miércoles, 23 de septiembre de 2009

Encomio de Felipe Delgado

Esta semana me llegó la reedición de la novela "Felipe Delgado", de Jaime Saenz: un ejemplar pulcro y voluminoso, publicado por Plural Editores, que se une al copioso catálogo de obras nacionales que acumuló esta casa editorial desde 1987, esta vez con un libro de culto.
De inmediato busqué en mi biblioteca el viejo ejemplar de la primera edición publicada por Editorial Difusión en 1979, un libro venerable, en papel sábana, con una fotografía maravillosa en la portada (que se perdió en una de mis mudanzas) y felizmente subrayado y anotado.
Entonces recordé que aquella vez estuve en la presentación del libro, y que pude felicitar a Jaime Saenz y pedirle una entrevista a la cual accedió de inmediato y con toda sencillez, no obstante las reticencias de una turba de thaparankus que alimentaban la leyenda de que el poeta era enigmático y caprichoso y que no le gustaba recibir así nomás a desconocidos.
Acudí a la cita, que tenía algo de una película del neorrealismo alemán, porque debía esperarlo a las doce de la noche en el atrio de la Universidad de San Andrés. Fui a la hora indicada, en realidad bastante antes, y ya desistía de mi propósito cuando brotó literalmente de las sombras, con sus eternas gafas oscuras y un abrigo gris sobre indumentaria oscura.
El encuentro no se prolongó mucho. No disfruté de sus célebres partidas de cacho ni de sus Talleres Krupp, que convocaban a conspicuos poetas paceños en su vieja casa; pero el breve diálogo con él me sirvió para echar por la borda las suspicacias de aquellos saenzianos que habían desahuciado toda posibilidad de que lo conociera.
Comparé la venerable edición de 1979 con el libro flamante y bien cuidado de Plural y de inmediato recordé otra anécdota. En las últimas semanas de vida del periódico HOY, se publicó un manifiesto de una página firmado por los poetas paceños en contra de este humilde servidor. En la víspera, me llamó mi buen amigo Álvaro Díez Astete para pedirme una retractación pública, pues, de lo contrario, él no podría detener la publicación del manifiesto. Yo tenía 15 años menos y, todavía, bríos de un joven de 30, de modo que le autoricé a darme por notificado, y, al parecer, el manifiesto se publicó nomás, como me aseguró Walter Chávez, quien por entonces iniciaba su vida de refugiado en el país trabajando en ese matutino.
El motivo que provocó el manifiesto fue una columna como ésta, en la cual me quejaba de los thaparankus que revolotean sobre el augusto cadáver de Jaime Saenz sin tener un adarme de su talento. ¿Qué me impulsó a escribir semejante denuesto? La defensa de la poesía diurna, celebratoria, plena de luz y de vida de un amigo poeta, de quien se había hablado con displicencia en una velada de lectura en el célebre Avesol. Aquella noche de la lectura, pregunté al público por qué, junto a la poesía sombría, nocturna y desvelada de Jaime Saenz, no se reconocía la posibilidad de una poesía clara, celebratoria y solar. Un gil me contestó con una boutade: "No le hagan caso, es khochala". El público festejó, como es de suponer, y yo, para no caer fulminado por un ataque de bilis, tuve que apoyarme en el recuerdo de Augusto Céspedes, quien, en situación similar, dijo entre dientes: "Pero no se olviden que escribo". Dicho y hecho, al amanecer escribí el exabrupto, que hoy (Pasan los años / crecen las cejas / la vida mengua) no lo publicaría, sobre todo porque me ha recrudecido el aprecio y el respeto por esos poetas paceños.
De todas formas, me restan dos sentimientos sobre aquel episodio: el primero es el eco de ese secreto regocijo por haber provocado nada menos que una reacción gremial de los más conspicuos poetas paceños; y el segundo, la reafirmación de mi afición constante por la obra de Jaime Saenz, cuya poética dudo que pudiera repetirse en otro lugar que no sea La Paz, La Paz nocturna, La Paz que se arrincona en los barrios altos y vetustos, avasallada por la tenaza del comercio informal y la parafernalia de la sede del gobierno. Dudo asimismo que haya otra bohemia en Bolivia como la que sobrevive en La Paz.
