miércoles, 23 de septiembre de 2009

El complejo de Penélope

La historia más antigua de la especie debe ser la de una mujer o unas mujeres esperando que los hombres retornen. La espera es una constante existencial en la vida de las mujeres. De allí viene quizás la historia de Penélope, la mujer que de noche destejía lo que había tejido de día y, mientras tanto, esperaba el retorno de Odiseo.
Hoy vivimos tiempos de liberación de género. Uno diría que ya no hay Penélopes, o que de pronto han surgido Odiseos que esperan mientras sus mujeres viajan. Pero hay varios estudios que señalan lo contrario: los perduran y la mujer sigue signada por su atributo mayor: la capacidad de esperar.
La mujer moderna no quiere recluirse en el hogar a la espera eterna de que su hombre retorne trayendo el alimento. La mujer moderna es dueña de su economía, de su cuerpo y de su vida. Pero algo falla en la ecuación, porque sigue esperando. ¿Qué espera la mujer moderna? Supongamos que ha tenido una cita y que ésta se ha desarrollado en condiciones esperanzadoras, incluso con la culminación que toda persona, sea hombre o mujer, espera. Pasa el momento y viene la cuenta regresiva: ¿Ese hombre llamará mañana? ¿Volverá a aparecer? ¿Se repetirá la cita con tanto éxito? En suma, ese hombre ¿tendrá alguna intención seria de mantener una relación estable?
Esa ansiedad pertinaz que aflige a la mujer moderna ha sido bautizada como el complejo de Penélope. A ello hay que añadir el famoso concepto de Zygmunt Bauman, que habla del amor en estos tiempos y lo califica como un amor líquido. Líquido porque no dura, porque se escurre entre las manos, porque deviene y pasa y nunca se repite, como el río de Heráclito.
¿Qué hablan las mujeres cuando no hay hombres entre ellas? Hablan de esa cita que terminó en una promesa que no se cumplió: mañana te llamo.
Hay el recurso de que ellas llamen, pero dudan de hacerlo o lo evitan directamente. Y entonces esperan, y los hombres de hoy ya no llaman porque no quieren compromisos. Este desencanto del amor es un tema recurrente en las sesiones de terapia, según una tesis postdoctoral de la psicóloga argentina Bettina Calvi, que titula Las configuraciones vinculares en tiempos del amor líquido, que pronto circulará en librerías: "En los consultorios se escucha a diario la muerte de alguna pequeña esperanza de amor. Muerte debida al miedo, a la apatía y a la fobia. Y a la enorme dificultad de creer en proyectos compartidos".
Los cambios sociales y culturales de las últimas décadas han modificado tanto las subjetividades femeninas como masculinas y, como consecuencia, los lazos. Los hombres, particularmente los que ya vivieron algún fracaso conyugal, ya no quieren comprometerse y temen a las mujeres porque sienten, o imaginan, en ellas la avidez de tener relaciones estables y compromisos. Entonces se escudan en sus fracasos anteriores o en sus hijos, si los tienen.
"Un gran porcentaje de la población que concurre a los consultorios privados se plantea la dificultad de encontrar pareja y la soledad como problemática subjetiva", concluye la psicóloga argentina.
Es más fácil encontrar hombres que admitan la posibilidad de vivir solos; las mujeres no se resignan y entonces esperan.