jueves, 24 de septiembre de 2009

La piedad larga

Los escritores jóvenes no tienen piedad para con el lector. Sueñan y
escriben sólo sobre sí mismos. Viven contemplándose a sí mismos. Al
hablar de México como un país en plena adolescencia, Octavio Paz dice
que es como Narciso, que se contempla en el espejo del agua y vive su
primera crisis de soledad. Esto ocurre con cualquier adolescente que
se mide, se observa casi siempre críticamente: no le gustan ni su
nariz ni su barba incipiente ni sus espinillos, menos su falta de
aplomo en sus relaciones con los demás. Por eso actúa con torpeza,
unas veces con demasiada audacia y otras con excesiva timidez. Si en
ese trance les da por escribir, fatigarán al pobre lector sacándose
las basuritas del ombligo, a no ser que sean genios como Arthur
Rimbaud y funden una poesía nueva, que fue y será un caso raro.
Un tiempo después, se enamoran perdidamente. Bueno, al menos han
comenzado a fijarse en el prójimo. Idealizan a la niña de sus ojos y
le escriben acrósticos, poemas y cartas (aunque el lenguaje del Chat y
las abreviaturas que promociona la nueva telefonía para enviar
mensajes por celular terminarán con estas reliquias). Si se les
fuerza, observarán a sus hermanos, a su familia íntima, máximo a los
compañeros de su colegio, o a sus amigos del barrio. Apenas pueden
ejercer una piedad corta, es decir, una falsa piedad que, como la
mentira, tiene patas cortas.

A diferencia de ellos, los grandes escritores han ejercido siempre la
piedad larga. Víctor Hugo escribía en un cómodo estudio de París, pero
sus personajes eran los miserables de esa ciudad, los pordioseros que
vivían en la llamada Corte de los Milagros; su heroína era una gitana
y su héroe un campanero jorobado. Dostoievski escribe sobre un
estudiante pobre que mata a una usurera y se carga de culpa porque
también tiene que matar a una criada inocente. Se fija también en una
familia de provincia, los Karamazov. Su mundo es el submundo de San
Petersburgo, el de los tuberculosos y prostitutas, el de los borrachos
y epilépticos, o bien es el de los presos en Siberia. En el otro
extremo, Mario Vargas Llosa es un estudiante de La Salle educado en la
prestigiosa Universidad de San Marcos, pero sus personajes son
prostitutas, pacos, maricones, huachafas… Sus amores convocan al
sargento Lituma y a La Selvática; su héroe es el fundador de un
lenocinio en Piura; otro de sus héroes es un esclavo japonés de las
plantaciones de caucho, Fushía. En fin, ejemplos abundan sobre este
ejercicio de piedad larga.

Pero no debe haber otro practicante de la piedad más hondo y sentido
que César Vallejo. Quisiera compartir con ustedes este análisis de
José Carlos Mariátegui para que ustedes saquen las conclusiones:

“Vallejo tiene en su poesía el pesimismo del indio. Su hesitación, su
pregunta, su inquietud, se resuelven escépticamente en un ‘para qué’.
En este pesimismo se encuentra siempre un fondo de piedad humana… Es
el pesimismo de un ánima que sufre y expía ‘la pena de los hombres”.

Sergio Almaraz decía: “Es posible que Vallejo sea más boliviano que
peruano porque nuestro país tiene la suerte de estar preservado por la
naturaleza de ese aluvión destructor de la costa.”

Los nuevos creadores
Hay contemporáneos míos, algunos diez o más años mayores, otros
ligeramente más jóvenes, que sienten lo que mi amigo Kilín Anaya llama
angustia social por la irrupción de las nuevas generaciones. Los
jóvenes desplazan a sus mayores y los sacan de la escena aun sin darse
cuenta: enamoran a las mujeres más lindas, acceden a cargos de
responsabilidad cada vez mayor, obtienen éxitos profesionales, premios
y galardones que llenan de indignación a los creadores viejos. Conozco
alguno que se muerde los puños pensando cómo es posible que no le
hayan otorgado el premio de novela con toda la experiencia que él ha
acumulado, y se lo den a un muchacho de 22, 25 años que ni barba
tiene.
Freud, ese pretendido científico que hizo de la conjetura un arte
mayor, traía a la memoria la triste suerte de las manadas del mundo
animal, incluido el homo sapiens, en las cuales un grupo de hembras se
junta alrededor del macho, pero al cabo del tiempo las hembras paren,
los hijos crecen y quieren sexo y otros privilegios, y el macho
primigenio los expulsa. Al cabo volverán las crías ya fortalecidas y
matarán al padre y ocuparán su lugar, tal el origen del complejo de
Edipo.
Sin embargo, los viejos tienen formas de defender sus privilegios y su
enganche con las mujeres bellas. Ahí está la gerontocracia, ese juego
de astucias innombrables que mueve los resortes del poder, que envía a
los jóvenes a la guerra o los parquea en una educación cada vez más
larga, y controla los mecanismos de la administración, de la
propaganda y los medios para mantenerse en vigencia.
No hay que temerles a los viejos. En 1961, siendo un joven creador,
Sergio Almaraz decía que Fernando Díez de Medina había encontrado la
forma de poetizar sobre el Ande y la chirimoya haciéndole un elegante
mohín a la realidad boliviana. “Estamos cansados”, decía, “de las
vejeces literarias de Jesús Lara, de su naturalismo primitivo, de su
bucolismo cochabambino”. Se quejaba de Presencia Literaria al mando de
Monseñor Juan Quirós y escribía: “En La Paz oficia una sola comadrona
a la que deben acudir los poetas recién nacidos.” No hay que temerles
a los viejos, hay que hablar mal de ellos y ponerlos en su lugar, como
lo hizo Almaraz en su tiempo.
Sin embargo, hay un elemento común a los grandes creadores que es el
ejercicio de la piedad larga: evitar contemplarse el ombligo o el
entorno próximo y sumergirse en las profundidades del alma humana, no
para hacer narrativa social con imillas violadas, obreros heroicos,
patrones codiciosos y policías corruptos, como figuras de guiñol que
no representan la verdadera realidad. Hay que hacer narrativa humana,
no social, como un ejercicio de amor por el otro. En este campo, veo
con pasmo que en la narrativa actual hemos conseguido conformar un
entendimiento entre editores de clase media, narradores de clase media
y lectores de clase media que leen argumentos de clase media. Esto
tiene su validez, vamos a convenir en ello, pero ¿cómo limitarse a
este segmento social en un país tan rico en realidades, en personajes,
en situaciones como es el nuestro? A eso quiero invitar a los nuevos
creadores, a ejercer la piedad larga, un ejercicio que hizo a Víctor
Hugo, a Tolstoi, a Dostoievski, a Vargas Llosa, a Bolaño, a Lemebel, a
Skármeta, a tantos escritores famosos, como hizo a Einsenstein, a
Chaplin, a Buñuel, a Glauber Rocha, a Sanjinés, a tantos cineastas inolvidables.