jueves, 24 de septiembre de 2009

Venturas y desventuras de Jenny Marx




Jenny von Westphalen se asomó a la puerta entreabierta y vio al gordo tumbado en el piso y usando la pluma metálica para escribir y tachar y rasgar y volver a escribir sopando la cucharita en el tintero y derramando la tinta en la vieja alfombra que a Jenny le provocaba crisis de asma, seguramente por el hollín de Londres que se posaba imperceptiblemente en ese tejido burdo que el gordo había comprado por unos cuantos chelines.

Le decía el gordo pero su amor, es más, su devoción por él era indeclinable. Lo amaba así, distraído, irresponsable, pobre, obseso y con las nalgas llenas de forúnculos, que le obligaban a echarse en el piso para escribir, pues no aguantaba estar sentado. Durante el día se refugiaba en la Biblioteca de Londres y leía de pie, de sol a sol, mientras tomaba apuntes; y luego, por la noche, tras devorar la sopa de coles que no tenía ningún artificio, pues el dinero no alcanzaba para eso (para casi nada), el gordo abría ese manuscrito desordenado y repleto de anotaciones y cálculos al margen cuya primera hoja decía: Karl Marx. Das Kapital.

Se conocían desde niños y habían decidido casarse cuando él era estudiante de Filosofía, pero tuvieron que esperar la muerte de los padres de Jenny para unirse incluso contra la voluntad nada menos que del ministro del Interior prusiano, hermano de Jenny. Por entonces la vida les sonreía. Karl era director de los Anales franco-alemanes, y gozaban de cierta bonanza económica, por supuesto eventual, porque se desató la persecución contra Karl, la censura y confiscación constantes de la publicación y el exilio.
Jenny miraba al gordo e instintivamente se acariciaba el vientre: habían tenido seis hijos y perdido a tres: Guido, de convulsiones, Francisca, de bronquitis y Edgar, de tuberculosis. Todos de hambre, de falta de calefacción y de vivienda.
Helene Demouth vivía con ellos. Había ido al mercado a estirar unos chelines para ver cómo conseguía un poco de leche para los niños, y quizá unos pesos demás. Si Jenny desfallecía, allí estaba Helene para cuidar a Karl. Cuando Helen se embarazó y no se conocía la identidad del padre, las malas lenguas señalaron a Karl; pero llegó Federico de urgencia y reconoció al niño. No abundó en detalles, sólo insinuó con discreción que, en alguna de sus visitas, mientras corría a la imprenta junto a Helene, llevando los originales que acababa de copiar Jenny, había cedido a la tentación pero no le costaba darle su apellido al niño.
Federico Engels vivía en Liverpool y jamás olvidaba enviar la remesa mensual que Jenny estiraba como podía; pero antes tenía que sortear la conspiración de Karl, porque el día de recepción de la remesa se anunciaba invariablemente con nubes negras que eran presagio de tormenta. Karl iba al banco, cobraba la remesa y compraba tabaco para él, golosinas para los pequeños y algún regalo más ingenioso que caro para Jenny, hurtando preciosos chelines al presupuesto familiar. Su humor era cíclico pero nunca montaba en cólera: se ponía de muy buen humor cuando recibía la remesa y luego se hundía en un silencio caviloso e indiferente que giraba alrededor de sus lecturas y de la obra que escribía. Cuántas noches Jenny lo obligaba a descansar y a desnudar, como un niño, las nalgas para desinfectar sus forúnculos con violeta genciana, que no le hacía el menor efecto, pues se reproducían como hongos. Pero Karl no se quejaba, no parecía sentir dolor ni picor alguno. Tan enfrascado vivía con sus cálculos que hablaba solo (“20 varas de lienzo = 1 levita”) y a ratos interpretaba el lugar de un sastre y el de un vendedor de géneros y el de un agricultor que cultivaba trigo. Y en ese papel rotativo hacía transacciones que luego se convertían en fórmulas, y todo parecía reducirse a una palabra que repetía como el Padre Nuestro: la palabra plusvalía.

Cuando la descubrió, bailó como un adolescente y obligó a los pequeños a hacer una ronda que acabó integrando a Jenny. Una noche la tomó de los hombros, la llevó a la estancia donde trabajaba, tomó una silla y le explicó:

--Una silla es eso, una cosa, un objeto cualquiera; pero apenas se convierte en mercancía se vuelve físicamente metafísica. Se pone a bailar sobre una pata y no hay quién pueda controlarla –y bailaba como si la silla fuera su pareja.

En otra ocasión, ingresó al dormitorio para leerle el remate de un capítulo que entonó con voz grave:

--Y allí va el burgués, orondo y satisfecho, sabiendo cuál es el poder de su dinero; y detrás va el obrero, cabizbajo y triste, sabiendo lo que le espera al que vende su pelleja: ¡que se la curtan!

Karl se concedía un solo antojo: el tabaco. Fumaba como una chimenea de Manchester y admitía, socarrón, las críticas de Federico. Cierta noche que su gran amigo le había prevenido quizá con excesiva dureza sobre los riesgos que venían del uso del tabaco, Karl salió con un cálculo económico inconcebible:

--Hace un par de semanas que estoy juntando un tremendo capital, chelín sobre chelín. Se me ocurrió la última vez que compré tabaco turco, que, la verdad, me salía muy caro. Poco después encontré otro estanquillo donde me daban tabaco picado y negro, es cierto que más ordinario pero yo diría que aceptable. Lo bueno es que al comprarlo ahorro cada vez medio chelín. ¿Te das cuenta? A medio chelín por día…bueno, sin exagerar, a chelín y medio por semana, en un mes ahorraré 6 chelines; en 12 meses, 72 chelines; en 10 años: 720 chelines, es decir, 300 libras. ¿Te das cuenta? ¡Estás hablando con un futuro millonario!

Federico tomó sombrero, paraguas y abrigo y se dirigió de inmediato a la puerta.

--Que quemes tu vida por estudiar la plusvalía, lo entiendo. Pero que quemes tus pulmones por 300 libras…

Karl concluyó por fin el primer tomo y una tarde llegó con papel y tinta que había comprado con algunos chelines cisados de los gastos de mesa. Aquel mes sería de hambre y crujir de dientes, pero Jenny se alistó con resignación a copiar ese primer tomo que le demandaría casi todas sus horas, de sol a sol y aun de noche, mientras hubiera dinero para comprar bujías. Karl le pedía una y otra copia; le exigía que fuera cuidadosa con las fórmulas, que no equivocara una sola frase, que escribiera con letra elegante, que fuera correcta. Y Jenny encorvaba la espalda y aun se dormía con el cansado rostro posado en el escritorio, sobre esas frases que contaban el drama de los obreros en tiempos de la reina Victoria.

¡Cómo costaba el papel! ¡Y la tinta! Había que ser muy cuidadoso para no equivocarse y desechar una sola hoja.