jueves, 24 de septiembre de 2009

Si lees esto ¡TE VA A ENCANTAR LEER!

Escribí estas notitas para mis nietos Ale y Antü

Los niños son reacios a hacer sus tareas. Mis nietos tenían como tarea practicar la búsqueda de palabras en el diccionario y ponían todo pretexto para posponer su trabajo. De pronto se les ocurrió buscar la palabra “traste”, de ella pasaron a “nalgas” y de ella a “culo”, mientras reían a carcajadas. En una sesión se volvieron diestros en el manejo del “cementerio de palabras”, como llamaba Cortázar al diccionario y al final el mayor de los dos fabricó una definición más precisa e imaginativa que la del diccionario de la Real Academia o del de María Moliner. Me dice: “Culo es la extremidad inferior de las nalgas”.

¿Qué fue primero, la naturaleza o el verbo? Para judíos y nominalistas, el verbo, pero la historia del alfabeto muestra lo contrario. Cuando se inventó el alfabeto a fuerza de sintetizar los jeroglíficos en signos, resulta que el signo más utilizado, el jeroglífico de un toro, se convirtió en la letra A, que si se la ve como un dibujo, es la cabeza invertida de un animal con astas. Esto me mueve a pensar que todos los signos aluden a la vida, a la sensualidad, porque son alusiones a formas bellas de nuestro cuerpo y de nuestros sentimientos.

La A y la Z tienen una historia en común. La A es un toro que rumia sospechando el origen de sus cuernos y la Z es el rumbo de su deambular acosado por el insomnio y los celos. La b está chuta, como esperando un implante de silicona; en cambio, la B, ¿no es una nodriza generosamente dotada por la naturaleza? Ramón Gómez de la Serna lo decía mejor: “La B es el ama de cría del alfabeto”. ¡Qué tetas! Sólo habría que añadirle pezones.

La Y es una mujer bella, estirada y derecha, pero se la ve muy depilada. No le haría mal pintarle vellitos. Como a la V, mujer madura, o a la v, mujer púber, ¿no ve?

La C es un culo y la c, un culito. Un duende juguetón le pintaría un anito. La D es una mamá embarazada; no sería profanarla pintarle también vellitos.

La j y la i son letras erguidas y cachondas en trance de disparar una perla. ¿Quién podría aguantar tanto tiempo verticales sin estallar? La g es una perfecta hormiga.

La f es un farol apagado a cuya sombra se besan los enamorados.
La n y la u son damas de honor abollado, la primera tronco abajo y la segunda piernas arriba. La m es una gorda de Botero buscando musarañas en el piso. La H es la silla de un hidalgo desconocido visto de espaldas y la h es una silla que invita a reposar y guardar silencio. La k es una bailarina. La p y la q son un fifí que se mira al espejo.

La o nos remite a la Historie d’o; como diría Susana Rivero, es la boca dispuesta a la fellatio. Sobre la r, una dulce amiga escribió líneas que no voy a repetir porque aluden a su vida íntima. La s es un dios fálico. La t es un enigma en el telégrafo. La w: doncellas siamesas. En el Kama Sutra del alfabeto, la x es una pose que entrelaza a los amantes y los lleva al éxtasis.

Cuando se iniciaba en primaria, mi hijo Manuel terminaba sus operaciones de matemáticas y las decoraba con lápices de colores. Le tocó revisión de cuadernos y el cojudo de su profesor le hizo rehacer todo el cuaderno. Pienso que si estimuláramos la imaginación de los niños, ellos se encargarían de devolverles la vida a los signos.

Los profesores de mi colegio eran puros viejos bigotones. Sólo recuerdo una vez que una normalista fue a hacer sus prácticas y quedé enamorado de ella para siempre. Era justamente profesora de literatura. Mientras escribo estas greguerías la recuerdo a ella y no a esos viejos que han convertido el alfabeto en un conjunto de signos abstractos, cuando son signos con vida, con sensualidad, que aluden a formas bellas de nuestro cuerpo y de nuestros sentimientos.