jueves, 30 de abril de 2009

EL ALEPH DEL EROTISMO



EL ALEPH DEL EROTISMO

Dos entre muchos ejemplos me inducen a creer que el erotismo es una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. El primero proviene de una aventura temprana, la lectura del Pato Donald, antes que Dorfman y Mattelart nos envenenaran el sano entretenimiento de leer esas huevadas con su famoso análisis del discurso. Mis lecturas de ch’iti fueron una devoración sin orden ni concierto de cuantas revistas podía fletar y canjear en esas mañanas aburridas de domingo en que no había nada que hacer ni amigos que visitar luego de ir a la misa obligatoria del colegio. Entre ellas, numerosos ejemplares del famoso personaje de Disney. Su lectura estaba asociada además al sentido prohibitivo del silencio que había fijado como norma inconmovible mi madre, una señora muy estricta. Quizá todavía tiemblo cuando recuerdo su voz que me decía: “Qué avería estarás haciendo”, si yo me quedaba calladito. La consecuencia directa, que hasta hoy no puedo refrenar, es la súbita excitación que me produce el solo hecho de quedarme solo. Para decirlo gráficamente, aun hoy se me para de inmediato.

Esa rigidez sentí un domingo triste en que leía la revista del Pato en un episodio que todavía me retila: por un descuido, Donald le enciende la cola de plumas a la Pata Daisy y ésta sale aullando, aterriza en un charco y luego le muestra la cola humeante con un reproche digno de una película porno: “Donald, mira lo que me has hecho”. Ahora que lo escribo, me parece una escena de una sensualidad que el picarón de don Walt quizá no supo controlar porque se le escapó por algún resquicio de su subconsciente. A ver usted, honesto lector, póngale (a su pareja) la mano al pecho y dígame qué sentiría si ve a Nicole Kidman diciéndole a Tom Cruise: “Donald, mira lo que me has hecho”. Yo intenté reproducir el cuadro, pero ninguna chica estuvo a la altura de la escena. Hágalo usted: dígale a su chica que se ponga decúbito supino, trate antes de que la cola le humee y entonces dígale que se vuelva hacia usted y mirándolo entre tierna y adolorida le diga: “Donald...” etcétera. Para mí que esa frase es emblemática del más alto erotismo, así como esa otra, “Cowboy, sírveme otro whisky doble”, la recuerdo de memoria, es como la chapa del inolvidable Humphrey Bogart.

Pienso además que mi lectura del Pato Donald vale bastante más que el cartucho y académico análisis de Dorfman, pero no es bueno que yo lo diga. Me limitaré pues a hallarle un parentesco con el famoso artículo de Guillermo Cabrera Infante: “Corín Tellado, pornógrafa inocente”, donde selecciona pasajes y frases de los melosos cuentos de doña Corán Tullido, como le gusta decirle, en la revista “Vanidades” que, así descontextualizadas, le retilan la murta a cualquier casta monjita.

El otro episodio viene de la lectura de un cuento de Witold Gombrowicz, ----polaco refugiado en Argentina, escritor casi olvidado hoy, redescubierto para nosotros cuando emprendíamos el primer tramo de la juventud, en los años 60-- que encontré en la revista “Mundo Nuevo”, allá por 1968. Es la escena muda de una niña que chupa un hueso mientras un niño la mira embebido desde el otro lado de la cerca. La niña se lo ofrece, para que él también lo chupe. No hay nada más que eso, pero es de un erotismo magnético que te pone el cuerpo entero como un vibrador accionado por un megavatio.

Hermosa época esa de la paja en el ojo propio, cuando no había estampas cochinas, mucho menos videos porno ni otras incitaciones más bien groseras, mecánicas y repetitivas hasta la obsesión. Pero para eso habían lecturas. En algún momento llegué a creer que cada libro, por más que fuera de matemáticas, encerraba alguna página que te hacía estremecer de gusto. Ese acicate me llevó a hojear tempranamente la copiosa biblioteca de mi hermano y a encontrar cosas sorprendentes. Cómo olvidar, por ejemplo ese viejo libro inglés titulado “Fanny Hill”, cuya virtud mayor era el gozo con que presentaba el sexo más explícito sin sombra de culpa. Qué mujeres más dispuestas al placer, qué hombres tan bien dotados, qué rubores y asombros en la casa de muñecas de Madame Fanny. Regalé ese libro hace poco, pero antes recompuse con nostalgia las esquinas de página dobladas por mi mano derecha, pues la izquierda estaba ocupada en otra cosita. De entonces me viene seguramente la costumbre de clasificar ciertos libros en el rubro “para leer con una sola mano”, entre los cuales a veces me ufano de incluir mi novela “Ando volando bajo”.

Pero bastante antes de “Fanny Hill” me zarandeó como a un arbusto la novela “Lolita” de Nabokov. Mi madre y yo vivíamos solos y en las noches, mientras ella tejía y escuchaba su radionovela y al mismo tiempo rezaba el rosario, yo me hurtaba de su vista y me iba a leer los crudos amores de ese afortunado viejo verde que amaba a su bella y pequeña entenada. Leía con los ojos y en realidad con buena parte de mi ser. Digo buena parte y no todo mi ser porque reservaba el sentido del oído para campanear la súbita presencia de mi madre, a quien jamás se le quitó la costumbre de sorprender a quien fuera con su mirada inquisidora. La escuchaba en sordina y todavía sonrío al recordar cómo rezaba el rosario mientras escuchaba la radionovela cubana “El precio de un pecado”: “Dios te salve María llena eres de gracia (no puede ser, qué canalla este Albertico) el Señor es contigo bendita tú eres (ay, esta Minín Bufones) entre todas las mujeres (Jesús María, estas mujeres)...” De pronto, entre misterio y misterio llamaba: “¿Ramón?” “¿Sí, mami?” “¿Qué estás haciendo?” “Estudiando, mami”. “Ah...” Por precaución urdí la costumbre de cubrir el libro de “Lolita” con mi policopiado de Geografía. La práctica de esta lectura clandestina desarrolló en mí una nueva destreza: la de cerrar de golpe el libro y luego volver al lugar exacto en que había dejado la lectura, porque memorizaba cada número de página. Creo que hasta hoy no necesito dejar señales en mis libros gracias a las defensas que urdí contra los métodos policíacos de mi buena madre.

“Lolita” fue para mí un incendio en un campo pajoso. La de pajas que le debo al ilustre maestro ruso. Vi dos versiones de la película. La primera me llegó temprano y todavía recuerdo a la bellísima y sensual Sue Lyon; la segunda me decepcionó; pero ambas me convirtieron en inmunodeficiente frente a una mujer-niña. Son mi debilidad. Aunque me digan viejo verde, que no es lo mismo que caballero ecologista. Dejad que las niñas vengan a mí, mejor si ya son mujeres.

A esta revista le falta erotismo. Erotismo franco. Quizá una buena sección sería el recuento de esas páginas marcadas, algunas de ellas manchadas con humores lejanos, que abundan en toda biblioteca de adolescente. Creo que sería un homenaje justiciero al Pato Donald y a sus secretos atributos que incendiaron la cola de la Pata Daisy.