jueves, 24 de septiembre de 2009

Bellas las que leen




Las mujeres que leen parecen parientes de Los Kjarkas ¡Qué Hermosas son en actitud de leer! Neruda diría: "Parece que los ojos se te hubieran volado / y parece que un beso te cerrara la boca". En algún momento, todas tienden a perder la mirada y sonreír distendiendo apenas una de las comisuras de los labios. Entonces reviven el mito de la Gioconda y el misterio de su sonrisa, pues según es fama, sonríe así porque se ha comido un hombre.
La mujer que lee parece sumergida en sus sueños, de visita en las tibias concavidades de su mágico interior. Una mujer que lee invariablemente suspira, menea la cabeza, desnuda delicadamente los dientes, hace un mohín, se acaricia como una gata o simplemente tira el libro por la borda si es aburrido.
¡Qué fina estética la de una mujer que lee y enciende un cigarrillo! Uno diría que las volutas del humo son comentarios, apostillas, subrayados y notas al margen. La mano de mujer se espiritualiza, le crecen alas cuando sostiene un cigarrillo: se vuelve expresiva y lectora golondrina.
¿Se puede leer poesía en jeans? ¿Con un cinturón hebilludo? ¿De uniforme y con botas? Lin Yutang, el sonriente diminuto y occidentalizado filósofo chino se espantaba de la costumbre de leer con zapatos. ¿Cómo se puede disfrutar de la lectura con ligas y cintos que te ajusten el cuerpo? Aconsejaba vestir una túnica amplia, sin ropa interior y con los pies amablemente desnudos.
Algo de esa dulce costumbre percibo en Mariana, que lee "El segundo sexo" de Simone de Beauvoir descalza y con un veraniego medio metro de tela fresca, o en Camila, que lee "Ensayo sobre la ceguera", de José Saramago, enfundada en ese comodísimo envoltorio diseñado menos para el deporte que para el ocio: el buzo. Raquel lee para encontrar certidumbres, no para acumular cavilaciones, y por eso prefiere la vertical de una silla y la horizontal de una mesa. Camila no usa lentes. Mariana quemó dioptrías desde muy pequeña y los usa. Raquel los ha estrenado en su vida universitaria. ¡Qué misteriosas se ven las mujeres con lentes! Uno diría que gozan, como Alicia, del otro lado del espejo.
Ahora quisiera que me digan si frente al encanto misterioso de una mujer que lee, puede ofrecer algo parecido una sonsa de 1.90 de estatura enfundada en un "body" pintado al cuerpo, que necesita fatigar todas sus neuronas para decir: "Hola, mi gente", "Hola, mi amor". Atributos sí los tiene y evidentes, ¿pero misterio misterio, qué otro misterio que la composición química de sus gotitas de sudor?
Qué diferencia entre las mujeres, tan dulces y naturales cuando leen, y los hombres en acto de leer, tan artificiales, tan sociales, parece que posaran para la posteridad adoptando su gesto más característico, sea una gravedad asnal y la actitud de sostener postizamente el libro mientras miran al retratista invisible con ojos llenos de astucia y de inteligencia. Y, por lo general, qué mal les quedan los lentes.