viernes, 25 de septiembre de 2009

La mujer más hermosa del mundo

La belleza femenina (quizá también la masculina) es una manifestación
sobrenatural que nos hace enmudecer. Acata la hermosura, dice José
Emilio Pacheco, un verso que se me viene cada vez que me topo con esos
bellos avatares de Helena de Troya o de Angeline Jolie, como me
ocurrió en Oruro, según paso a contar.

El año 1979 viví un largo pero cálido invierno en la tierra del
poderoso San José. Cálido por los amigos, parientes y compañeros que
me hicieron leve la vida. Silvia Mercedes Ávila me había alquilado la
casa de su papá, el insigne poeta Antonio Ávila Jiménez, en la esquina
Belzu y Vásquez, donde teníamos un patio enorme, que servía para poner
la mesa del almuerzo dominguero allí donde el sol caía a plomo, para
irla recorriendo hasta la pared del fondo, y recibir hasta el último
rayo del crepúsculo. Este deporte de fin de semana tenía huéspedes tan
conspicuos como Alberto Guerra Gutiérrez, con quien desagotábamos
(como decía mi carnal Alfredo) una y hasta dos damajuanas de vino.

Otro gran amigo de entonces era Xavier Martínez y su esposa Marta
Barba, compañeros valerosos en esos días de lucha por la apertura
democrática. Los recuerdo porque allí ocurrió la anécdota que voy a
contar.

Resulta que una mañana soleada fui a visitarlos en ese piso de segundo
nivel donde vivían, cuyo mayor encanto era un balcón enfarolado con
calamina plástica que difuminaba un delicioso calor. Ingreso a la casa
y lo primero que veo es el perfil ondulante de la mujer más hermosa
del mundo, que tomaba sol en bikini con la mirada dura y perdida como
la de un león. Su piel teutona comenzaba a broncearse, sus cabellos de
oro brillaban con la intensa luz, sus ojos transparentes de tan claros
miraban sin ver un punto fijo.

Ya me iba a acercar para saludarla cuando mi buen amigo Xavier me tomó
del cuello y me disuadió con un empujón hacia la cocina. Entonces me
contó lo que le había ocurrido a la bella huésped alemana. Noche antes
había tomado pieza en un alojamiento. El conserje y el empleado no
tuvieron empacho en tocarle luego la puerta para abusar de ella, pero
la bella alemana les dio una tunda mortal porque era cinturón negro.
Ambos tíos la denunciaron a la policía y dos guardias se la llevaron
para que pasara la noche entre rejas. La cosa es que los dos pacos
quisieron colarse a su celda y recibieron también su merecido. Así la
muchacha pasó la noche en vela resguardando su honor hasta el nuevo
día, en el cual recién pudo salir a llamar por teléfono a los únicos
amigos que tenía en Oruro, que eran Xavier y Martita. Ellos la habían
rescatado minutos antes y la habían invitado a relajarse tomando sol
en el balcón.

Si en esas circunstancias yo me acercaba con aires de galán, buena
tunda me hubiera llevado, pero gracias a mi amigo Xavier, a quien le
decimos El Wawa, resigné, yo diría que afortunadamente, la peligrosa
posibilidad de conocer a la bella alemana.