miércoles, 23 de septiembre de 2009

Derruyeron mi casa

Sin embargo, tengo suerte. Salí raspando de aquel departamento que me clausuraron los funcionarios de Impuestos y fui a recalar en un fiordo inhóspito, con una dueña de casa que era propiamente la Medusa, como quizá recuerde más tarde, pero al fin me encontré con Joel. En realidad, era él quien me buscaba y hasta me había dado dinero meses antes para que le hiciera guiones. No sabía cómo librarme de la Medusa y recordé su teléfono. Me dijo que se había cansado ya en el intento de buscarme y que lo más práctico era que yo me fuera a vivir a su casa. Lo tomé como una señal del cielo y fui de inmediato a verlo. Había tomado una casa espaciosa de dos pisos, de los cuales ocupaba el superior. Es cierto que me cedió nada más una habitación en el piso inferior y el acceso a la cocina y el baño, pero una vez más la cantidad de libros hizo que imperceptiblemente fuera invadiendo la sala, el corredor y un enorme pasillo enfarolado que, en realidad, era un espacio inútil, aunque soleado y amable.

Me cayó en gracia que allí hubiera funcionado antes un jardín de niños, al cual iba mi nieto. Las paredes estaban pintadas con imágenes de Disney y el baño tenía dos diminutos inodoros y un pequeñísimo lavamanos, con las paredes adornadas como para un escenario infantil. Mi hijo se burló al sugerirme que usara un embudo para sentarme al inodoro. La ducha estaba en el patio y era muy precaria; la usaba hasta mi mudanza un jardinero y su familia. No tenía techo, sólo unas paredes que te hurtaban de la vista de los vecinos, y como apenas salían unos hilos de agua, recuerdo que cogí el peor de los resfríos que se agravaba con cada ceremonia de limpieza. Pero no podía ser más barato porque era tisgra, sí, completamente gratis, incluidos los servicios, la limpieza y una pensión de 100 dólares que mi buen amigo Joel me pagó puntualmente hasta que, en un ataque de escrúpulos, le dije que ya tenía ingresos suficientes como para no aceptarle.

Algún amigo casual opinó que no había nadie en el mundo con más suerte que yo, pero mi instinto de nómada iba ya buscando energías negativas que me empujaran a una nueva mudanza. La primera de ellas la encontré en el jardinero y su familia, tal vez por su extrema y hasta rastrera humildad, y por la costumbre que tenían de pasar silenciosamente junto a mi ventana, pero siempre mirando de reojo. Para mí eran Los Otros, y no porque me hubiera dejado influir por la tesis de Tzvetan Todorov acerca de la otredad en América Latina, sino porque me pareció que vivía en la película Los Otros, pero sin una Nicole Kidman que consolara mi viudez. Puta, estabas solo, frente a la computadora, y de pronto pasaba una sombra, y atinabas a distinguir un brillo de luz en unos ojos que espiaban a través de la ventana. Era incomodísimo y molesto, pero no recuerdo que hubiera llegado jamás a lo terrorífico. No. Era una versión módica y municipal de la célebre película que le valió el Oscar a la bella cueratriz australiana.

Otro inconveniente era el propio Joel, en realidad la persona más buena del mundo, pero insoportablemente bulliciosa. A menos de un metro de ti, hablaba con la voz de Jehová o de Júpiter. Uno juraba que maldecía y echaba rayos y truenos, y en realidad te estaba diciendo las cosas más dulces y tranquilas. Pero además caminaba toda la noche, pisando con vigor el maderamen crujiente del entrepiso, y entonces yo me despertaba diez, cien veces por noche, y amanecía cansado y soñoliento. Al ruido de Joel se agregó el rumor que hacían las ratas paseando libremente por toda la casa. Eran ratas mineras que habitaban en el sótano y roían continuamente el machihembre, y hacían tremendos agujeros para colarse a mi habitáculo. Comían todo alimento que dejaba al descubierto y dejaban sus soretes como arroz graneado, en el piso, pero también en la mesa donde yo comía y hasta en el pequeño lavamanos. Una de ellas era adicta a los jabones y los hacía desaparecer para descuidarlos luego en algún rincón roídos en sus bordes. Recuerdo con asco que, una mañana en que estaba apurado, me bañé usando uno de esos jabones roídos. Nunca supe por dónde se colaban, pero estaban allí, como una presencia omnisciente.

Con todo, me salvó la imaginación, porque supuse que yo habitaba el Arca de Noé, y que Noé paseaba toda la noche por el puente del arca, inquieto y atento a cualquier señal de tierra, mientras pontificaba continuamente dirigiéndose a su mujer. Eso ocurría en el puente, mientras yo habitaba el vientre del arca, el sitio de los galeotes, comúnmente lleno de ratas. Al final se trataba de un Noé piadoso y noble, pues me recibió en el arca siendo un animal ch’ulla.

