jueves, 24 de septiembre de 2009

La bicicleta en el ojo de Pérez Alcalá





¿Conocen ustedes al gran pintor Ricardo Pérez Alcalá? Él no me ha de dejar mentir porque conoce el alma y el esqueleto íntimo de las bicicletas, a juzgar por ese maravilloso lienzo recubierto con una fina capa de estuco que pintó con un motivo para mí familiar: es un páramo, digamos el altiplano, y en él corre una bicicleta que en realidad es un esqueleto de cabra, los cuernos por manubrio. Si le preguntan a Ricardo, les dirá que se inspiró en un episodio que lo sufrí y del cual fue testigo. Resulta que salía yo por enésima vez a la carretera, a esas alturas lleno de aprensión por el acoso de mis rivales, cuando se reprodujo la maniobra consabida: desde un recodo fue enviado a mi presencia un ser por demás extraño sobre una bicicleta espectral que parecía extraída del Purgatorio. ¡El tipo no tenía piernas, pedaleaba con las manos y sostenía el manubrio con los dientes! Como es de suponer, no sólo alineó a mi costado durante breves segundos, sino que me rebasó cumplidamente. Lo peor es que se dio el lujo de soltar el manubrio que mordía con toda la dentadura para volver la cabeza ¡y reírse en mi cara!

El asunto llegó a mayores cuando un gañán aprovechó que me paré a tomar un refresco para arrebatarme la bici y conducirla a una velocidad vertiginosa, de ida y de vuelta porque su intención no era robármela sino demostrarme que él sabía montarla mejor que yo. De rabia tomé un taxi y me privé del placer de manejarla durante un buen tiempo, reproduciendo mentalmente los gemidos desaforados que le escuché mientras la montaba otro.

Estos episodios se repetían con una regularidad demoníaca, como círculos infernales, hasta que una vez se me dio sorprender a un albaco en la bajadita del retorno de Chiñata. Lo vi y de inmediato piqué confiando en la esbeltez de mi bicicleta para hacerle morder el polvo de la derrota, cosa que conseguí pasando por su costado como un ave rapaz o una flecha ligera. Le saqué fácilmente trescientos metros, pero me tentó verle la cara y aflojé el pedaleo para esperarlo. Volví la cabeza y comprobé que pedaleaba trabajosamente para alcanzarme. Lo logró al fin y entonces medí la cruda dimensión de mi victoria cuando me preguntó: “Amigo, ¿conoce un hospital cerca?” Era un moribundo que tenía de un lado un frasco de suero glucosado y del otro medio litro de sangre que le goteaba en las venas. Como ustedes podrán suponer, a cien metros nos esperaba una murga que comenzó a reír a mandíbula batiente de mi pírrica victoria, mientras el moribundo trucho se quitaba los aparejos y saltaba ágilmente para unirse al coro riente.

La decepción fue tan grande que tuve que refugiarme en la noche, como un ciclista furtivo que buscara las calles más solitarias y oscuras y la complicidad de la luna y las estrellas. Pero uno nunca sabe dónde habita la poesía, pues resulta que en esos trances tenía que recoger un espejo de un metro de largo por unos setenta centímetros de ancho que apoyé sobre el manubrio decidido a manejar con extremo cuidado. Tomé una vereda tranquila de la avenida Chapare, flanqueada por eucaliptos añosos que me cubrían de miradas indiscretas. Y entonces se produjo el milagro: apenas bajé los ojos al espejo vi el cielo estrellado y las copas de los árboles. Entre ellas apareció la luna y tuve que torcer el manubrio para no pisarla, porque paseaba por una vereda celeste poblada de un pedrusco de astros y asteroides. Me incliné aun más en busca de mi rostro y entonces me vi como una criatura en vuelo o si quieren un superhéroe que volaba sonriente en el espacio sideral.

Esta visión beatífica me reconcilió con la vida y con la bicicleta. Desde entonces rehúyo las competencias diurnas y prefiero montar a solas y de noche, atento a los gemidos de mi dulce compañera, munido de un espejo que me devuelve el mapa del cielo y mi expresión beatíficamente satisfecha.