miércoles, 23 de septiembre de 2009

Balance de la novela urbana

Después de Gesta Bárbara, que tuvo dos generaciones, no hubo movimiento literario en Bolivia. Desde entonces es perceptible un aliento universal y consistente en la poesía que no tiene parangón en la narrativa. En ésta hubo corrientes, como la novela indigenista, la novela de la guerra del Chaco, la novela social (la minera), la novela de la guerrilla y la memoria de la resistencia a la dictadura. El realismo mágico nos pasó como un cometa, a bastante altura, aunque dejó un polvo de estrellas.
No hay una narrativa de los movimientos sociales y la narrativa rural se ha eclipsado, con una que otra nostalgia en el Oriente. Con la desarticulación social provocada por las dictaduras y el crecimiento de las ciudades, la narrativa boliviana es fundamentalmente urbana.
Nació como una exaltación mítica de la noche y de los tugurios urbanos en la obra de Jaime Saenz, cuya dimensión narrativa es dramáticamente menor frente a su dimensión poética. En efecto, lejos de la denuncia social, Saenz exalta y mitifica al aparapita, al alcohólico, al intelectual hiperestesiado por la noche, y esa corriente continúa con la inigualable Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas, que rescata y recrea la provincia paceña de la república universal del castellano, aunque esta corriente tiene mayor raigambre en la poesía nocturna, sombría y taciturna de los mejores poetas paceños. En esta corriente hay que mencionar a Wilmer Urrelo y a los bravos muchachos de Yerba Mala Cartonera.
Adolfo Cárdenas cita una precisión: "la narrativa de los recovecos de La Paz es muy diferente a la literatura cochabambina que se gesta en espacios abiertos, a la luz del día, con un vaso de chicha al lado y una buena comida, como dice Ramón Rocha Monroy (Potosí 1600, Ando Volando Bajo, La Casilla Vacía)." (FONDO NEGRO, 28.12.2008). Lo curioso es que, valga como apostilla, esa percepción de la narrativa cochabambina debería atribuírsele más bien a la crónica gastronómica, fundada por Alfredo Medrano y este servidor (Crítica de la Sazón Pura, Todos los cominos conducen aroma).
Queda un campo vasto para la narrativa contemporánea cuya visión del mundo, ilusiones y límites son clasemedieros. Letras en general políticamente correctas, modosas, con personajes urbanos, peinados, recién salidos de la ducha, que parecen haber consultado el Manual de Urbanidad de Carreño aunque lo transgredan en solitario en sus horas eróticas, a veces muy bien contadas.
A riesgo de intentar una teoría donde no hay asidero, yo diría que el desconcierto político de la clase media, ya psicoanalizada de sus hervores guerrilleros o revolucionarios, se refleja en ese contemplarse a sí misma, en la soledad de sus personajes que no tienen asidero en un país donde un vendaval originario amenaza quitarles los jirones de identidad que todavía conservaban, tal como se puede comprobar en la narrativa ya considerable de los escritores bolivianos más recientes, escritores sin piedad larga, encerrados en su clase y en sus conflictos existenciales, que no los llevarán al suicidio ni al tugurio, porque al fin y al cabo esta vida está llena de complacencias, aunque sean módicas, como tener una casa, una mujer, padres, suegros, cuñados, perros, canarios y uno que otro viaje al exterior.