayuela patrullaba el Parque Central consultando a los transeúntes si se les antojaba un cafecito, un jugo de frutas tropicales, una salteña o una cervecita fría cuando se toparon con el convicto. Le preguntaron amablemente su nickname y entonces comenzaron a sospechar de él porque se había negado a cambiar su antiguo nombre, Bernardo Contreras, aunque en la República de Harmonía todo es libre y voluntario. Lo dejaron actuar pero estableciendo puntos de observación y al final lo pillaron con las manos en la masa, cuando intentaba convencer a una jovencita de las bondades del dinero y la cantidad de préstamos que él podía hacer si ella se hacía su socia. La jovencita, que resultó llamarse Como latas de cerveza vacías y colillas de cigarrillos apagados, han sido mis días (seguramente en recuerdo de su vida anterior) reaccionó con un ataque de risa mientras señalaba al vejete con su delicada uña del índice que parecía un caparazón de mariquita.

Capturado y reconocido, el convicto de Ciudad Luzbel fue sentenciado de inmediato al fusilamiento. El pelotón respectivo fue conformado con niños de la Escuelita Alegre y adolescentes de la Academia de Danza. Eran las seis de la mañana cuando Nardo apareció vestido con un terno Almanza: camisa blanca de cuello cerrado, corbata italiana debidamente anudada, zapatos de charol y maletín Samsonite de ejecutivo. El jefe del pelotón de fusilamiento, un gordo afable vestido de vivos colores, contuvo apenas el regocijo de los niños y niñas del pelotón, bajo enérgicamente la espada de juguete que esgrimía y de inmediato el pelotón lo ejecutó a Nardo con una descarga interminable de risa. ¡Cómo se reían señalando con el dedo el traje ridículo del convicto! Bastaron cinco minutos del jocoso fusilamiento para que Nardo pidiera pita, se arrodillara pidiendo perdón y se arrancara a gritos el costoso traje que andaba de moda en el mundo que dejamos atrás. Los niños lo vistieron con plumas de colores y en homenaje a su sonrisa de pecador redimido le aplicaron un nick bíblico: Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Hágase en mí según Su voluntad. A Nardo, hoy convertido en un ciudadano apacible, le gusta que lo llamen Quitó.

FIN