jueves, 24 de septiembre de 2009

La vida en bicicleta




En memoria de Alfredo Medrano

Hace décadas que mantengo una relación conyugal con mi bicicleta; quizá por eso cuando otro la monta le hallo guiños, gemidos y meneos desconocidos que, naturalmente, despiertan mis celos. Y entonces entiendo a don Juan Gutiérrez, viejo portero del diario donde trabajé hace 20 años, que respondía con una frase olímpica a los prestamistas de bicicletas: “Cosas de montar, no se prestan.” Ni Horacio, en la cumbre del verso latino, lo hubiera dicho mejor ni con menos palabras.

Hasta aquí se vislumbra ya un conflicto: amo a mi bicicleta, pero tengo aversión por los ciclistas de prestado, que no son capaces de mantener la suya y andan prestándose o robándose la ajena. ¿Con qué hígado se puede prestar una criatura esbelta, de huesos huecos, como las aves, que se desliza a centímetros del piso sobre dos halos de aire? Tanto peor concepto tengo de los fletadores, que son macrós, cafishios, alcahuetes de este vehículo tan noble y volátil que, como las musas y las gracias, es de género femenino.

Los detesto en la misma medida en que ellos me detestan; pero lo peor es que a ratos siento la aprensión de que se han confabulado contra mí al punto de organizarse en un gremio que tiene desde señoritos a humildes albañiles. Percibí sus asechanzas el año 85, cuando adquirí una bicicleta deliciosamente flaca, con una elegante cornamenta de cordero divino que coronaba su estructura de avispa montada sobre dos delgadas ruedas. Era una de las primeras bicicletas chinas de carrera que relevaban la guardia de la sólida brigada inglesa que hizo las delicias de nuestros abuelos y padres. La montaba de la mañana a la noche y como una yegua amorosamente domada reaccionaba a mi peso con una velocidad constante y silenciosa, de cara al viento y apuntando la nariz como una proa de una nave de picaflores. Para no desentonar con su elegancia, me enfundaba en un buzo costoso y unas zapatillas de color. Así vestido ascendía el ligero repechón que hay en la carretera a Sacaba, del puente Siles adelante, cuando de pronto aparece a mi lado un albañil huesudo, con lamparones de yeso y coronado con una calatrava hecha con una bolsa de cemento. Montaba, erguido como un Quijote, una vieja bici maltrecha, con dos espigas por pedales, gomas llenas de mataduras, aros descentrados y casi desguarnecidos de radios; y sin embargo picó y en dos quínolas me sacó cien, doscientos metros.

Me resistí a creer que se trataba de una conjura, pero a la mañana siguiente, ya con el buzo sin etiquetas y los zapatos de color amoldados a mis pies, volví a la carga dispuesto a llegar a Chiñata sin relevos. No había avanzado un par de kilómetros cuando vi clarito que me esperaban en el cruce a Quintanilla y delegaban la misión secreta a un ciclista rengo, pequeño como un mono ciciro y encaramado en una bicicleta Caloi con asiento banana. Para mí que calcularon el contraste con el objetivo de redoblar la afrenta, porque el monicaco me empató, guiñó un ojo bizco y comenzó a sacarme irremediable ventaja. Y eso que mi bici tenía 14 velocidades mientras su pequeña bestia andaba sólo a la fuerza que daban sus pies.