miércoles, 23 de septiembre de 2009

Evadirse de la cruda realidad

Ver cada día los noticieros, leer los diarios, enterarse del dolor de nuestros hermanos por las inundaciones, es descorazonador y muchas veces induce a esconder la cabeza y no enfrentar la realidad. Una buena película, un cambio de canal para alejarse de este medio que nos inunda con sus penas son formas cotidianas de evadirse de la cruda realidad.
Un caso especial fue el de Jorge Luis Borges. A él no le tocaron inundaciones pero hubo una realidad que acabó por encerrarlo, a veces con rencor, en la soledad de sus lecturas y de su ceguera: el peronismo, el ascenso de los cabecitas negras, de esos tipos guarangos, chuscos, ordinarios, incultos y sudorosos que contrastaban con la pureza de los personajes literarios que él admiraba. Ya su padre le había enseñado a desdeñar las cosas de este mundo, iniciándolo en la lectura de Berkeley, de Schopenhauer y de Hume. Menudos mentores para facilitar la evasión de la cruda realidad, pues Berkeley, según resume Borges, dice que "todo el coro del cielo y los aditamentos de la tierra –todos los cuerpos que componen la poderosa fábrica del universo—no existen cuando no los pensamos, o sólo existen en la mente de un Espíritu Eterno". Schopenhauer definía el universo como un fenómeno cerebral; y David Hume negó hasta la existencia del yo, de uno mismo.
Borges toma estas filosofías y juega con ellas, pues una temprana honestidad a toda prueba le hace extrañarse de esa costumbre curiosa de creer que un escritor, por ser escritor, automáticamente sea un pensador, un filósofo, un intelectual. Borges jugaba fragmentando esos conceptos idealistas en conjeturas pues jamás se consideró un pensador, al igual que Cortázar, que jamás quiso que lo clasificaran como un intelectual.
El linaje de la evasión de la cruda realidad es tan antiguo como la humanidad; al menos se remonta a la Biblia, pues el propio Jehová creó primero el alfabeto hebreo, luego combinó sus 22 signos y de esa combinación nació la cruda realidad. En una tradición más próxima está Walter Pater, el a veces desconocido mentor de James Joyce y de Virginia Woolf, para decir sólo dos grandes nombres. Walter Ignatius Pater era solipsista, es decir, negador de la realidad, y así su literatura era una leve estructura de palabras. Bajo su influencia, Joyce construye una aventura verbal en su voluminosa novela Ulises, que sin embargo transcurre sólo 24 horas. En ese curioso día, Joyce reconstruye verbalmente las temibles peripecias del héroe de la Odisea, pero su personaje irlandés no se enfrenta con Polifemo ni con la furia del mar ni con los hechizos de Circe, pues apenas deambula por Dublín en una evasión de dos millones de palabras. El famoso monólogo interior de Molly Bloom, con el cual termina la novela de Joyce, es un puro proceso mental, al margen de la cruda realidad. En cuanto a Virginia Woolf, en su novela Las Olas, construye estrictamente lo que piensan sus personajes, sin la menor intervención del narrador ni la menor descripción del paisaje circundante. Únicamente una sucesión incesante de olas y olas de pensamiento, evadidas de la cruda realidad.