viernes, 25 de septiembre de 2009

Una profecía sobre el 11/S





Thomas Merton, monje trapense y poeta, guía espiritual de Ernesto
Cardenal, escribió en 1947 un poema estremecedor titulado “Figuras de
un apocalipsis en las ruinas de Nueva York”, en el cual parece revivir
las revelaciones de los profetas bíblicos al anunciar casi medio siglo
antes el derrumbe de las Torres Gemelas. “¿Cómo han caído, cómo están
ahí tumbadas / esas torres de hielo y acero grandes y fuertes /
derretidas por qué terror y por qué milagro? / ¿Qué fuegos y luces,
con el odio blanco de / una sentencia súbita, hicieron derramar / esas
torres de plata y acero?”, escribe Merton, como si hubiera adivinado
el atentado del 11/S.
El poema dice lo siguiente: “Más pálida que la cara de una actriz
está la luna. / Hemos escuchado su lamento en la hiedra marchita /
sobre puentes dentales,– / en la hiedra marchita, destrozada, / que
ama hecha ventarrón en rehilete. / Más pálida que la cara de una
actriz / está la luna, y por ti llora, Nueva York, / buscándote entre
escombros de puentes, / y se agacha para escuchar al falso bronce / de
tu voz sofisticada / ¡cuyos cantos ya no se escuchan! / ¡Qué quietud
ha llegado tras la oscura noche! / después de que las flamas desde las
nubes / calcinaron tus dientes con caries, / y cuando esas
luminosidades lanzaron / las negras ebulliciones de Harlem y el Bronx
/ derramaron a los prisioneros permanentes / (las decenas y veintenas
de vivos) / sobre las frondas de los árboles de Jersey / de verdosos
ranchos, para encontrar la libertad. / ¿Cómo han caído, cómo están ahí
tumbadas / esas torres de hielo y acero grandes y fuertes / derretidas
por qué terror y por qué milagro? / ¿Qué fuegos y luces, con el odio
blanco de / una sentencia súbita, hicieron derramar / esas torres de
plata y acero? / Tú, cuyas calles han crecido por entre rejas, /
Arraigadas en Bowling Green arraigadas a golpes / en Upper Bay: /
¿Cómo estás desnudada, hoy, hasta tu esqueleto? / ¿Qué cambió tu carne
viva por carne muerta? / ¿Dónde está el fulgor de tus licencias
obscenas? / ¿Oh, dónde están tus niños en la tarde del domingo / uno a
uno baleados desde las sombras de la Paramount? / Las cenizas de las
torres aplanadas siguen
remolinando con adornos de humo, mientras velan / en tus exequias, y
con el tufo de la incineración / escriben, entre rescoldos, este tu
epitafio: / “Aquí existió una ciudad
que se vestía con dinero de papel. / Vivió cuatrocientos años con
monedas / de níquel circulando por sus venas. / Amó las aguas de los
purpúreos siete / mares y ardió / en su propia verde bahía más grande
/ y más blanca que la de Tiros. / Fue grosera como un taxi. Con sus /
altos tacones algunas veces sus ojos / se vieron azules como la
ginebra, / y durante toda su vida los clavó en / los corazones de sus
seis millones de pobres. / Ahora ella murió entre terrores de / una
repentina contemplación –Ahogada / en sus aguas de un manantial
envenenado.” / ¿Podremos consolar a las estrellas ante / la larga
sobrevivencia de esa perversidad? / Mañana y un día después nacerán
pastos / y flores en el seno de Manhattan. Pronto / en el lugar de las
sucias ventanas se / mecerán las ramas de nogales y sicomoros / –Las
hiedras y los viñedos derrumbarán / las frágiles murallas. Las
fachadas de / piedras grises quedarán enterradas en / la frescura y
fragancia de las flores. / La rosa silvestre y el manzano / florecerán
en los / barrancos silenciosos / de la ciudad. / En las cornisas de
viejos departamentos / habrá nidos de palomas y panales. / Las aves
cantarán sobre espinos asoleados / donde estuvo la Park Avenue. Y en
el lugar / del Central Park habrá un cerrito / arracimado por dulces
oscuros pinos. / Piensa que habrá algún campesino deshierbando / el
bosque para sembrar un acre de milpas / que se verán como estandartes
en las colinas / sobre el campo de Harlem. ¿Vendrán / los cazadores a
explorar las campiñas vírgenes / de Broadway buscando linces y
venados? / ¿O algún ermitaño, escondido entre abedules, / con los
ladrillos del palacio municipal / construirá su ermita cuando todos
los / subterráneos se vuelvan arroyos y riachuelos / con peces
fluyendo bajo el sol y en silencio / hacia el Battery sembrado de
cañas? / Pero la luna, hoy, luce más pálida que una / estatua. Se
asoma cargando una lámpara entre / árboles de hierro en esta
Hespérides arrasada. / Bajo esa luz, en las cuevas que alguna vez /
fueron escollos y teatros, gente greñuda viene
a jugar– / Y creemos oír el canto de las esfinges con eco / entre las
rocas de Wall Street y Pine Street. / Nos quedamos llenos de miedo y
más mudos que / las estrellas que caen cojeando en aguas mutiladas. /
Más mudos que la madre luna, blanca muerte que / vuela y escapa
cruzando la aridez de Jersey. La versión es del poeta mexicano José
Vicente Anaya, así como esta nota introductoria publicada en La
Jornada Semanal, del DF. Thomas Merton (1915-1968) a finales de 1941
decidió ingresar a la orden monástica de los cistercienses (más
conocidos como trapenses), en la Abadía de Getsemaní, Kentucky,
Estados Unidos. Años más tarde haría los votos para consagrarse como
monje sacerdote y llegó a ser maestro de novicios en dicho monasterio,
enseñando teología, filosofía y literatura. Antes estudió en Cambridge
y vivió varios años en la atmósfera intelectual y bohemia del Villege
de la ciudad de Nueva York mientras daba clases de filosofía en una
escuela de educación media.
La cantidad de libros que Thomas Merton publicó es abundante, en
español pueden contarse más de veinte títulos, algunos de ellos: Amar
y vivir, Humanismo cristiano, Ishi significa hombre, Acción y
contemplación, El hombre nuevo, Reflexiones sobre Oriente, El Zen y
los pájaros del deseo, Nuevas semillas de contemplación, Paz personal
paz social, Amar y vivir, El camino de Chuang Tzu, etcétera.
Acerca de sus ideas sobre lo que es una ciudad, alguna vez Merton
escribió: “Las primeras ciudades del continente americano fueron
centros de celebración. Eso eran, por ejemplo, las primitivas ciudades
mayas de Guatemala y la ciudad zapoteca de Monte Albán, en México.
Ciudades muy antiguas de entre los años 500 y 300 aC , contemporáneas
de las ciudades-Estado de Grecia. Las primeras ciudades mayas y el
centro zapoteca de Monte Albán no eran capitales imperiales. No tenían
ejércitos. No tenían reyes. No conquistaron a nadie. Si había luchas
era a pequeña escala. La ciudad no había sido construida por la guerra
y la conquista. El dinero no existía. La ciudad fue construida por el
pueblo, no para un rey, no para una pandilla de generales sino para
ellos mismos; era un lugar de celebración.” ¿Nueva York alcanzaría ese
rango civilizado para la celebración? Merton conoció muy bien la
ciudad de Nueva York. Después de seis años en el monasterio, caminando
por dicha ciudad tuvo esta visión del futuro que escribió en forma de
poema y que aquí presentamos.