jueves, 24 de septiembre de 2009

La Diablada en México

En 1991, la Diablada Ferroviaria de Oruro visitó oficialmente México. Se celebraba un gran encuentro indígena y la cohorte de Lucifer era el atractivo mayor de la fiesta organizada por el DDF, que es la alcaldía del DF. La jira fue el fruto de una larga negociación, y la comandanta de la expedición fue Yarmila Mariaca, quizá la única mujer que logró la obedeciencia respetuosa y callada de una legión de diablos.

En las reuniones de organización a las que asistí en México se insistía mucho en el carácter indígena de la reunión, y un antropólogo puntilloso y, por supuesto, blanco de la cabeza a los pies, quiso tranquilizarme anunciando que había conseguido un convento del siglo XVII en el barrio de Tlalpan para que allí se alojaran “los indígenas de la diablada de Oruro” y se acomodaran a sus anchas. Su escrúpulo era que a veces los indígenas prefieren dormir en el suelo, en comunidad, o prender fogatas, o ejecutar danzas guerreras o fumar pipas de la paz o cosas por el estilo. De inmediato le dije que en el caso de la diablada sería un gravísimo error, pues ellos necesitaban un hotel de cinco estrellas, con todas las comodidades. Me miró como a un neófito blanquiñoso que no entiende las costumbres originarias, pero felizmente no opuso reparo y de ese modo mis queridos diablos se alojaron en un hermoso hotel frente al Monumento a la Madre, a pasos de la avenida Insurgentes.

La llegada de los diablos vestidos de civil produjo un hondo desengaño en el antropólogo mexicano, que quizá pensaba recibir a caciques y guerreros desnudos y ornados con plumas y pinturas rituales. No. Del avión bajaron lo que llamamos “caballeros”, y entonces el antropólogo me miró con un gesto que exigía a gritos una explicación.

Opté por presentar a los diablos: el señor aquí es gerente del Banco tal; este otro señor es médico; éste es abogado; esta columna está formada por catedráticos de la Universidad Técnica de Oruro; estos señores son diputados de la región; este otro fue ministro de Estado; éstas niñas son ricas propietarias mineras, en fin. Me lo llevé aparte y esgrimí un solo argumento: ¿alguna vez había visto entre los danzantes aztecas, huicholes, mayas, yaquis o michoacanos al rector de la UNAM, a catedráticos de la Ibero, a jerarcas del PRI, a secretarios de Estado, a hijos del propio Presidente o a gerentes de Banco? ¡Jamás! Porque en México, como en Guatemala o en el Perú, países con inmensa población indígena, estas manifestaciones artísticas están reservadas sólo para los naturales, y los “caballeros” simplemente las ignoran.

Hice un punto a favor, porque este fenómeno es digno de destacarse: la apropiación de tradiciones populares por intelectuales, políticos, artistas o simplemente hijos de familia con alta escolaridad quizá sólo se da en Bolivia, y con creciente entusiasmo como se demuestra a simple vista viendo quiénes integran los grupos folklóricos o quiénes festejan la fiesta de Comadres.

Por supuesto que, ya puestos los trajes rituales y las máscaras de diablos, no había diferencias sociales sino jerarquías infernales, una estratificación sin duda superior.