viernes, 25 de septiembre de 2009

Ser 28 o 41






Una convención popular hace que designemos con el mote de 28s a los varones de ademanes delicados y femeninos. Todo viene de un malentendido que se inició en la Guerra del Pacífico y nos quiso enfrentar al pueblo peruano, que celebra sus efemérides el 28 de julio. Es un mote injusto pero quedó, y con los prejuicios no hay razón que prevalezca.

Lo curioso es que en México hay una designación parecida, que es 41. Se llama 41 a ese tipo de varones desde un célebre allanamiento que inmortalizó José Guadalupe Posada en uno de sus grabados. La policía ingresó a una casa construida durante el Porfiriato, donde se habían congregado unos jóvenes que no necesitaban de señoritas para repasar el Kama Sutra. La crónica los contó y eran 41. Y así quedó dicha cifra como mote de los varones delicados.

En la década del 30, el boliviano Tristán Marof visitó México y se sorprendió de escuchar en todos los tonos la palabra “joto”, que era una forma de decir 41. Dejó ácido testimonio de su sorpresa y su burlona animadversión contra los 41s en el libro El México que yo he visto. Carlos Monsiváis conoció el caso e incluyó un artículo interesante en su libro "Amor perdido", donde se refiere a las diversas formas de represión que sufrieron los 41s en la historia mexicana. Allí incluye el caso de Tristán Marof y la respuesta del poeta Salvador Novo, un 41 convicto y confeso. Novo le dedicó un soneto del cual seleccionamos cuatro versos sin el menor comentario:

UN MAROF


¿Qué puta entre sus podres chorrearía
por entre incordios, chancros y bubones
a este hijo de tan múltiples cabrones
que no supo qué nombre se pondría?


Prófugo de la cárcel, andaría
mendigando favores y tostones;
no pudieron crecerle en los cojones,
en la cara la barba le crecía.


Bandido universal, como la puta
que el ser le dio, ridícula pipilla
suple en su labio verga diminuta.


Treponema ultrapálido, ladilla
boliviana, el favor de que disfruta
es lamerle los huevos a Padilla.

Esto de “que no supo qué nombre se pondría” era porque Marof en realidad se llamaba Gustavo Navarro.


Novo dejó una autobiografía secreta que es difícil de conseguir. Se llama La estatua de sal, una imagen eficaz de la mujer de Lot, que se vuelve para ver su pasado. En él cuenta con toda naturalidad sus hazañas sexuales, y su tendencia natural, que se manifestó en sus primeros juegos, cuando jugaba con su amiguito a que él era la mamá y le ofrecía su pecho. Es un relato descarnado, a ratos grotesco, pero valioso sobre uno de los grandes poetas mexicanos.

La represión a las personas por sus preferencias sexuales es antigua. Se agravó de alguna manera al recibir sanción “científica” con el psicoanálisis de Sigmund Freud, que veía cualquier variante de la heterosexualidad como una regresión a la infancia, como una perversión. Mayor fue el daño que hizo Freud a las mujeres considerando el orgasmo vaginal como único legítimo y proscribiendo el orgasmo clitorídico como una regresión. De este modo, el goce del sexo se circunscribía a la práctica genital, excluyendo cualquier otra variante que simplemente acariciara el clítoris. Hoy la ciencia sabe que la única sede del goce femenino es ese pequeño órgano.

Otra expresión muy mexicana es Ya la regaste, que la escuchamos frecuentemente en El Chavo del Ocho, por ejemplo. Quizá no la repetiríamos tanto si supiéramos su origen. Ocurre que la vieja ciudad de México no tenía alcantarillado y el dos se hacía en bellos bacines de porcelana, donde las damas posaban sus delicadas posaderas para descomer; y luego pasaba un servicio de recolección de desechos sólidos, que consistía en una enorme barrica que debía llenar un atribulado carretero. La barrica tenía un tarugo en el trasero que se destapaba para vaciar su contenido. Algunos muchachos traviesos lo destapaban sigilosamente y el contenido se derramaba al paso del carro. Entonces los vecinos le decían con razón: Ya la regaste.