miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tecnología de los sueños




Hace más de una década que vivo colgado de mi celular; sin embargo, apenas unas noches atrás logré incorporar esta tecnología en mis sueños. De pronto sonó mi celular onírico y me di modos para contestarlo.
Recuerdo que alguna vez tuve un Star Track, o algo así, que sucumbió cuando me dormí encima del atribulado aparato y casi lo destripé. Como era caro, lo manejé así un tiempo, hasta que mi amigo Manuel Robles, corresponsal de Prensa Latina, me dijo una pulla aguda como una ulupica: "Mucha tecnología para tan poco cholo".
Recuerdo esa frase al comprobar que buena parte de la tecnología que me es habitual en la vigilia no ha logrado ingresar a mis sueños. Suelo soñar con la pantalla de una computadora y escribiendo en Word, pero todavía no me han instalado Internet, o sea que de recibir emails y de chatear, ni hablar. El correo de mis sueños todavía funciona como en tiempos de Miguel Strogoff.
Tampoco ingresan en ese mundo el discman, el pen drive, el mp3; sin embargo, la otra noche soñé que había logrado despegar manejando un Boeing y el problema surgió al recordar que no sabía cómo aterrizar semejante máquina.
Otras falencias tecnológicas provienen de los coches que manejo entre sueños. Particularmente me falla la luz de los faros, porque tengo un sueño repetido: que conduzco a gran velocidad sin ver por dónde voy, porque el camino está muy oscuro. Busco afanosamente el control de los faros y en el vano empeño me despierto; señal de que no gozo de un mantenimiento adecuado en esos coches oníricos.
Cierta vez, hace 25 años, trabajé hasta doce horas diarias en el Canal universitario. Al irme a dormir, el cerebro me titilaba y parecía una sirena encendida de carro patrullero, señal de que no descansaba pues la vigilia había invadido la zona de soberanía de mis sueños. Con alguna ventaja, diría hoy, porque si un sueño me aburría, cambiaba de canal o escogía el mejor programa como un realizador frente a múltiples pantallas. O sea que practicaba entre sueños el zapping que no me era permitido en la realidad, pues había apenas dos canales para darse ese lujo tan natural en nuestros días de TV Cable.
No me va bien con la transferencia de tecnología hacia el mundo onírico, pero he desarrollado tecnología apropiada en algunos rubros. Por ejemplo, si a medio dormir me levanto y enciendo la luz para leer algún libro, las imágenes de la lectura cruzan mi subconsciente y entonces puedo incorporarme a esos episodios. Así he podido soñar conversando con Pablo Neruda, he visto sonreír a Simón Bolívar leyendo una carta de Sucre, he compartido un puro con el Che y alguna noche creí entrever a un personaje que no sabía si era Albert Camus o Humphrey Bogart.
Esta habilidad me regocija pero también me inquieta, pues compruebo que no logro soñarme con Marilyn Monroe ni con Angie Cepeda, lo que es peor pues me parece la mujer más bella y sensual que haya visto jamás en el celuloide. Si no lo creen, vuelvan a ver "Pantaleón y las visitadoras".