La bohemia paceña (que no hay que confundir con el mero y delicioso reviente) se esparce en ondas concéntricas alrededor de un pope o demiurgo de la noche. Jaime Saenz tuvo su turno, pero lo precedió el pintor y escritor Arturo Borda; tuvo cultores más discretos pero no menos intensos en personajes como Rolando Costa Arduz y aquellos otros que deambulan, con nombre supuesto, en la narrativa de Saenz. Un avatar menor pero visible fue el del Picasso (né Jorge Sanjinés); y el más reciente, cuya canonización parecería en marcha, es, quién lo duda, el finado Víctor Hugo Vizcarra.
Dice Borges que los escritores se resisten a admitir la influencia de sus contemporáneos. Saenz fue amigo y contertulio de Arturo Borda, autor de "El Loco", otro libro de culto de cuya lectura pocos pueden dar noticia. ¿Cómo no remitirse a Borda cuando uno lee a Saenz? Hay un pasaje en el cual el Loco ve a una mujer vieja y andrajosa sentada a los pies de su lecho. Espantado, le pregunta quién es, y la mujer le dice: "Soy tu amiga más fiel, la que te acompaña todos los días, la que nunca te dejará hasta que mueras: soy la Miseria".
Las grandes novelas suelen tener un capítulo mítico, como el capítulo 15 del Ulises o el 41 de Rayuela. Esta función cumple en Felipe Delgado el capítulo 12 de la Tercera Parte, como lo confirma Leonardo García Pabón, quien ha consagrado parte de su vida al culto de Jaime Saenz, al destacarlo en la página web que construyó sobre el poeta.
Éste y el capítulo primero conforman los extremos del viaje del protagonista en busca de su identidad escindida. En las primeras páginas, que sólo tienen paralelo en la obra de Gustav Meyrink, de Lautréamont o Dostoievski, o en el mejor cine neorrealista alemán, Felipe Delgado descuida el último encargo de su padre perdiendo el tiempo en una bodega. Este pasaje, que es un canto a la hiperestesia, se enlaza con el momento en que se encuentra por fin con el aparapita, ese ser mítico del cual Saenz dio cuenta en un ensayo imperdible.
Llovía aquella tarde, y mi padre murió –escribe Saenz--. Y luego, a partir de ese día, tú empezaste a seguir mis pasos, y cuantas veces me encontrabas, invariablemente y como enajenado, me mirabas con odio, sin darte cuenta de que te bastaba detenerte para encontrarme en ti.
Así lo expresa también en el siguiente diálogo:
--¡Tú tienes mal olor! –exclamó Delgado.
--¿Y a mí qué? –replicó el viejo--. Si es que tengo mal olor, la culpa será tuya.
--El que apesta eres tú, no yo –repuso Delgado.
--Exageras, eres sentimental –dijo el viejo con calma--. Una visión no soy: estoy aquí. No me mires, no vengo del otro mundo. El temor te hace ver lo que no se ve, yo estoy dentro de ti; yo soy tú. Si alargas el brazo no encontrarás tu saco, ni tampoco me encontrarás a mí. Tu saco no se pudre, como seguramente crees. No tiene porqué podrirse, no es para tanto.
Es una escritura llena de aire. Podría decirse que hay pasajes fútiles, baladíes, pero es como si el aire se arremansara para ganar fuerza y convertirse luego en un tifón pleno de revelaciones. Esto le da irrealidad a situaciones y personajes, gracias a una poética nocturna, en blanco y negro, que crea trasgos lunares en lugar de borrachos solares; y seres a veces funambulescos. No se trata, pero de ninguna manera, de un realismo sórdido, a la manera del finado Vizcarra, sino de experiencias subjetivas, epifanías y revelaciones que se suceden en espiral; en un vórtice, como bien ha apuntado Eduardo Mitre.
