miércoles, 23 de septiembre de 2009

El inodoro-pupitre

Hay una multitud de personas en el mundo que tienen el vicio de leer sentados en el inodoro, por más que sus proctólogos les prevengan sobre las temibles consecuencias que trae la distensión prolongada del ojo secreto. Aun más, conozco gente que no puede entrar al baño sin capturar al paso algo para leer, no importa qué, pero no, seguro, la Metafísica de Aristóteles o la Summa Teologica. Lectura liviana, más bien.
A mí se me hizo un problema leer las 1.670 páginas de "Borges", el diario de Adolfo Bioy Casares publicado póstumamente por Editorial Destino. Apoyaba el tremendo libro en la pierna derecha, como un bandoneón y lo leía no sin cierta dificultad, pero al querer subrayar un párrafo o anotar una indicación el libro se me caía y acabó bastante despanzurrado.
Cuando este proceso de deterioro se encontraba a medio desarrollo, encontré la solución. En realidad, la había pensado hacía tiempo, pero era la primera vez que me sentaba al inodoro acompañado de semejante volumen. Normalmente llevo libros de bolsillo que pueden ser novelas, cuentos, ensayos o bien revistas y crucigramas. Precisamente en esa pose inventé el ch'akigrama, de grata memoria para los militantes de la buena vida.
El caso es que el libro de Bioy se me caía tanto que de inmediato inventé el inodoro-pupitre, y cuando lo estrené, me sentí un rey en su trono. La inclinación de la tabla me permitía leer el voluminoso libro sin dificultad, e incluso pude agregarle al pupitre un adminículo para guardar lápices y tarjetas blancas para tomar anotaciones.
Gracias a que vivo solo, el tiempo se me pasa del modo más grato sentado en mi nuevo trono, sin que nadie en la casa me urja a abdicar. Como a veces siento sed, e incluso hambre, adosé una bandeja para colocar un vaso de agua y un plato. El agua es a veces sustituida con una delicada ración de whisky. El plato puede tener hielo, pero a veces, lo confieso, trae galletas, mermelada y, en ocasiones, jamón serrano.
Hace tiempo soñé construir mi hogar concentrando mis gustos en el baño. Por entonces había decidido instalar varios inodoros en un hemiciclo, con una mesita central que sirviera para acomodar bebidas y bocadillos, estantes de libros y acaso un frigobar y hasta una pequeña cocineta. Siempre me imaginé que era el lugar más indicado para restituir la costumbre del diálogo socrático que Platón pintó con inigualable estilo. Incluso soñé un inodoro hecho con el molde de mis manos, destinado con exclusividad a una mujer a quien amaba entonces.
Pero las cosas no siempre salen como uno las sueña. Hoy no tengo casa ni camioneta y mi baño es pequeño. Vivo como un estudiante, pero como un estudiante con sueños, y entonces he comenzado a acomodar una pequeña colección de libros junto al inodoro-pupitre, para no tener que levantarme a buscarlos por una consulta. He solucionado el tema de bebidas y bocaditos. No puedo instalar un inodoro más ni un frigobar ni una cocineta, pero ¡vaya que la paso bien!