miércoles, 23 de septiembre de 2009

El infierno tan temido



El infierno tan temido
Él es anciano, tiene buena salud pero es ciego total ya unas tres décadas. Vivió el languidecimiento de su vista, pero el hábito de la tertulia, de la lectura y la imaginación gobernada por una mente precisa y concisa le aliviaron la soledad. En realidad, nunca se sintió solo porque en todo momento hubo alguien que lo escuchara, en especial un amigo menor que él, con quien cenaba noche a noche sin hablar de otra cosa que de literatura. Juntos hablaban, leían y escribían: de ese modo, el anciano ciego había construido un paraíso modesto pero tibio y grato; y al quedar completamente ciego, había hecho del defecto virtud, incluso profesión, pues las universidades le pagaban por escucharlo. Les fascinaba su divorcio absoluto de la retórica y del efecto oratorio, pues invariablemente discurría a su aire, con voz apagada pero con un encadenamiento geométrico de las palabras, un diamante verbal hecho de espejos, simetrías y laberintos.
En aquel refugio perfecto que construyó pese a su ceguera, había, sin embargo, un error de ingeniería que lo hacía vulnerable: la madre, la mujer. Desde niño hasta una edad en que ya peinaba canas, vivió bajo la tutela de una madre protectora y autoritaria, que le fue castrando las módicas habilidades de la vida cotidiana. Ya era bastante maduro y ciego cuando decidió culminar uno de sus blancos amores en el matrimonio. Se casó con una mujer posesiva y celosa. Si la madre le reprochaba ir a cenar con su amigo y contertulio, la esposa maquinó para enturbiar con su presencia el diálogo de dos amigos cuya complicidad mental excluía a terceros. Aun más, la esposa tomaba decisiones por él y lo comprometía a viajar como conferencista pagado; exigía acompañarlo y gastaba los honorarios en las grandes tiendas, cosa que no debiera espantarnos pues es práctica inveterada de muchas esposas, pero a él le compraba ropa usada, incluso zapatos usados, calculando que no se daría cuenta por su ceguera.
No tardó en divorciarse. Hasta entonces se había insinuado en su vida una alumna persistente cuyo rostro podía reconstruir apenas con la memoria del tacto. Ella fue convirtiéndose en pareja y la relación acabó en matrimonio. A diferencia de la primera, esta segunda esposa parecía exenta de las vanidades de este mundo; no perdía el tiempo en bagatelas y formulaba frases inteligentes. Se perfiló como la compañera ideal para un ciego que no buscaba en ella el esplendor de la belleza, sino la pálida discreción de una escucha inteligente. Sólo que, una vez casada, maquinó para evitar que su anciano esposo volviera a la costumbre de cenar con su amigo y contertulio.
Para entonces, el anciano y su amigo habían escrito juntos varios libros, unos de sonrientes parodias y otros antológicos; se los designaba jurados de premios literarios porque se sabía que trabajaban juntos, y el mundo del cine había conocido sus guiones, también conjuntos.
La nueva esposa logró convencer al anciano ciego y lo hurtó de su querida Buenos Aires. Lo encerró en un departamento silencioso, en Ginebra, y allí está él, correctamente vestido y sentado en un sillón. Ningún ruido, ningún susurro le disipa la sensación de estar completamente solo. Pero ella está frente a él, disfrutando de la mayor de sus sevicias: la de contemplar a un anciano ciego cuyo único paraíso era la tertulia, sumido en la soledad y el más completo silencio.