Felipe Delgado y sus amigos son dipsómanos. Gula y dipsomanía son pulsiones destructivas; no hacen buenas migas con el erotismo, que es vital y celebratorio. Al que vive, no le interesa sino vivir; al que se destruye, le interesa la explicación última de la vida. Quizá por eso sus augustas, idas ninfas –al decir de Claudio Ferrufino--, más que mujeres parecen melancolías, como la célebre Miseria de Arturo Borda.
Alguna vez cometí el exceso de decirle a Eduardo Mitre que quizá toda la obra de Saenz es una sucesión de intentos que culminan en La Noche, pasmosa revelación provocada por la hiperestesia.
Nadie podrá acercarse a la noche y acometer la tarea de conocerla,
sin antes haberse sumergido en los horrores del alcohol.
El alcohol, en efecto, abre la puerta de la noche; la noche es un recinto hermético y secreto,
que se hunde en lo hondo de los mundos,
y no se podrá mirar en sus adentros, sino por la vía del terror y del espanto.
(...)
Pues para el hombre que mora en la noche; para aquel que se ha adentrado en la noche y conoce las profundidades de la noche,
el alcohol es la luz.
La hiperestesia como vía de conocimiento le permitió vislumbrar acaso el último sentido de la existencia, y crear su propio mito, como un cielo de vidrio y adentro un poco de sol (el foco), alrededor del cual revolotean miríadas de mariposas nocturnas.
Me tocó integrarme a esta nómina de thaparankus al escribir un pasaje de mi novela El run run de la calavera, en el cual beben en una bodega Arturo Borda, Jaime Saenz y Rolando Costa Arduz, habitando un mundo en blanco y negro. A ellos ha llegado el rumor de un velorio colectivo de cientos de muertos que se resisten a volver a sus tumbas luego de la celebración del Día de Difuntos, y entonces deciden viajar. Para lograrlo, no tienen más que abrir la puerta, que les franquea la entrada a un valle multicolor.
García Pabón traza esta semblanza sobre Saenz:
Hay que decir que el trato con Saenz era muy exigente. Las relaciones de Saenz con sus amigos se mezclaron más de una vez con lo maravilloso y lo tenebroso en experiencias poéticas y mágicas, con resultados no muy felices. Así nació el mito de Saenz amigo de lo oscuro y de la magia, el iniciado y el alquimista. En realidad, esta imagen fue creada por la desconfianza y el temor ante un ser que se negó a participar en la "normalidad" de una vida que encontraba falsa. Esa vida nocturna era para él (hombre solo, acompañado únicamente por su tía) no tanto el espacio de la magia y lo oscuro, sino el espacio de la amistad, de la creación, de la meditación y la renovación de la confianza en el arte y en la vida.
Dice también que, próximo a cumplir 60 años, sufrió dos crisis de delirium tremens, que concluyeron con la decisión heroica de renunciar al alcohol para continuar escribiendo, aunque ya dejó el testimonio más valioso de esa etapa de su vida en la novela Felipe Delgado y, más tarde, en su poemario La noche y en La piedra imán..
Los lectores de Saenz prefieren su obra poética, pero su prosa ¿no es, también, un hecho poético? Sus versos son ceñidos, no obstante que no obedecen a ninguna métrica ni escuela; pero tienen una música interior que remata algunos períodos con un recurso que el poeta usa con invariable éxito: el anticlímax. Saenz suele abundar en disquisiciones existenciales, en ecuaciones verbales, teoremas, simetrías o juegos de espejos al servicio de sus epifanías; pero de pronto estalla en coloquialismos divertidos, como la definición de su oficio, que es una de sus frases típicas: "La poesía no es así nomás".
Hace unos meses, compungido por la última de mis 69 mudanzas, que afectan seriamente la integridad de mis escasos muebles y despanzurran mis libros, publiqué en este mismo espacio una columna sobre Los muebles de Jaime Saenz, que se inicia con una breve cita:
A lo largo de los años, tus cosas y tus muebles se envejecen,
y se desgastan insensiblemente.
El poeta hace un inventario de sus muebles y concluye con un verso que, confieso, me hizo llorar:
¿Cuánto valdrán estos muebles? –me pregunto yo.
Pues en realidad, no valen nada; y, en el mejor de los casos,
capaz que su valor total no alcance para una ranga-ranga.