lunes, 14 de julio de 2008

CERTIFICADO DE DIVORCIO

CERTIFICADO DE DIVORCIO

Es curioso que no lo lamente ni me sienta triste al anunciar mi divorcio absoluto de una dama que me acompañó con insólita fidelidad desde mis 14 años.

Los últimos días de romance fueron particularmente agitados, acaso porque intuíamos la separación definitiva. La Dama del Dulce Bouquet se empecinó en copar todas mis horas y yo me dejé llevar. No se adivinaban siquiera las fisuras en nuestra relación, pero la cosa explotó de pronto y no la vi más.

En broma suelo decir que yo no quise dejarla y que ella me dejó, pero la ruptura fue una decisión mutua. Nos dejamos, como dice el corrido mexicano. Quizá sólo yo percibía que ella bostezaba a solas conmigo, añorando días de vino y rosas que vivimos en olor de multitudes. Quizá añoraba otros labios y otros paladares sedientos porque de pronto se me agriaba, se me hacía insoportable y entonces la escondía en un rincón y salía a la calle tratando de disimular el idilio a punto de romperse o de simular interés en otras relaciones.

Se vino la crisis y una mano amable trató de borrar toda huella suya en mi casa, en tanto yo trataba de sobrevivir a la ruptura con atención especializada. Volví al cabo y me conmovió la inocencia de la limpiadora porque sólo yo sabía dónde había escondido las últimas huellas de ese amor que había durado más de cuatro décadas.

En esa larga relación, no adquirimos ningún bien inmueble o mueble, quizá juegos de vasos y recipientes que hoy son más bien restos de colección. Nos gastamos hasta el último quivo alimentando esa pasión común, y al final no teníamos nada para la repartición de bienes.

No engendramos hijos, pero mi dulce dama gozó en todo momento de la compañía de dos amigas aromáticas y sensuales de vago origen griego: Euforia e Hiperestesia, y de un ahijado, llamado Insomnio. Nos acompañó también el T’istapi, un llokhalla liso de nombre aymara, íntimo amigo del Ch’aki, también andino, y ambos prestos a hacer buenas migas con un personaje picante y oportuno: el Umajampicu. que crecieron muy unido a nosotros pero se fueron por esos mundos no bien rompimos. Quizá se fueron con ella, pues no en vano eran tan afines, pero me dejaron con un ahijado menorcito y todavía débil, a quien aprecio cada vez más. Se llama Sueño.

No abrigo rencores; al contrario, guardo hermosos recuerdos. Estas cuatro décadas, depuradas por la memoria, son una sucesión de días y noches vitales, felices, repletos de caricias, de música, danza y besos. Nadie se imagina los momentos felices que pasé con esta inolvidable compañera. Como Job, me digo: Fue bueno mientras duró.

A veces me detengo en cualquier tienda a contemplar las imágenes de La Dama de Lánguido Mirar, que adopta mil formas incitantes. La bendigo de todo corazón y pido al Cielo que otros la disfruten y la llenen de mimos y besos; que la agoten y aprecien; que la compartan sin sentir celos; que la amen y no la reduzcan a una adicción; que saboreen sus jugos vitales y sean felices con ella, como lo fui yo antes de resignarme apaciblemente a esta soledad que no me agobia porque es un ecran poblado con la memoria de un estallido.

No hay comentarios: