jueves, 30 de abril de 2009

La vida en bicicleta



La vida en bicicleta

Hace décadas que mantengo una relación conyugal con mi bicicleta; quizá por eso cuando otro la monta le hallo guiños, gemidos y meneos desconocidos que, naturalmente, despiertan mis celos. Y entonces entiendo a don Juan Gutiérrez, viejo portero del diario donde trabajé hace 20 años, que respondía con una frase olímpica a los prestamistas de bicicletas: “Cosas de montar, no se prestan.” Ni Horacio, en la cumbre del verso latino, lo hubiera dicho mejor ni con menos palabras.

Hasta aquí se vislumbra ya un conflicto: amo a mi bicicleta, pero tengo aversión por los ciclistas de prestado, que no son capaces de mantener la suya y andan prestándose o robándose la ajena. ¿Con qué hígado se puede prestar una criatura esbelta, de huesos huecos, como las aves, que se desliza a centímetros del piso sobre dos halos de aire? Tanto peor concepto tengo de los fletadores, que son macrós, cafishios, alcahuetes de este vehículo tan noble y volátil que, como las musas y las gracias, es de género femenino.

Los detesto en la misma medida en que ellos me detestan; pero lo peor es que a ratos siento la aprensión de que se han confabulado contra mí al punto de organizarse en un gremio que tiene desde señoritos a humildes albañiles. Percibí sus asechanzas el año 85, cuando adquirí una bicicleta deliciosamente flaca, con una elegante cornamenta de cordero divino que coronaba su estructura de avispa montada sobre dos delgadas ruedas. Era una de las primeras bicicletas chinas de carrera que relevaban la guardia de la sólida brigada inglesa que hizo las delicias de nuestros abuelos y padres. La montaba de la mañana a la noche y como una yegua amorosamente domada reaccionaba a mi peso con una velocidad constante y silenciosa, de cara al viento y apuntando la nariz como una proa de una nave de picaflores. Para no desentonar con su elegancia, me enfundaba en un buzo costoso y unas zapatillas de color. Así vestido ascendía el ligero repechón que hay en la carretera a Sacaba, del puente Siles adelante, cuando de pronto aparece a mi lado un albañil huesudo, con lamparones de yeso y coronado con una calatrava hecha con una bolsa de cemento. Montaba, erguido como un Quijote, una vieja bici maltrecha, con dos espigas por pedales, gomas llenas de mataduras, aros descentrados y casi desguarnecidos de radios; y sin embargo picó y en dos quínolas me sacó cien, doscientos metros.

Me resistí a creer que se trataba de una conjura, pero a la mañana siguiente, ya con el buzo sin etiquetas y los zapatos de color amoldados a mis pies, volví a la carga dispuesto a llegar a Chiñata sin relevos. No había avanzado un par de kilómetros cuando vi clarito que me esperaban en el cruce a Quintanilla y delegaban la misión secreta a un ciclista rengo, pequeño como un mono ciciro y encaramado en una bicicleta Caloi con asiento banana. Para mí que calcularon el contraste con el objetivo de redoblar la afrenta, porque el monicaco me empató, guiñó un ojo bizco y comenzó a sacarme irremediable ventaja. Y eso que mi bici tenía 14 velocidades mientras su pequeña bestia andaba sólo a la fuerza que daban sus pies.

¿Conocen ustedes al gran pintor Ricardo Pérez Alcalá? Él no me ha de dejar mentir porque conoce el alma y el esqueleto íntimo de las bicicletas, a juzgar por ese maravilloso lienzo recubierto con una fina capa de estuco que pintó con un motivo para mí familiar: es un páramo, digamos el altiplano, y en él corre una bicicleta que en realidad es un esqueleto de cabra, los cuernos por manubrio. Si le preguntan a Ricardo, les dirá que se inspiró en un episodio que lo sufrí y del cual fue testigo. Resulta que salía yo por enésima vez a la carretera, a esas alturas lleno de aprensión por el acoso de mis rivales, cuando se reprodujo la maniobra consabida: desde un recodo fue enviado a mi presencia un ser por demás extraño sobre una bicicleta espectral que parecía extraída del Purgatorio. ¡El tipo no tenía piernas, pedaleaba con las manos y sostenía el manubrio con los dientes! Como es de suponer, no sólo alineó a mi costado durante breves segundos, sino que me rebasó cumplidamente. Lo peor es que se dio el lujo de soltar el manubrio que mordía con toda la dentadura para volver la cabeza ¡y reírse en mi cara!

El asunto llegó a mayores cuando un gañán aprovechó que me paré a tomar un refresco para arrebatarme la bici y conducirla a una velocidad vertiginosa, de ida y de vuelta porque su intención no era robármela sino demostrarme que él sabía montarla mejor que yo. De rabia tomé un taxi y me privé del placer de manejarla durante un buen tiempo, reproduciendo mentalmente los gemidos desaforados que le escuché mientras la montaba otro.

Estos episodios se repetían con una regularidad demoníaca, como círculos infernales, hasta que una vez se me dio sorprender a un albaco en la bajadita del retorno de Chiñata. Lo vi y de inmediato piqué confiando en la esbeltez de mi bicicleta para hacerle morder el polvo de la derrota, cosa que conseguí pasando por su costado como un ave rapaz o una flecha ligera. Le saqué fácilmente trescientos metros, pero me tentó verle la cara y aflojé el pedaleo para esperarlo. Volví la cabeza y comprobé que pedaleaba trabajosamente para alcanzarme. Lo logró al fin y entonces medí la cruda dimensión de mi victoria cuando me preguntó: “Amigo, ¿conoce un hospital cerca?” Era un moribundo que tenía de un lado un frasco de suero glucosado y del otro medio litro de sangre que le goteaba en las venas. Como ustedes podrán suponer, a cien metros nos esperaba una murga que comenzó a reír a mandíbula batiente de mi pírrica victoria, mientras el moribundo trucho se quitaba los aparejos y saltaba ágilmente para unirse al coro riente.

La decepción fue tan grande que tuve que refugiarme en la noche, como un ciclista furtivo que buscara las calles más solitarias y oscuras y la complicidad de la luna y las estrellas. Pero uno nunca sabe dónde habita la poesía, pues resulta que en esos trances tenía que recoger un espejo de un metro de largo por unos setenta centímetros de ancho que apoyé sobre el manubrio decidido a manejar con extremo cuidado. Tomé una vereda tranquila de la avenida Chapare, flanqueada por eucaliptos añosos que me cubrían de miradas indiscretas. Y entonces se produjo el milagro: apenas bajé los ojos al espejo vi el cielo estrellado y las copas de los árboles. Entre ellas apareció la luna y tuve que torcer el manubrio para no pisarla, porque paseaba por una vereda celeste poblada de un pedrusco de astros y asteroides. Me incliné aun más en busca de mi rostro y entonces me vi como una criatura en vuelo o si quieren un superhéroe que volaba sonriente en el espacio sideral.

Esta visión beatífica me reconcilió con la vida y con la bicicleta. Desde entonces rehúyo las competencias diurnas y prefiero montar a solas y de noche, atento a los gemidos de mi dulce compañera, munido de un espejo que me devuelve el mapa del cielo y mi expresión beatíficamente satisfecha.

En el último corso de corsos me robaron mi bicicleta, pero sospecho que en realidad se escapó cansada de que la monte un gordo. Por ahí debe andar, con algún jovencito leve que la monta a su regalado gusto.