miércoles, 23 de septiembre de 2009

Las malas palabras

Cuentan que un fraile joven hacía un crucigrama y de pronto le
pregunta a su superior sobre una palabra que termina en "oño" y tiene
4 letras. El superior le dice: "Moño" y el novicio le contesta:
"Padre, ¿por si acaso no tiene un borrador? Por ahí va mi mala palabra
favorita, la más dulce y menos ofensiva. Definitivamente la
recomiendo.

Las malas palabras son las más vivas y graciosas de cualquier lengua,
en especial cuando mueven a risa por su picardía y no cuando ofenden.
El vocabulario iberoamericano es afortunadamente inmenso y variopinto,
y sabemos cultivarlo. Un caso extraño es el del cine de Hollywood, que
desde los 70s se ha enamorado del verbo to fuck al punto que ha
establecido récords. En los 70s se escuchó tan sólo una vez en una
cinta; en "Scarface", Al Pacino y compañía elevaron el récord a cerca
de 500 veces y años después esa marca fue batida con un procedimiento
ingenioso: una madre histérica riñe a sus dos bebés y les pregunta si
creen que su fáquin padre se dignará acompañar a su fáquin mujer a
visitar el fáquin mall para comprar dos fáquin pañales. Los bebés
quedan solos, cada uno en su cochecito, y resulta que del discurso
materno captaron sólo una palabra: fuck, fac, fac, fac, que repiten
como patitos hasta romper el récord de Scarface. Un documental
difundido por Cinemax muestra infinitas variantes del verbo to fuck al
igual que los mexicanos juegan con el verbo chingar. En su novela La
región más transparente, Carlos Fuentes escribe un largo elogio de las
múltiples posibilidades semánticas de dicho verbo que entraña una
filosofía de la vida: chingar, chingón, chingaderitas, chingaquedito,
chinhuenhuenchón, chin…

La lengua castellana está mechada de palabras linajudas y milenarias
que se convirtieron en malas palabras. Tal es el caso de caraxo, uno
de los apelativos del pene, que se usa por lo menos desde el siglo XI.
Camilo José Cela elaboró un célebre diccionario secreto de la lengua
que fue emulado por un jesuita filólogo ecuatoriano para el ámbito
latinoamericano. Ambos buscaron las acepciones regionales de la
vagina, el pene, los testículos, el culo, el coito y las deposiciones
sólidas y líquidas. La picardía, palabra que viene de picar, según
estudió Octavio Paz, tiene sus raíces en el sexo y en el arte de amar,
pero también en esa zona colindante.

La mala palabra es una expresión de la picardía, según Octavio Paz del
verbo picar, que tiene una connotación sexual, diríamos, picantemente
sublimada. La picardía suele expresarse con medias palabras, con
sobreentendidos. El bolero habla de un asedio sexual sin resultados:
"Siempre que te pregunto / que cuándo, cómo y dónde / tú siempre me
respondes: / quizás, quizás, quizás". La guaracha juega con doble
sentido en un aparente elogio del té: "Estaría todo el día / estaría
todo el día / tomando té, tomando té". En fin, ese versito habanero de
reticencia en reticencia va desvelando un acto de pasión: "Ay, amor,
así no se puede / Ay, amor, así no sé / Ay, amor, así no / Ay, amor,
así / Ay, amor / Ay.