Las ratas eran temibles. Con ellas me ocurrieron los episodios que hoy recuerdo. Una vez conseguí ese remedio orgánico que ellas comen y luego se secan como pasas de uva, un producto diabólico de esa máquina de matar animales que es una fábrica de plaguicidas. Repartí las pastillas azules por todos los rincones y esperé. Había una rata, particularmente inquieta, que me molestaba ya por dos semanas. Curiosamente me visitaban de una en una, como haciendo turno, y a ésta le había tocado joderme a más no poder, comiéndose incluso a medias unas deliciosas piñas que compré alguna vez y dejé en el piso de la cocina. Una madrugada descubrí que la rata había hecho desaparecer una de las pastillas y entonces comenzó la vigilia a la espera de su muerte. Pasaron días, y un sábado me había acomodado en el largo pasillo, cómodamente sentado en un sillón y con un libro en la mano que pensaba leer toda la mañana, cuando apareció la rata y vino derecho a mis pies. Traté de espantarla, espantado yo, pero se detuvo cerca de mí y no se movió más: acezaba y me miraba con ojos fijos y asustados. Literalmente, se me entregaba con las manos en la nuca, en señal de capitulación. Tomé el cepillo de limpieza para darle un limpio golpe de golf, pero al final la barrí simplemente al patio y allí comprobé que sus minutos estaban contados, como que murió poco después. En otra ocasión, sentí la presencia de una rata en el baño y la encerré. Por la mañana entré y no había rastros del bicho. Vi que la papelera estaba llena y se me ocurrió vaciarla. Entonces comprobé que se había metido entre los papeles y que no lograba salir del tacho. Lo tapé y salí en busca del container de basura adonde la arrojé. Sin pensarlo, le había pagado un delicioso tour, pues era la hora en que echaban la suculenta basura de dos restaurantes vecinos, y el destino final del tour era el botadero de K’ara K’ara, que debe ser algo así como el Paraíso de las ratas.

En fin, le tocó el turno a otra, que también se había comido el veneno, pero aparentemente sin efecto alguno. Salí de mi cuarto como a las cuatro de la madrugada con ganas de orinar, y cuando desenfundaba el arma vi que el bicho saltaba desde el inodoro. Era una cosa negra y mojada que había dado un traspié en la taza y resbalaba y no podía escapar. Pensé de inmediato en los cientos de veces que solía irme al baño, sin poder abrir bien los ojos, y me sentaba sin ver el contenido de la taza. ¡Pude haber repetido el famoso suplicio chino! Los chinos toman una rata y la encierran en una lata grande sobre la cual hacen sentar a un prisionero desnudo. Calientan la lata y el bicho trata de huir del horno por la parte más débil. Dicen que se introduce en las entrañas del prisionero con una facilidad asombrosa y per angostam viam. Gulp. Total, que tenía encerrada a la rata en el inodoro y jalaba frenéticamente la cadena, pensando en enviarla a nado al otro mundo, como un vulgar sorete. Pero era tan gorda que más no cabía y sólo se empapaba y empapaba. Regresé a mi cuarto postergando la solución para la mañana, pero no pude dormir. Me atormentaba la cara mojada de la rata, que es más fiera y repugnante que cubierta de pelo seco. Por fin se me ocurrió usar un costal grande para enfundar el inodoro y lograr que ella misma se embolsara, para llevarla de tour al botadero de basura. Para eso conseguí un listón de madera plana como una paleta, que introduje con cuidado en el inodoro para empujarla. Recuerdo que daba repugnantes chillidos, pero no se embolsaba. Entonces retiré con cuidado el listón, pues me parecía excesivamente pesado, pero la rata se había prendido del listón y ahora salía fuera del inodoro. Éramos yo y la rata en ambos extremos del listón. Me miraba con ojos que echaban fuego y temor, mientras yo temía que se soltara y volviera a joderme por todo el departamento. Así la llevé hasta el patio, con mucho cuidado, ¡mientras trepaba por el listón y se acercaba irremisiblemente a mi mano! Ya iba a hacerlo, sin miedo alguno, con esa desesperación del condenado a muerte, cuando logré llegar al patio y lanzar el listón al aire. La rata no se soltó durante el vuelo, pero al cabo el listón cayó al piso y le dio un golpe mortal, porque echó sangre por la boca y expiró. Aquel día me pareció funesto. No podía olvidar esa cara mojada, esos dientes filos y esos ojos fijos en mí, segundos antes de morir. Fue un día que trataré de olvidar, aunque en realidad no me pasó otra cosa mala. Pero era, sin duda, un presagio funesto.

Cayeron todavía dos ratas más, esta vez en una trampa que accionaba con particular eficacia. Una de ellas no murió en la trampa. La barrí al patio y entonces logró escapar porque tenía sólo aprisionada una patita. Recurrí al jardinero, al Otro, y éste la aplastó con fruición hasta que escuché el blando sonido del reviente. La otra, la última, parecía enloquecida porque comenzó a tumbar ruidosamente los cacharros de la cocina. Me encerré por fin en el dormitorio cuando escuché un nuevo ruido. Salí a ver qué era y la vi aplastada en la trampa, esta vez occisa. La boté trampa y todo al patio y luego vi por la ventana, desde la oscuridad de la sala, el gesto de ferocidad con que el jardinero, el Otro, la alzaba de la cola y lavaba luego la trampa.

Por fin llegó la noticia de que debíamos abandonar el barco: la casa había sido vendida sin avisarle a mi amigo Joel, y aunque me dijo que había encontrado un departamento con cuatro dormitorios, uno para mí, decidí que era hora de marcharse a vivir solo y aquí estoy. El último fin de semana tuve que viajar a Santa Cruz, con el pesar de ver las bolsas que llenaban el departamento y dificultaban mi acceso al dormitorio, donde apenas había despejado un rincón para acomodar mi colchón en el suelo. Volví, pasé el día buscando dinero y por la noche decidí ir a curiosear la casa que habíamos dejado. Qué sensación más dura cuando comprobé que en un par de días estaba a medio derruir. Entré a lo que fue mi departamento, recorrí mi dormitorio, la sala, la cocina, el pasillo enfarolado… Parecía un escenario de guerra y sin luz, porque la habían cortado.