miércoles, 23 de septiembre de 2009

Lo cholo

Mucha gente dice que desconfía de lo cholo no por razones étnicas sino por lo que llaman "cholo proceder". Yo creo que aquí está uno de los elementos que define lo cholo: la gratuidad de sus acciones. El que se siente indio o caballero, y en general el que se siente representante de una raza pura, no tiene otro remedio que enervar su conducta obedeciendo a un arquetipo. En cambio el cholo no tiene arquetipos y entonces obedece a múltiples impulsos que emergen de esa trama de sangres y culturas construida en su ser. Trama que, como la del vino, tiene borras amargas y vapores elevadamente espirituales.
Un elemento adicional es la concreción. El indio o el caballero son abstracciones y, a veces, equívocos, porque en un caso se está diciendo hindú a un aborigen de otras tierras y en el otro se dice caballero a quien jamás practicado la equitación. En cambio el cholo es siempre un cholo concreto, irrepetible, único en su múltiple capacidad de desconcertar. Quizá se refería a esto David Alfaro Siqueiros cuando decía que no le gustan los perros de raza porque son todos igualitos; en cambio los perros mexicanos, ¡qué personalidad!, no hay uno solo que se parezca a los demás.
Otro elemento de lo cholo es la extroversión. El indio o el caballero son personalidades construidas en torno a modelos hieráticos, silenciosos, inexpresivos como la piedra. Al cholo le es imposible silenciar las voces que lo habitan, así como le es difícil nombrar unívocamente el mundo que le rodea. Por eso, un humor típicamente cholo que despierta corrientes inmediatas de simpatía (o de empatía) es el choque (¿erótico?) de lenguas distintas: yanki-llokhalla, yana-gringo, maki-trancana, k'opa-bigote, etc.
Lo cholo, esa forma de designar un mestizaje específicamente boliviano, tiene en su alma la virtud del encuentro de múltiples sangres y culturas. Por eso ser cholo es, más que un problema racial, una apuesta cultural y yo diría que en principio lingüística, que excluye con risotadas a los puristas. A los puristas del castellano como del quechua o del aymara, en beneficio del habla cotidiana, dúctil y siempre recreada de todos los días. Uno puede ser hijo y nieto de cholos y hablar con la afectación de un Víctor Hugo Cárdenas, por ejemplo, o no ser tan mestizo y apostar cultural y lingüísticamente por lo cholo como el pintor paceño Edgar Arandia Quiroga, el Soliscacho ( filosofo de Cala Cala), el Ithapallo, el Alfredo Medrano, mi corresponsal en el Más Allá, o este servidor.
Y eso que al escribir ahogamos inconscientemente al cholo que quiere hablar en beneficio del cawallero que pugna por expresarse correctamente. Y no se crea que sin angustia, porque como no hay un solo piso lingüístico boliviano, pensamos al mismo tiempo en castellano, quechuañol, aymarañol y cambañol: quizá la forma mestiza, múltiple, abigarrada, del pensamiento nacional.