jueves, 30 de abril de 2009

BOBA



BOBA

La conocí en un taller. Me dijo que se llamaba Boba. Así. No Beba, sino Boba. Siempre le habían dicho eso desde niña y tenía como 25 años muy bien distribuidos en un cuerpo largo y sin excesos.

“Todos me dicen Boba, porque no entiendo un carajo de nada. Te escucho en el taller y no capto nada. ¿Entendés ahora por qué te digo?”

Comprendí que tenía ascendencia argentina y callé. ¿Qué podía decirle? Que yo tampoco sabía un carajo qué enseñar. Que cada noche era un tormento para mí, excepto cuando se me soltaba la lengua y hablaba de mis experiencias. Entonces la veía y Boba disfrutaba de lo que decía.

Quizá por eso terminamos acostándonos. Yo no soy un campeón. Quizá nunca hice bien el amor. Pero Boba da placer, no tiene conciencia de recibirlo. O quizá, pero no lo festeja. Se arrimó a mí, cariñosa, y me susurró al oído: “¿Ahora entendés por qué me dicen Boba? Porque quizá no hay nadie en el mundo más gordo y más feo que tú, y sin embargo te disfruto”.

Al día siguiente, en el taller, no me sentí natural. Visiblemente hablaba huevadas y ellos escuchaban visiones. Boba me reprochaba con el gesto la impostura, y cuando nos quedamos a solas se quejó de que no fuera tan espontáneo como al principio. “Yo seré una boba pero vos sos un tarado. ¿Entendés? , resumió. En tus primeras clases sentí que me hablaba un hombre ingenuo, casi un cojudo, pero que tenía oficio. Te amé de inmediato y calculé cómo podía acostarme con esa masa de años y kilos. Tu hijo, el dueño del restaurante, me alivió la decisión, porque es muy lindo. Quizá fuiste así cuando joven, o quizá no, porque gente como tú siempre fueron feos. Pero igual me animé y me hice la encontradiza.”

Es verdad. Yo salía azorado de uno de los talleres, convencido de no haber enseñado nada y del desengaño manifiesto de la mayoría de mis alumnos, cuando Boba me esperaba, y yo, en la confusión, me despedí de ella. Pero Boba me dijo: “¿No se le secó la garganta? Quizá yo tenga un vintén en el bolsillo para invitarle un trago”.

Yo no pago en el Restaurante de mi hijo. Cuando se inició, quise ayudarlo llevándole gente con el pretexto de los talleres. Jamás pensé que fueran nada serio. Al contrario, siempre los consideré una impostura. Tuve alumnos de todas las edades: viejos que me admiraban, y yo no sabía por qué; jóvenes que me habían leído en el colegio; gente que sabía muy bien lo que hacía y no necesitaba ningún taller. En fin: jóvenes que aumentaban mi desasosiego y mi sensación de impostura. Pero de pronto conocí una mujer bella que se quedó a esperarme al final de un taller y me dijo que se llamaba Boba. Boba, no Beba. Y ahí comencé a entender qué putas pretendía yo enseñando en el taller.

Boba me dijo, después de que yo le hiciera, mal, el amor, que se había inscrito en mi taller por pura curiosidad, y que estaba desilusionada, y al mismo tiempo encantada. Yo no le había definido el destino; el taller no la había orientado. Hacía una carrera; quizá se inscribiría nomás en Ingeniería de Alimentos, como querían sus padres, pero no sabía por qué putas asistía a mis talleres. Tampoco le costaban mucho, pues cobro cien bolivianos por mes, es decir, nada, ni tanto que los haga pobres ni tanto que me haga rico.

Cada vez que la miraba entre los talleristas, me sentía captado por ella. A medida que transcurría la clase, sentía que me dirigía sólo a ella. Descuidaba al resto, pero me importaba un comino. Al final, no ganaba mucho y me había acostumbrado a ser pobre. Pero sólo me dirigía a ella.

Me lo dijo una vez que acabamos en la cama. Que me dirigiera a todos y no sólo a ella. Que la gente se daba cuenta de nuestra atracción. Que no valía la pena sentirse enamorado de una mujer que se llamaba Boba.

La comí a besos. La verdad, era exquisita. Pocas veces, quizá nunca, conocí a una mujer tan deliciosa como Boba.

Recuerdo que la torturé para que me mostrara sus trabajos. Le exigí de todas las formas posibles. Pero nunca me aflojó ni una sola hoja. En puridad, yo diría que tal vez era analfabeta, que nunca, en su puta vida, había escrito una letra. Pero durante una siesta que compartimos, me dijo algo que sólo podría decirlo alguien distinto a mí, un poeta. Me dijo:

“Los pájaros no escriben. Los árboles no escriben. El viento no escribe”.

FIN