miércoles, 23 de septiembre de 2009

Vivir la cruda realidad

El oficio de periodista le obliga a uno a vivir diariamente la cruda realidad. La frecuentación de la palabra puede derivar en devoción por la escritura literaria; pero entonces uno se enfrenta a un dilema existencial a veces irresoluble: los poetas, los novelistas, los cuentistas suelen tener una afinidad filosófica natural con filósofos idealistas como Berkeley, Schopenhauer o Hume, que niegan la existencia de la realidad. Esta es una gran coartada para acurrucarse en la dulce hamaca del tejido literario y olvidarse de inundaciones, epidemias, hambrunas, casos de desastre nacional, pero también del humilde prójimo que abruma el amanecer en el cual hemos salido para caminar apaciblemente, porque lo vemos escarbando basura y comiendo alimentos podridos.
Aquí comienzan los problemas, pues un periodista ve en el pordiosero un caso de ausencia de desarrollo humano, se acuerda de los planes del Gobierno, de los hacinamientos en que vive y quizá de casos similares. Y continúa su camino.

Pero, si el virus de la literatura lo ha picado, quizá se fije en que, poco más allá, hay un muchacho de buen aspecto, borracho o drogado, que contempla al mendigo. Hay una posibilidad a la vista: la de identificar a ese muchacho con un prototipo, con Hamlet, un Hamlet actual que contempla el espectro de su padre. El observador decidirá por su cuenta que Hamlet se incorpora y se acerca al mendigo para observarlo. No, no es su padre, pero por un momento le pareció que sí lo era.

En días sucesivos, el muchacho trata de desechar una pesadilla insistente: se le aparece el mendigo y él está seguro de que es el espectro de su padre.

¿Cuál es su situación familiar? El padre murió bebiendo; era un alcohólico; se llevaba mal con la madre. Nuestro Hamlet quería a su padre del modo más natural, sin mayores efusiones, e incluso a veces salía en su defensa en las peleas conyugales. Cuando el viejo ingresó al hospital para no volver más, ya era evidente que la madre de Hamlet se divertía con el tío de Hamlet; y cuando el viejo murió, el tío se trasladó a la casa de Hamlet, a vivir con su mamá. Hamlet sabía que el tío era un crápula, pues conocía el ambiente y sabía que también consumía droga, y que iba despojando a la madre de Hamlet de sus últimos ahorros para gastárselos en sus caprichos. ¡Bien! Ahí tenemos un replanteamiento del mito de Hamlet, que quizá termine en una venganza.

Pero, entonces el observador percibe que se ha deslizado por la pendiente del mito, y que ese joven drogadicto no es precisamente Hamlet, y que ese mendigo no es el espectro de su padre, y que la cruda realidad en la cual ambos viven no se parece a las fabulaciones que se ha permitido pensar.

Esa dialéctica es a veces agotadora, pero ni qué hacer, es fuente de toda fabulación.